Se les acaba el chollo

POR JOSÉ LUIS TORRÓ
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Buena parte de los periodistas que en décadas anteriores trabajaron en periódicos de provincias fueron testigos en algún momento de sus vidas laborales -más bien en muchos- de cómo el redactor jefe, tijera en mano, recortaba un chiste publicado en un periódico nacional y lo enviaba al taller para su reproducción bajo un epígrafe que solía ser «humor ajeno». O algo parecido.

Esos profesionales fueron testigos, y en ocasiones cómplices, de la falta de respeto al trabajo ajeno, a los derechos de autor y la propiedad intelectual, apropiación que casi nunca fue objeto de reclamación por parte de los damnificados.

En algún caso, ese modo de cubrir un hueco o evitarse el costo de la colaboración de un humorista, se tradujo en un drama. Como el vivido en el periódico «Levante» cuando, siguiendo la que venía siendo ya una inveterada práctica, la de hacerse con un chiste sin palabras publicado en un periódico extranjero, Le Figaro, el encargado de efectuar el recorte no reparó en que el dibujo que robaba era una caricatura de tres dictadores europeos, en la que se ridiculizaba a Hitler, Mussolini y Franco.

A éste, se le presentaba como un enano que, hacha en una mano, posaba una de sus botas de caña alta sobre el tronco en el que se decapitaba a los condenados. La que le armaron al entonces director, Adolfo Cámara, fue de las que hizo época. Que un periódico del Movimiento se cachondease del Generalísimo de aquella manera no era para menos. Durante muchos años en no pocos periódicos se mantuvo esa mala costumbre que no era más que un remedo del principio físico que afirma que «la energía ni se crea ni se destruye, se trasforma».

Llevado al asunto al caso que hoy nos interesa la ley se recreaba patéticamente: «En periodismo nada se crea ni se destruye, simplemente se copia», lo que, a la postre, se convertía en una suerte de aval para toda suerte de impunidad corsaria.

Si al siempre genial Mingote le hubiesen pagado todos sus chistes, objeto de fraudulenta reproducción en centenares de ocasiones y en decenas de periódicos, su cuenta corriente habría engordado de modo considerable.

Antonio Mingote, por sus muchos aciertos humorísticos y sus muchos años -y que el Señor nos lo conserve por muchos más- ha sido el humorista español más reproducido sin que mediase autorización alguna que lo permitiese. Un juzgado de Barcelona daba la razón la pasada semana a Telecinco en un nuevo procedimiento que ha seguido esta cadena contra el habitual latrocinio sufrido a manos de La Sexta. El juzgado ordena a la cadena de Emilio Aragón que cese de inmediato el uso -más bien abuso- de imágenes producidas por Telecinco.

Sobre todo en tres programas de su parrilla: Se lo que hicisteis la última semana; El intermedio; y Traffic TV, se venían reproduciendo, en unos casos a diario, y siempre con las mejores artes vampíricas, imágenes producidas por Telecinco sin que, pese los requerimientos hechos, hubiesen cesado en su actividad expropiatoria. El juzgado ha señalado que en una posterior resolución dará a conocer la indemnización a la que tiene derecho Telecinco por los daños y perjuicios. O sea, que a La Sexta y a todos cuantos como ella se han dedicado al permanente asalto de la propiedad privada en forma de vulneración de la intelectual, parece que se les acaba el chollo. Ya era hora que la Justicia pusiese coto a tanto despabilado que pretende cubrir buena parte de su programación con el esfuerzo, el ingenio y el presupuesto ajeno.

joseluistorro@gmail.com