«Auctoritas» frente a «Potestas»

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NO acababa de entender la obsesión de algunas cabezas bienpensantes por no querer cambiar las leyes a raíz de los casos puntuales que deparaban la actualidad cuando, precisamente, era la reiteración en el tiempo de esos casos lo que nos indicaban que la realidad social había cambiado. Nadie se atrevía ya a poner en duda que lo que ahora se conocía como un «menor» era un ser humano capaz de violar o, incluso, asesinar a otro ser humano. Los casos de Sandra Palo, de Marta del Castillo o de las recientes violaciones ocurridas en Baena e Isla Cristina, cometidas por menores de 14 años, ponían de manifiesto que algo pasaba en la sociedad.

No se trataba de culpar a los medios de comunicación de fomentar conductas violentas y ofrecer escenas de sexo, un razonamiento fácil al que muchos se acogían para intentar buscar una explicación a un acto tan horrible que preferíamos pensar que tan sólo ocurría entre adultos. Cambiar las leyes (algo que había ocurrido en países como Alemania, Bélgica o Reino Unido) tampoco iba a acabar con estos crímenes.

Sin embargo, el mero hecho de abordar un cambio legislativo ya abría un debate en la sociedad sobre un tema que preocupaba. No hacerlo era simplemente mirar hacia otro lado, como si nada hubiera ocurrido, como si hubiera sido una pesadilla pasajera.

Ese debate iba a poner sobre la mesa la responsabilidad de cada uno de los implicados y ahí es donde aparecían los padres. Siempre se culpabilizaba a los cuerpos de seguridad del Estado de no hacer todo lo posible para evitar estos crímenes o de no encontrar a los culpables. Otro tanto de lo mismo se hacía con los jueces que dejaban en libertad a estos menores de edad cuando era lo único que podían hacer a tenor de las leyes vigentes o con los políticos que no promovían el cambio de estas leyes pero ¿qué pasaba con los padres? La actitud de una gran parte de los padres de hoy en día se resumía en una viñeta que pudo ver en un periódico reciente. En ella aparecían unos padres de hacía treinta años con una hoja de suspenso en la mano exigiendo explicaciones a su hijo ante la atenta mirada del profesor. Al lado, aparecía otra imagen con unos padres de hoy en día con la hoja de suspenso en la mano y exigiendo explicaciones al profesor ante la atenta mirada del niño.

Esta era la actitud de muchos progenitores ante sus hijos: o una sobreprotección desmedida o una desidia absoluta que tendía a culpabilizar a todo y a todos menos al niño. El problema era que muchos padres tenían potestad ante sus hijos pero carecían de autoridad. Los romanos distinguían entre el poder (potestas) para imponer las cosas y la autoridad (auctoritas) que consistía en el respeto que un ciudadano se ganaba gracias a su esfuerzo y conocimiento. Lamentablemente, la palabra autoridad había sido demonizada pues nadie quería aparecer como «autoritario».

Quizás la vuelta al sentido clásico de este término nos daría la clave para solucionar muchos problemas pero ya se sabía que los clásicos no estaban de moda.