Joaquín Guzmán - Crítica

Bises aparte, un notable Rigoletto

«Estas representaciones de la obra maestra de Verdi se recordarán, además de por el éxito cosechado por todos sin excepción, por el tan debatido asunto de los biseos en las funciones de ópera»

Joaquín Guzmán
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Estas representaciones de Rigoletto se recordarán, además de por el éxito cosechado por todos sin excepción, por el tan debatido asunto de los biseos en las funciones de ópera. No asistí a ninguna de las funciones cantadas por el gran y veterano (77 años) barítono italiano Leo Nucci, así que no puedo opinar sobre sus prestaciones y sobre si debió o no bisear la Vendetta en sus dos actuaciones. Eso sí, he leído algunas opiniones más que autorizadas al respecto y se deduce de ellas clara predisposición tanto por Nucci como por Abbado a conceder el privilegio de bisear (más incluso en la segunda función en la que a los treinta segundos de aplausos era evidente que se iba a repetir el aria).

Por lo que respecta a la función a la que asistí también se produjo el bis de Stoyanov en lo que, sin duda, fue un considerable “aligeramiento” de los requisitos que deben reunir estos momentos excepcionales. Es muy probable que Stonayov, que hizo un excelente Rigoletto no vuelva a bisear en su vida, pero el precedente en esta ocasión lo marcó Nucci que quizás tampoco debió hacerlo, canónicamente hablando, si nos atendemos a que los escasísimos biseos se producen cuando la situación se presenta como “insostenible” puesto que el público, desatado, no permite que la función prosiga. En caso de Stoyanov el público no lo reclamó aunque sí que aplaudió mucho la Vendetta, es la situación que se generó entre él y Abbado mirándose el uno al otro lo que hizo que los aplausos, incluso, arreciaran. Me dicen que en el caso de Nucci tampoco sucedió así y su aria no fue, musicalmente hablando, para echar cohetes. ¿Qué sucedió entonces para que el ruso biseara?. Es algo que desconozco aunque intuyo. Posiblemente se quiso reivindicar ante lo sucedido días antes con el veterano cantante italiano. El caso es que después de un pequeño “forcejeo” con Abbado, este le concedió caballerosamente la posibilidad de repetir.

La soprano italiana Maria Grazia Schiavo es la gran triunfadora de la velada con una Hilda segura, antológica, luciendo una afinación y colocación de la voz perfecta. Es ligera, eso sí, pero con suficiente cuerpo, abordando agilidades y coloratura sin demasiados problemas. La escena de Sagi, con la caja escénica abierta, quizás le perjudica algo al no disponer de grandes medios aunque proyecta bien. Una cantante en plena madurez vocal y ya habiendo biseado dos veces con Nucci, en esta ocasión todavía lo cantó mejor que el aria repetida, y a la vista de cómo se desarrolló el asunto, y puestos a romper normas ¿porqué no decir que ella también biseó la Vendetta?.

Muy bien el tenor canario Celso Albelo fue un duque lleno de frescura y magníficamente fraseado culminando una “Donna è mobile” irreprochable. Un tenor español con prestaciones muy por encima de otros que nos han visitado allende nuestras fronteras. La Maddalena de Nino Surguladze es sensual, con una voz densa aunque un tanto más inestable que Schiavo. El Rigoletto de Vladimir Stoyanov es más que notable, sin que se nos quede como algo imborrable. Bonito timbre y fraseo irreprochable. Actoralmente más que correcto, aunque por culpa de la iluminación no pude apreciar sus dotes dramáticas en plenitud. Compararlo con Nucci es un ejercicio complicado. Dramáticamente es hacerlo con el propio Rigoletto, vocalmente su voz es indudablemente más fresca, su fiato más “fiable” aunque los medios del italiano son portentosos, y hoy por hoy lo canta más canónicamente aunque sin los infinitos matices que le da al personaje el barítono transalpino. Me gustó Marco Spotti con su preciosa voz de bajo quizás no todo lo profundo que requiere la partitura y su rol de matarife. Cumple notablemente la mezzosoprano Nino Surguladze racial y de gran presencia Maddalena.

Gran trabajo de Abbado, auténtico especialista en este repertorio, fue uno de los grandes triunfadores, con una intensa lectura de la obra maestra verdiana, a través de un control absoluto de las dinámicas y del ritmo verdiano. Va a finalizar su relación con el teatro dejando un muy buen sabor de boca. Un gustazo escuchar a la orquesta de la Comunitat Valenciana bajo sus órdenes, una formación que recordó a sus mejores momentos de los primeros años del Palau de Les Arts. Asimismo el coro masculino brilló a gran altura. Respecto al sonido que emanaba del escenario desconozco hasta que punto la caja escénica estaba abierta hacia arriba y el interior con lo que estoy seguro que parte de la emisión de las voces se perdía y se quedaba allí arriba.

La veterana escena de Emilio Sagi ya no aporta gran cosa y me transmite una sensación de frialdad y oscuridad que no me convence. Tampoco el empleo de los espacios entre las plataformas para evocar el trazado de las calles de Mantua, mas lo que produce es cierta sensación de agobio y claustrofobia. La iluminación aunque refleja convenientemente la oscuridad y desasosiego que rige la idea de Sagi para este Rigoletto no es adecuada, puesto que no permite disfrutar de la gestualidad de los cantantes-actores a partir de la mitad de la platea, lo que no es de recibo puesto que la ópera es también teatro.

Lleno absoluto, con todo el papel vendido para todas las funciones, y clamor en los saludos finales.

Joaquín GuzmánJoaquín Guzmán