La edad adulta de los comunes

Birlarle la alcaldía a ERC apoyándose en el PSC y Valls es probablemente el primer gesto de madurez política de Colau y su equipo

BarcelonaActualizado:

No eran ni las tres y media y Sant Jaume ya estaba lleno de esteladas. Hace cuatro años, cuando los comunes asaltaron los cielos de la Casa Gran, el color violeta tomó la plaza, y entre lluvia de confeti, sudor y apretujones, Colau dijo que cambiaría el mundo. Cuatro años después nada ha ido a mejor, desde luego, y la alcaldesa vio como el «comando tieta» de la ANC y compañía le montaba un escrache a pie de plaza. «Colau ets un frau», le decían. Se entiende el enfado «indepe», no tanto la cara de funeral de la alcaldesa, que bien podría haber adoptado una pose más de «a lo hecho pecho».

Casi parecía avergonzarse de su muy legítima decisión de haber aceptado los votos de Manuel Valls, al que le agredeció su apoyo –ignorarlo hubiese superado la descortesía– al tiempo que reconocía que sus votos le incomodaban. Equidistante hasta en las formas. Demudada, como si hubiese cometido un crimen, Colau aceptó la vara de alcalde y cruzó la plaza para acudir a la visita institucional al presidente Torra con una cara que no casaba con el gesto audaz, adulto, que en realidad acababan de protagonizar los comunes.

De hecho, birlarle la alcaldía a Ernest Maragall apoyándose en un acuerdo con el PSC y los votos de Valls es probablemente el primer gesto de madurez política de Colau y su equipo desde que decidieron dedicarse a este negocio, algo así como si se hubiesen hecho mayores de golpe. Gobernar, aspirar a transformar, implica a veces tener que bajar al fango, ensuciarse las manos, aceptar los votos de la casta, de las élites, según su lenguaje, de Valls en definitiva. Éste, por su parte, demostró que la política francesa es una escuela de oratoria de nivel y que los gestos también cuentan. El exprimer ministro de Francia se negó a estrecharle la mano a Quim Torra, algo que José Bou (PP) también se ahorró, aunque este directamente por que pasó de cruzar Sant Jaume para cumplimentar a un «president» con un discurso a piñón fijo.

¿Aceptar los votos de Valls? ¿Por qué no?, debería haberse contestado Colau con menos titubeos y pose de hasta arrepentimiento. De paso, y no es poco, Barcelona se ahorra convertirse en capital de una república que solo existe en la mente de quienes ayer llenaban Sant Jaume de esteladas y se dedicaban a silbar a todo aquel que no fuese indepe. Eso sí, el lazo amarillo volverá al balcón municipal si la mayoría del Consistorio así lo decide, aseguró Colau. ¿Se prefigura ya la primera crisis entre comunes y PSC a cuenta del «procés»?

Los comunes llevaron mal los insultos, con más entereza pasaron el trance los ediles del PSC, sobre todo los que tienen más mili a sus espaldas. Uno de ellos, felizmente recuperado para la política municipal y a quien muchos ya ven como nuevo responsable de seguridad del Consistorio, comentaba a los suyos que casi le hubiese sabido mal haber entrado ayer en la Casa Gran sin que los del lazo no le hubiesen puesto a caldo. El ofrecimiento de la Guardia Urbana para entrar por una puerta lateral fue rechazado. Dignidad ante todo.

El mal rollo en plaza Sant Jaume casi contrastaba con la calidez con que se acogió en el Saló de Cent al preso Quim Forn, incluidos besos y apretones de ediles en sus antípodas políticas. Buenas formas. Las mismas con las que «jóvenes veteranos» que lo dejan este mandato como Alberto Fernández (PP) o Jaume Ciurana (JpC) recordaban batallitas junto a Imma Mayol, durante tantos años el rostro de ICV en el gobierno municipal. Otros tiempos. Mejores.