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Cultura

Anzo, el pintor de las distopías «anti-tecnológicas»

El IVAM salda una «injusticia histórica» con el artista valenciano fallecido en 2006, al que no había dedicado nunca una exposición

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El verdadero poder de las ficciones distópicas –y nos referimos tanto al George Orwell en “1984” como a series televisivas contemporáneas como “Black Mirror”- es el hecho de que adelantan acontecimientos reales que nos acechan a la vuelta de la esquina. Historias de deshumanización, represión y control social, ejercido normalmente por grandes corporaciones, regímenes totalitarios o complejos sistemas de producción y consumo. La literatura y el cine han sabido transferir este pensamiento crítico a través novelas y películas de gran éxito comercial. Sin embargo, en el terreno de las artes plásticas no encontramos tantos referentes. Una razón de más para considerar a Anzo (Utiel, 1931-Valencia, 2006) un artista excepcional.

La obra de Iranzo Almozanid, desconocida para buena parte de las nuevas generaciones, gozó de enorme respeto y difusión a finales de los años sesenta –coincidiendo con sus trabajos con el colectivo Estampa Popular-, pero sobre todo a lo largo de la década de los setenta, cuando inauguró su carrera en solitario con la serie “Aislamientos”. Así se denomina el vasto conjunto de pinturas y grabados que le mantuvo ocupado durante veinte años, a lo largo de los cuales el artista valenciano abordó sin descanso la soledad humana en un mundo tecnificado, así como la problemática de la incomunicación del individuo, atrapado en el laberinto de estructuras de dominación.

Para plasmar estas ideas plásticamente, Anzo desarrolló su propio vocabulario visual. Una serie de códigos recurrentes que suelen girar en torno a la figura de un hombre hierático y diminuto. Le vemos con frecuencia cercado por círculos o estructuras geométricas que recuerdan los engranajes de una máquina o las estructuras carcelarias panópticas que tanto analizó Foucault. Un hombrecillo uniformado que Anzo nos presenta también en cubículos, como metáfora del trabajo repetitivo de oficina donde se estabula todo impulso de creatividad. Un hombre, al fin y al cabo, paradójicamente aislado dentro de un mundo masificado y en constante movimiento ¿Les resulta familiar?

La absoluta vigencia del mensaje y la propuesta plástica de Anzo ha dado pie al IVAM a resarcir una llamativa “injusticia” con el artista, al que el museo valenciano nunca había dedicado una gran exposición hasta ahora. “Era una espina que tenía clavada”, confirmaba su hija Amparo durante la presentación a los medios de la muestra de más de 80 piezas que podrá visitarse en la Galería 7 hasta el 5 de noviembre.

El comisario, Joan Ramón Escrivà, ha centrado la selección de piezas en la citada serie “Aislamientos”, “su corpus de obra más visionaria e innovadora”. “En los años ochenta, coincidiendo con su etapa de abstracción lírica, su obra fue perdiendo visibilidad”, argumenta. La exposición comienza con los lienzos facturados en 1967, en los que representa calles y plazas casi desiertas y edificios inmensos convertidos en espacios amenazantes y fantasmagóricos. “La arquitectura épica sobre la que se había sustentado el sueño de progreso de la vanguardia, aquellos puentes, ingenios industriales y tramas de edificios de acero y cristal, parecía haberse resquebrajado. Las bellas ciudades rectilíneas desplegadas en forma de límpidas geometrías higiénicas y estandarizadas acabaron transmutándose en espacios fríos e impersonales”, explica el texto de la exposición.

Imagen de la presentación de la exposición
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Tras esa etapa inicial de lienzos sobre óleo, Anzo evoluciona hacia un grupo de obras más innovadoras, que utilizan materiales industriales como el acero, el aluminio y el fotolito. Materiales que por una parte le producían pavor, y por otra le fascinaban por sus posibilidades plásticas y su capacidad para reforzar su mensaje distópico. El resultado son piezas enigmáticamente bellas y oscuras, donde se aprecia la influencia de corrientes como el Op-art y el arte geométrico.

La exposición del IVAM trata de contextualizar el ambiente social y científico del momento. La aceleración del desarrollo de la cibernética y la computación experimentado en los años setenta del siglo XX se vivía como una gran revolución. La sociedad, sin embargo, recibió este cambio de paradigma con distinto talante. Estaban los tecnófilos, que vieron en estos nuevos dispositivos la oportunidad de liberar al hombre de la esclavitud del trabajo físico, y por otra parte los escépticos, que alertaron sobre los peligros que podía comportar al ser humano este nuevo estado de tecnificación. Mientras algunos artistas se sumergieron de lleno en los experimentos computacionales –como por ejemplo José María Yturralde-, otros como Anzo preferían observarlos desde la distancia crítica.