Sergi Doria - SPECTATOR IN BARCINO

Julios negros del nacionalismo

Entre las lacras de la Cataluña nacionalista, Puig i Ferreter destaca la oposición sistemática e indocumentada a todo lo que oliera a castellano o español

Sergi Doria
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Julios negros del nacionalismo. El próximo 23 se cumplirán diez años de la detención de Fèlix Millet, cubierto con un paraguas, en el Palau de la Música. Además del saqueo de uno de los buques insignia del catalanismo cultural, el Caso Palau desveló la financiación ilegal de Convergència. El juicio a Millet, Montull y el tesorero del partido nacionalista Daniel Osàcar, confirmó que la mordida del 3 por ciento no era tal, sino un 4 por ciento que Millet contemplaba como algo normalizado en la política catalana.

El otro julio negro aconteció con los fastos del Tricentenario de 1714. En plena ofensiva independentista, con los motores a mil «revolucions de somriures» por minuto, Jordi Pujol –el pendenciero patriarca que exclamó «¿qué coño es la UDEF?»– hizo pública la «deixa» de su padre Florenci, conocido evasor de capitales ya en el franquismo. Al igual que Millet, Pujol confesó una cantidad más reducida de la que demostró el sumario posterior: entre 1990 y 2012 el clan Pujol-Ferrusola llegó a gestionar en Andorra unos 70 millones de euros.

Ambos aniversarios coinciden con el peor momento del independentismo en una década. ERC y Junts per Catalunya batallan por el control del dinero en ayuntamientos y diputaciones, mientras sus apéndices civiles, ANC, Òmnium, les acusan de «autonomistas».

Nada nuevo bajo el sol de julio. En 1949, desde su exilio parisino, el escritor Joan Puig i Ferreter denunciaba los errores del nacionalismo. En el décimo aniversario de 1939, Carles Riba se mostraba pesimista: «Si esto dura veinte años más estaremos perdidos. Hasta ahora, todavía se podría salvar, después de veinte años, quizá no».

Puig i Ferreter, que antes de ser político en Esquerra, dirigió Edicions Proa, no creía que la situación de la literatura catalana fuera, pese al franquismo, mucho peor que en los mitificados años veinte y treinta. En aquellos tiempos míticos, las ediciones de Maragall eran de 500 ejemplares. Carner, «príncipe de los poetas», tiraba 300 y a veces 150… «Era casi escribir para los amigos. A Joaquim Ruyra lo conocían bien pocos. A Eugeni d’Ors, pentarca de nuestra cultura, la mayor parte de lectores de La Veu de Catalunya donde publicaba su Glosari, no le entendían… La gente sabía alguna cosa de Guimerà, de Rusiñol, de Iglesias, porque eran autores de teatro, aunque sus obras las encontrabas raramente en los hogares catalanes».

Entre las lacras de la Cataluña nacionalista, Puig i Ferreter destaca la oposición sistemática e indocumentada a todo lo que oliera a castellano o español. Léase hoy supremacismo: «Vivíamos ingenuamente en la creencia de que todo lo catalán, lengua, costumbres, folklore, tradiciones, prosa, poesía, hombres, raza, Cataluña y Barcelona eran infinitamente superiores a todo lo castellano y español. A quien se atrevía a hablar bien de Madrid y de los castellanos se le llamaba ‘castila’ y era considerado un traidor». Léase hoy españolista.

Sus juicios sobre Esquerra suenan muy actuales y explican que sus memorias no se hayan reeditado desde 1980. El autor parece describir el nacional-populismo actual. «Lanzaban al pueblo las utopías más absurdas e increíbles, desde ‘la caseta i l’hortet’ de Macià, a ‘la terra per als qui la treballen’ de Companys, a la ‘república lliure i socialista catalana, o federalista con el número de estrellas de las diversas naciones ibéricas federadas, de Ventura Gassol. Sí, todo adquiría un carácter fabuloso y teatral, lejos de la pobre realidad que podía manejar el Govern y que ni tan solo sabía manejar…»

¿Y el pueblo? Como ahora: «Se deslumbraba fabulosamente, teatralmente con su inconsciencia, si los oradores eran conscientemente teatrales. Fue durante un tiempo, una orgía de ilusiones y de engaños. Hacer el proceso de Esquerra es hacer el proceso de una gran parte de nuestro pueblo que se le entregó con una bobería entusiasta, mezcla de inconsciencia política y de incultura popular, que le incapacitaba para toda crítica salvadora».

En la fase teatral del procés se presiente el telón. El desenlace llegará pasado el verano: las sentencias del Supremo. Entretanto, la trama de Òmnium y la ANC amaga con la unilateralidad y la huelga general. Pero los sindicatos mayoritarios ya no están por la labor. Javier Pacheco, secretario de Comisiones, considera las estrategias de Elisenda Paluzie ocurrencias «inútiles y desenfocadas» que ahondan «la polarización de la sociedad catalana».

En las redes sociales resuena «Mala gente», la «cover versión» del «Malamente» de Rosalía: «Esos que van de acusados / chulearon en su día… Pusieron las cosas raras / enfrentaron a la gente / entre lazos y esteladas / crearon muy mal ambiente. / Sueñan que están luchando / te lo explican y es de chiste. / Ya lo dijo bien un Mosso: ¡La República no existe! / Mala gente, mala gente, Mal mu mal, mu mal, mu mal. Ojú que mala gente…»

Truculento julio catalán. Como un romance de ciego.

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