Sergi Doria - SPECTATOR IN BARCINO

El populismo en Guardia

«¿Y que tiene que ver el procés con los populismos antieuropeos? Se preguntará algún lector quisquilloso»

Sergi Doria
BarcelonaActualizado:

El populismo, dijo Jaume Duch en el Círculo del Liceo, «es entender la política y la sociedad como una batalla del pueblo contra una élite (siempre corrupta o malvada)». Acompañaban al portavoz del Parlamento Europeo el historiador Enrique Ruiz-Domènec y el ensayista Valentí Puig. Coincidieron en que el pragmatismo se impondrá al himno y la bandera de los nacionalismos. Tomamos nota de las paradojas de la Historia: tantas décadas de Guerra Fría para que un norteamericano, Steve Bannon, y el zar ruso Putin compartan un mismo fin: acabar con la Unión Europea dando oxígeno a los populismos de toda laya.

Y todos esos movimientos -¡casualidades!- a cien años de la fundación del Partido Fascista italiano, un 15 de abril de 1919: diez años después de la muerte del pobre almirante Cervera, señora Colau. Fue en la milanesa Piazza San Sepolcro. Así lo cuenta Robert O. Paxton en Anatomía del Fascismo (Capitán Swing). Allí estaba el futurista Marinetti y Feruccio Vechi, jefe de los Arditi. Y, claro está, Mussolini, antiguo socialista bautizado Benito en honor al revolucionario mexicano Benito Juárez.

Tres años después, tras la teatral Marcha sobre Roma (un 27-O), el Duce supo orquestar a la masa. Los fascistas, prosigue Paxton, «prometieron acceso a la multitud a través del espectáculo político emocionante y de técnicas de publicidad inteligentes, medios para disciplinar a aquella multitud a través de la organización paramilitar y la jefatura carismática, y la sustitución de azarosas elecciones por plebiscitos de sí o no». ¡Vaya! O sea, que los fascistas que odiaban la democracia parlamentaria votaban. Plebiscitos y referéndums. Espectáculo, emoción, técnicas publicitarias, disciplina organizativa, jefatura carismática… Si le quitamos lo paramilitar, que todo llegará, hete aquí el procés catalán.

¿Y que tiene que ver el procés con los populismos antieuropeos? Se preguntará algún lector quisquilloso. Volvamos, ya por última vez, al politólogo Paxton. A diferencia de los fascismos de los años treinta, hoy los movimientos de la ultraderecha y los populismos no propugnan la invasión del vecino como Hitler o Mussolini. Hoy la cosa va al revés. En lugar de expansión -solo tuvimos el caso de los nacionalismos balcánicos- se persigue la secesión. En su día, la Liga Norte con la Padania y, todavía, el Vlaams Blok belga y … Rellenen los puntos suspensivos.

Y como el azar es muy puñetero resulta que hace cien años, también, nació la Federació Democràtica Nacionalista que, ya como Estat Català, Macià publicitó en 1926 con su intento de invasión por Prats de Molló. Justo el 14 de abril de 1931, ya como capdill de la vencedora Esquerra Republicana y acechado por su entorno separatista -Cardona, el militarista Batista Roca, el racista Rosell Vilar- Macià organizó su propio servicio de orden, la Guardia Cívica Republicana, reciclada a la muerte del Avi en el fascistoide Estat Català de los Badia y las JEREC de Dencàs. La muerte del líder carismático, escribe el historiador Ucelay, «llevó a su inmediata santificación como ocurrió en la URSS con la desaparición de Lenin». La institución -Generalitat- se confundía con el partido -ERC- y este con su president-capdill.

Y volvemos a la conversación del Círculo. La rebelión de las masas, hoy, está en Twitter, observó Valentí Puig. Pero lo que le sirve al líder populista para calentar a la masa puede también empujarle al desastre. Le pasó al Astut Mas cuando planteó la independencia en dieciocho meses -lean El naufragio de Lola García- y al Puigdemont que cambió las elecciones por la DUI del 27-O, acoquinado por las 155 monedas de plata del tuitero Rufián.

En estos momentos, Cataluña está gobernada -es un decir- por un activista: de tanto excitar a los CDR («apreteu, que feu bé en apretar!») y asegurar a la masa que está «a tocar» la independencia, ya no puede sostener la mirada a quienes se creyeron lo de la república.

Si no se ha vuelto a subir el sueldo, el agitador nos cuesta más de ciento cincuenta mil euros al año. Nuestros problemas le importan un rábano porque lo suyo es victimismo populista, la rondalla folclórica y «passar comptes» con el jefe Puigdemont en Waterloo. Hace poco, le vimos aplaudir el cambio de la avenida Príncipe de Asturias por Riera de Cassoles; reiterar la homilía de la represión del Estado; pasarse por el forro la ley y la separación de poderes.

En su agenda tiene marcado el 17 de abril: la fecha de cierre de las entrevistas para seleccionar una guardia pretoriana a la que se han presentado 152 agentes de los Mossos d’Esquadra y de la cual, sin control de la prefectura de la policía catalana, pasará una cincuentena. Su misión: cuidar del president y los expresidents (¿también del fugado Puigdemont?). Méritos de acceso: acendrado independentismo. Como la Guardia Cívica de Macià. Para protegerlo de aquellos a quienes repite que él es el pueblo.

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