OPINIÓN

La banda sonora de nuestra vida

Cuando se trataba de películas dramáticas, la música llevaba todo el peso de la emoción

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CUANDO se enteró de la muerte del compositor musical John Barry, se acordó de la canción «americanos» de la película «Bienvenido Mister Marshall» dirigida por el añorado maestro valenciano Luis García Berlanga. La asociación de ideas era como menos curiosa, por no decir surrealista, pero es que existían temas musicales que formaban parte de la banda sonora de nuestra vida como era el caso de la canción de la película de Berlanga o de casi todos los creados por Barry.

Él no concebía la película «Memorias de África» sin esa melodía compuesta por Barry que acompañaba a la avioneta pilotada por Robert Redford cuando sobrevolaba esos inolvidables paisajes africanos. Pero si sólo ese tema ya era suficiente para pasar a formar parte de la Historia del cine, Barry había compuesto muchos otros que le habían supuesto alzarse con un total de cinco oscars. Las más populares quizás fueran la melodía que acompañaba la carátula de entrada de casi todas las películas de James Bond o la banda sonora del filme interpretado por Kevin Costner «Bailando con lobos». Pero había muchas otras, como la banda sonora de la película sobre la vida de Charles Chaplin interpretada por Robert Downey jr., de una gran delicadeza y, lo más importante, al servicio de la historia que narraban.

Precisamente cuando fallecían estos grandes compositores de música de cine y escuchábamos de nuevo sus temas en los medios de comunicación, nos dábamos cuenta de la importancia que tenía la música en el cine. El mejor ejemplo de ello lo constituían las películas de terror. Él era de los que cuando llegaba un momento de máxima tensión en una película de miedo, le quitaba el sonido al televisor para que así fuera más soportable la contemplación de esa escena. La música llevaba todo el peso de la tensión, reforzaba la imagen y conducía al espectador hacia sus propios miedos. Quizás la música fuera más responsable de los sustos y sobresaltos del espectador que las propias imágenes de las películas.

Cuando se trataba de películas dramáticas, la música llevaba todo el peso de la emoción. Era capaz de producir un cosquilleo en el cuerpo del espectador similar al que conseguía una buena ópera o en un concierto de música clásica. Y es que una vez un amigo suyo le dijo que si Mozart viviera actualmente se dedicaría a componer bandas sonoras de cine, aunque otro amigo era de la opinión de que se dedicaría al rock duro, tipo Metallica. Lo que estaba claro era que tanto Mozart como Barry nos habían dejado pero su música nos acompañaría siempre, al igual que lo haría ese estribillo que decía: «Americanos, vienen a España guapos y sanos, viva el tronío de ese gran pueblo con poderío, olé Virginia, y Michigan, y viva Texas, que no está mal, os recibimos americanos con alegría, olé mi madre, olé mi suegra y olé mi tía». Todo un ejemplo del ingenio español al servicio del cine.

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