Daniel Tercero - Dazibao

Lúcida, desobediente, irónica y obstinada

«Insuflando confianza en momentos de desazón aparece Albert Lladó con su obra 'La mirada lúcida. El periodismo más allá de la opinión y la información' (Anagrama, 2019). Un libro (casi) obligado para cualquier periodista o que se lo crea»

BarcelonaActualizado:

Ya no hay contador que concrete el número de libros publicados y de reflexiones públicas que tratan sobre el periodismo y su futuro en un mundo digitalizado. Hay tantas opiniones como tuits. Y tantos tuits como latidos. Un presente acelerado que olvida el pasado sin llegar al futuro. ¿Un mal futuro? Quizá, el suma y sigue de obras, nunca existió. O puede ser que estemos ante los últimos coletazos de algo que se creía informativo cuando no era más que entretenimiento. Nadie puede negar, a estas alturas del siglo XXI, que estamos en otra época, cuyo inicio falta por datar, si bien aquel 11 de septiembre de 2001, en Nueva York (EE.UU.), podría considerarse la toma de la Bastilla (1789) o la caída de Constantinopla (1453). No será el periodismo el encargado de fijar la fecha, aunque este no debería mirar a otro lado y sí participar de ello. Al fin y al cabo, el periodismo está reinventándose, acorde con el cambio de era. Un cambio mundial que se está llevando por delante cierto prestigio de la profesión. Cabe recuperarlo.

Insuflando confianza en momentos de desazón aparece Albert Lladó con su obra La mirada lúcida. El periodismo más allá de la opinión y la información (Anagrama, 2019). Un libro (casi) obligado para cualquier periodista o que se lo crea. Cada folio del panfleto (87 páginas) golpea sobre la cabeza del lector -sobre todo si es del sector-, que le deja aturdido intentando buscar la puerta de salida para ponerse a rebuscar historias que se puedan publicar. De esto se trata, aunque Lladó solo nade sobre el plano teórico -para una versión práctica, casi opuesta a esta, hay que acudir a David Jiménez y su El Director (Libros del K.O., 2019)- a partir de un artículo escrito por Albert Camus en 1939 y «olvidado hasta hace poco», en el que el francés considera la lucidez, la desobediencia, la ironía y la obstinación como los cuatro puntos cardinales del periodismo. Una guía para la profesión en el siglo XXI.

Es ahí en lo que se para el autor de la obra: en el ser del oficio. «Hemos aceptado bajar la cabeza demasiadas veces para tener un único campo de visión, como si estuviéramos en una especie de rueda para hámsteres, en la que solo vemos pasar notas de prensa, teletipos y declaraciones institucionales. Las exclusivas, por otro lado, se han convertido en filtraciones más o menos interesadas, que funcionan como el apunte de color de un todo agarrotado y monolítico». Una pérdida de la mirada que incluye «el culto al dios Tag» -solo equiparable a la creencia de la transparencia-, una «religión sin posibilidad de apostasía», y convierte al periodista en taquígrafo, lejos de la creatividad que se le presupone y que no es incompatible -de hecho, es obligación- con la prueba fáctica de la realidad. «Más que objetividad se nos reclama honestidad -señala el periodista Lladó-. Mientras que el pacto del lector con el novelista se basa en la verosimilitud, el pacto del lector con el periodista se fundamenta en la promesa de que no habrá fabulación. (...) El periodismo no es un género de ficción, pero tampoco es una ciencia imbatible».

La lucidez se engorda con la práctica, como la desobediencia pierde todo su sentido sin la razón. Es solo en el paraíso internet (redes sociales, of course) donde esto debe tomarse al pie de la letra. «Ahora el prestigio ya no vende. Es el peso del tráfico el que marca, pese a algunas excepciones (hay diarios que se financian gracias a las suscripciones o a los asociados), el contenido que han de elaborar los redactores». Es una cuestión de cantidad y peso, y no de calidad y conocimiento. «Esa curiosidad basura que hemos fomentado desde los diarios, con titulares llamativos, pero que no anuncian nada, es lo que hay que empezar a desobedecer». Lladó lo resume con un broche de oro: «Un no ante la estulticia y a la automatización. Un sí a la práctica de la libertad y la belleza». Y lo remata con cinco palabras como si descargase todo el revólver: «Sin criterio no hay conocimiento».

Tras la lucidez y la desobediencia, el joven autor (Barcelona, 1980) afronta el tercer punto cardinal: la ironía. Lladó apuesta por «más seducción y menos pornografía», para que el periodista se gane la complicidad de la audiencia. Este es el mayor de los retos que se presentan en la obra. Es la ecuación sin solución. La crítica a las mismas fotos y similares titulares, a las mismas portadas de los diarios, a los mismos arranques de los telediarios y a los mismos temas de los informativos radiofónicos. ¿Es que hay otra opción cuando el mundo vive entre maremotos asiáticos y populismos occidentales? «No podemos escuchar únicamente a los que piensan como nosotros. Tampoco a los que tienen el poder para marcar el tempo de nuestra mirada. (...) El periodismo no lo solemos encontrar ni en los peep show ni en las parroquias».

Pero debe quedar claro, y así lo hace Lladó, que la solución no es ir contra el avance de la técnica. Más bien, todo lo contrario. Eso sí, cada formato tiene que explotar sus ventajas y limitar sus deficiencias. «¿Por qué el diario en papel ha querido emular la viralidad del digital y no la profundidad del suplemento o la revista?». La rueda del hámster. «Hoy las ruedas de prensa, y los círculos viciosos del copia-pega de teletipos, son el equivalente informativo de un sistema de repeticiones que anulan la diferencia. (...) Allí donde todo es igual, o todo es diferente, no es posible aplicar las categorías del conocimiento». Dicho de forma directa: «El tema no es si se utiliza lo digital o lo analógico. Se puede hacer un periodismo lúcido aprovechando la tecnología más avanzada, siempre que tengamos claro quién dirige a quién, quién marca el compás de la partitura. El enemigo no es la tecnología. El enemigo es nuestro arraigado gusto por la sumisión».

Lladó, obstinado, lúcido, irónico y desobediente. El periodismo va más allá del tecleteo diario y llenar páginas sinsentido cualitativo. Pero tiene sus costuras. No hay margen, es un oxímoron: festina lente.

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