Checas para la lengua

OBDULIO JOVANI
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PARA un nacionalista de esos que lo son por ser vos quien sois, de esos que se acogen para serlo al socarrén de la ciencia, al de la historia, al numeral como adjetivo absoluto, al cobijo de la Universidad solo porque lo es, a la simple erudición como tapadera de la inopia servil -«gran parte de las dificultades por las que atraviesa este mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas», escribió Bertrand Russell- a la lapidación del disidente, al caduco recurso a la «auctoritas», a las delatoras evasivas de las «discusiones estériles» --«la idea más conocida de la dominación es la negación de los conflictos», escribió Van Dijk- a la inapelable conclusión resolutoria del voto como principio y fin de todas las cosas, siempre con la lengua como cruz redentora, como concupìscencia -sin la lengua no hay nación, dirá alguien, aunque ahí estén la naciones suramericans nacidas distintas y con la misma lengua- junto con la identidad como lujuria, con un supuesto pasado recreado como arenga, con la tierra como libertad y la unidad como tribu. Y por fin con la celda y el cerrojo penitenciales. ¡Control lingüístic o caos!, advierte uno de los conspicuos, subido a la más alta parra dogmática.

Pues por ahí van, sueltos pero en manada, los carceleros. Arropados muchos de ellos bajo el engañoso señuelo de intelectuales -su superior trascendencia no va más allá del no a la guerra, del no al chapapote, del no oportunista para alcanzar el sí quiero a la subvención, dictando falta o bona en pásalo sumarísimo-. Para ello crean y multiplican los organismos de control del caos. Lo primero de lo que se ocupan es de buscar enemigos, culpables de sus carencias. A lo largo de su vida escriben las páginas de un diario afiliando culpables; un memorial de agravios reflejo de su sentimiento nacional en su estado patológico. No fue por culpa de Franco -quien eso sí, escondió el carro de Manolo Escobar y aún está por devolverlo- no fue por su culpa que Pompeu Fabra escribiera su gramática 350 años después que lo hiciera Nebrija, aunque no falta quien diga que de no haber sido por don Francisco, se hubiera anticipado. Escribe García de Cortázar: «a los catalanes les costará mucho establecer una relación causal entre sus miserias y el triunfo de Felipe V». ¡Pues ya llevan trescientos años sacando sus agravios « a carregador»!

He contado aquí haber sufrido el coscorrón y el regletazo, el cara a la pared y los brazos en cruz, el exilio del rincón, las vergüenzas del último banco, el capón y el pellizco, las afrentas del cuarto oscuro, que he sufrido el chichón y la escocedura, la moradura y el verdagón a cuenta del abecedario y de las tablas matemáticas, que he sentido en mis carnes y en mis miedos toda una variadísima metodología pedagógica con la que ablandarme las entendederas, por que me entraran letras y números por donde se resistían. De ahí que escribiera una «Alavanza y helogio de las faltas de hortografía», porque conozco y sufro ahora métodos pedagógicos peores para imponerme una lengua mesiánica, de los que Antonio Rico, académico, dijera que «por una obsesión de sistematismo, por una negación de la diferencia se puede empezar imponiendo una ortografía y terminar mandando a la cámara de gas». De ahí que suframos tantas servidumbres opresoras, que existan ya tantos campos de exterminio lingüístico, con tantos represores ¡y tantos consentidores en la oposición! Lo último, esa amenaza a quienes apostaten de «l´escòla en valenciâ», con la apertura de oficinas donde denunciarlos. Que tengan ya nombre: checas lingüísticas.