Ciudad de contrastes

EL trastorno de personalidad que presentaba Catherine Deneuve en la película «Belle de jour» - bella de día y meretriz de noche- sería muy similar al padecido por el Parque Ribalta de Castellón desde

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EL trastorno de personalidad que presentaba Catherine Deneuve en la película «Belle de jour» - bella de día y meretriz de noche- sería muy similar al padecido por el Parque Ribalta de Castellón desde hacía tiempo: ambiente familiar por el día y foco de marginalidad por la noche. Y es que la capital de La Plana era una ciudad de contrastes.

¿De qué otra manera se podía explicar que la ciudad cuyo urbanismo caótico era objeto de estudio en las escuelas de arquitectura (o al menos eso afirmaba una leyenda urbana) fuera a acoger ahora una edificación diseñada por el arquitecto norteamericano Frank Gehry? Estos de Castellón eran capaces de lo peor y de lo mejor, podría pensar alguien de forma acertada y no iba mal encaminado. Sólo había que contemplar ese apéndice de Castellón que era Benicasim. Un lugar que ya llamó la atención de los viajeros románticos franceses por el contraste que ofrecían sus largas playas al lado de las escarpadas montañas que las protegían. Un contraste que la mano del hombre había hecho extensible a las edificaciones que habían surgido frente al mar. Elegantes villas de principios de siglo convivían con horrorosos bloques de apartamentos que habían crecido a la sombra del «desarrollismo» de los años sesenta. El modelo de la capital, que había dibujado un «skyline» similar al perfil de una montaña rusa, se había trasladado a la playa.

Ahora ese caos iba a acoger sendas obras de los arquitectos más conocidos en el panorama internacional: Santiago Calatrava y Frank Gehry. Este panorama se hubiera completado con el nombre de Jean Nouvel, último premio Pritzker, de haber prosperado la propuesta que se presentó al concurso para la construcción del nuevo casino de El Grao que incluía una intervención del arquitecto francés en el Hotel del Golf, con lo que Castellón hubiera pasado de estudiarse como el paradigma del caos urbanístico a destacar como la urbe de lo que en inglés se comienza a denominar los «architectstar» (los arquitectos estrella).

La obra de Frank Gehry había dado el salto a la fama mundial de la mano de su proyecto para el Guggenheim de Bilbao, un fenómeno que no había surgido como una flor en el desierto sino que tenía su origen en un proceso más complejo. Durante los años ochenta, las ciudades habían descubierto los museos como un foco de atracción para visitantes. De ahí que ciudades como Madrid, París o Londres volvieran su mirada al Prado, el Louvre o la National Gallery, respectivamente, para dotar a estas instituciones centenarias de una estructura y unos fondos que les permitieran desarrollar un programa de exposiciones y adquisiciones que atrajeran a turistas de todo el mundo. De forma paralela, los museos descubrieron a los arquitectos y así los directores de estas instituciones buscaron a los arquitectos de mayor renombre del momento para ampliar sus sedes o edificar nuevas. Richard Rogers y Renzo Piano diseñaron el Centro Pompidou de París, Richard Meier hizo lo propio con el Centro Getty de Los Ángeles y el MACBA de Barcelona, y Herzog y de Meuron erigieron la Tate Modern en Londres. Este proceso tuvo su momento culminante cuando de la cabeza de Frank Gehry surgió el Guggenheim de Bilbao, un proyecto que cambió una ciudad y que dio origen al conocido efecto «Guggenheim». En esta ocasión, el Gobierno Valenciano no pretendía, como habían hecho otros con poco éxito, imitar este modelo, sino que simplemente había encargado el diseño de la sede para la nueva Universidad Internacional Valenciana a uno de los arquitectos más brillantes del momento. No se buscaba la transformación de una ciudad, sino dotarla de mayor belleza y singularidad, aumentar ese contraste tan característico y situarla en el mapa de la arquitectura contemporánea, que es, sin duda, el mapa del mundo.