De Ausias March a mi abuela

POR entonces aplicaba la Universidad de Valencia lo que Caro Baroja llamaría «violencia intelectual». Acababa de salirse de España, de resituarse en «l´Horta», tomándola como su nación según rezan sus

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POR entonces aplicaba la Universidad de Valencia lo que Caro Baroja llamaría «violencia intelectual». Acababa de salirse de España, de resituarse en «l´Horta», tomándola como su nación según rezan sus membretes; acababa de trasmutar sus símbolos centenarios, de tornar su universalidad en menguado localismo, de hacer de la lengua catalana «enseñanza irreversible». Fue cuando Carmen Alborch enseñó que «la cultura es de izquierdas» y miles de burguesitos de pelargón, obviando el proverbio castellano «Iglesia, o mar, o casa real, para quien quiera medrar», buscaron su sopa boba bajo el palio progresista.Venían unos -los menos- del Mayo 68, de «levantar adoquines para buscar la playa», de definirse «marxistas, tendencia Groucho», de «vivir sin tiempos muertos», de exorcirzarse con aquel «prohibido prohibir», tan absolutista; venían otros -los más- de pasar el noviciado en los beaterios del barrio del Carmen de Valencia, tonsurados todos con los fervorines del «mitjà»; todos buscando el puesto que tengo allí, cara al sol, que muchos encontraron en Canal 9, donde vienen convirtiendo la fonética en flatulencia fundamentalista y subversiva, el léxico en servidumbre onerosa, «hablando y actuando con la violencia de las convicciones», como dirá Josep Pla. Pues de ese correccional lingüístico parece haberse librado el Presidente Camps, quien en su discurso de fin de año -¿perpetrando un delito de lesa filología?- al parecer se evadió de aquellas mazmorras, se libró de las argollas doctrinales y cumplió las repetidas promesas del PP de que «las bocas sean libres», de «hablar la lengua que habla el pueblo», huyendo de «unas normas alejadas de la acomodación de las Normas del 32 llevada a cabo por el Institut d´Estudis Catalans», relamidos por la Academia Valenciana de la Lengua. Me dicen que, muy osado, hizo uso del «lo» neutro, símbolo de la libertad que encerrara Pompeu Fabra, según cuenta su biógrafa Mila Segarra, «haciendo creer a los catalanes que era un castellanismo». ¿Acaso escribió en castellano Ausias March que lo usaba línea sí párrafo también? ¿Acaso mi abuela, que no conocía el castellano, hablaba en dicha lengua cuando decía «lo Cosebre» por Alcocebre, o «lo Bocasse», por Albocácer? Pues ahí han medrado diciendo cosas así: «... Alí Agca, el turc que volía matar el Papa». ¡Vaya con el Papa!

Caerá ese muro, como cayó el de Berlin: la historia de las fortificaciones es la historia de las capitulaciones. Como está al caer ese empelechado que levantara el inefable Cipriano Ciscar, que quiso sentar plaza de prodigio haciendo de aquel viejo anfiteatro un pedregal carenado.

Y no le faltaron cómplices por silencio, apologetas de carnet. Trinidad Simó, intelectual de causa, había escrito en la revista GORG, nº 25, de 11/1971: « ...pero restaurar de ninguna manera será recubrir, como hicieron en el siglo XVIII... dejándose conducir por afanes interpretativos... anulando o falsificando total o parcialmente su función de documento». Se hizo en Sagunto lo que deploraba... y no dijo ni chus ni mus. Tomás Llorens, alto cargo el lermismo, nos tachó a los disidentes de «no muy diferentes a los nacionalsocialistas alemanes». ¡Arrea, constipat! Y Evangelina Rodriguez, directora general de Promoción Cultural, que quería explicarnos a los ingnorantes ¡el proyecto de futuro del Teatro Romano!

Me quedo con la lúcida opinión de un saguntino sin títulos: ¡Taparon la verdad! De la que tantos hacen tanta calumnia; cosa que tantos otros hacen con la lengua. «Tot i que», todo quedará destapado y bien destapado, ya verán ustedes.