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Antonio Robles - Tribuna abierta

¿Qué es eso del adoctrinamiento escolar en Cataluña?

«No busquen manipulaciones groseras de la historia al modo de la Alemania nazi o del Libro Rojo de Mao, aquí todo ha sido más sutil y ladino»

BARCELONAActualizado:

¡Ojos que a la luz se abrieronun día para, después,ciegos tornar a la tierra,hartos de mirar sin ver!

Antonio Machado

La Declaración Unilateral de Independencia (DUI) del pasado 27 de octubre, junto al desprecio hacia la nación común y el riesgo real de ruptura, ha provocado una ola de indignación en toda España. De golpe, después de 38 años de indiferencia frente a la construcción nacional de Cataluña, los ciudadanos nos hemos hecho una pregunta tan necesaria como inquietante: ¿cómo hemos llegado a esto?

No es cuestión de estas líneas responderla, sino de enmarcar una de las causas que la explican. Me refiero al adoctrinamiento escolar. Que hayamos tardado 38 años en descubrir que en las escuelas de Cataluña se adoctrina a nuestros hijos delata la dejación, la complicidad, la cobardía, la irresponsabilidad de una sociedad acomplejada ante el chantaje emocional del nacionalismo. Con un agravante, ni siquiera ahora que nos hemos apercibido del acoso calibramos su verdadero alcance. Los medios de comunicación lo reducen al maltrato supuestamente recibido contra hijos de Guardias Civiles en la escuela por parte de algunos de sus profesores con ocasión del 1 de octubre, y a enfoques tendenciosos de la historia de Cataluña en los libros de texto.

El problema es mucho más perverso, profundo, y sostenido en el tiempo, que esas dos anécdotas. Trataré de dar algunas pinceladas.

Nada de lo que ha ocurrido en Cataluña en estas últimas cuatro décadas es por casualidad. Ha sido debido a un meticuloso proyecto de ingeniería social con el objetivo de reducir la pluralidad política, étnica, cultural, lingüística y nacional a la visión identitaria que los nacionalistas poseen de Cataluña. Así que el primer error es suponer que empezó con el «procés».

El plan de adoctrinamiento nacional empezó con la lengua, a trasvés de la campaña de normalización del catalán en 1982 (La Norma), nada más entrar al poder Jordi Pujol. Él ha sido el muñidor, el diseñador de ese plan de ingeniería social que, al igual que todos los grandes dictadores de la historia, puso en la escuela y en la maleabilidad de la mente receptiva de los niños, la esperanza de convertir su mente y su corazón en réplicas del ideal identitario nacionalista, su ideal.

No busquen manipulaciones groseras de la historia al modo de la Alemania nazi o del Libro Rojo de Mao, aquí todo ha sido más sutil y ladino. La primera fase fue vaciar a la escuela de cualquier rasgo cultural, lingüístico y nacional de España. La normalización lingüística fue la gran excusa para, en nombre de la recuperación de una lengua maltratada por la dictadura, ocultar la otra, arrinconarla, borrarla de la realidad. Al mismo tiempo, con el objetivo de evitar toda resistencia, se insinuó primero y se la catalogó después como arma colonial al servicio de los enemigos de Cataluña, instrumento del franquismo sociológico, extraña a Cataluña y origen causal de la «minorización» del catalán. De ahí a convertirla en lengua extranjera sólo restaba el declarar a la lengua catalana «lengua propia de Cataluña». Ni siquiera debía explicitarse la exclusión, se deducía por oposición.

Todos los nacionalismos del XIX para acá tuvieron un «leitmotiv», un atributo diferenciador, la religión, la raza; para el nacionalismo catalán fue la lengua. Sin ese rasgo distintivo, la justificación del «fet diferencial» hubiera sido imposible. Por eso, «la lengua propia», ha sido, es y será el ADN de Cataluña (Pasqual Maragall dixit).

Así, a través de la normalización de la lengua, desmantelaron, borraron del imaginario escolar de los niños canciones infantiles en castellano, fiestas populares españolas, villancicos de toda la vida, costumbres culinarias, leyendas y héroes del imaginario popular español, poetas y poemas, escritores y refranes escritos o transmitidos por tradición oral en lengua castellana… En las excursiones, en los «esplais», en las representaciones de navidad, en Sant Jordi, en las pequeñas obras de teatro y revistas culturales del colegio, en los oficios religiosos, poco a poco, fue desapareciendo cualquier vestigio de la lengua común; y con ella, la historia común, los lazos afectivos con el resto de españoles… Al mismo tiempo, se fue rellenando el espacio, la memoria, de símbolos catalanistas. Los colores de la señera inundaron hasta el último rincón de la vida social, escolar, deportiva, religiosa con la misma celeridad que desaparecía todo rastro de la bandera constitucional española y cada uno de los símbolos del Estado. Y un buen día, cada uno de esos niños y niñas ya adolescentes, casi sin darse cuenta, se sintieron extraños ante esos símbolos culturales, hasta percibirlos como enemigos de la cultura catalana. El zurcido era emocional, aquel que se confunde con el ser, con el alma de uno mismo.

Para estos adolescentes, sus abuelos de Almería, de Burgos o Cáceres eran colonos y colaboradores necesarios del saqueo infringido por España a Cataluña a lo largos de los siglos. Un auténtico dispárate. Ese es el mayor saqueo que puede sufrir un ser humano, porque la desconexión emocional, cultural con tus antepasados vivos es un auténtico saqueo, cruel y despiadado. Sostiene el psicólogo y biólogo Jean Piaget, experto en la epistemología infantil, que la primera impregnación recibida por el niño de los mayores es emocional y se confunde con su ser: «Las experiencias a las que los adultos someten a los niños no se imprimen en los niños como en una placa fotográfica, sino que son asimiladas, son incorporadas a la sustancia propia de su ser».

Cada vez que contemplo a Gabriel Rufián ciscarse en el resto de españoles, la imagen que choca contra mis ojos es la de un muchacho meándose en la tumba de sus abuelos. Impotencia por un lado y profunda pena por otro al ver a un ser humano despojado de lo único que le pertenece de verdad, la capacidad de pensar por sí mismo.

Junto a la campaña de la Normalización del Catalán iniciada en 1982 nada más llegar al poder Jordi Pujol, y junto al vaciado de elementos culturales no deseados, se van incorporando otros de carácter acumulativo en el entorno escolar. Me refiero a aquellos rasgos culturales, históricos, ideológicos, así como los que se derivaban de la actualidad política y mediática, y todos los que deberían definir la identidad de la nación en ciernes. Por ejemplo, en la sala de profesores de escuelas e institutos, permanecían colgados mapas con «Nacions sense Estat a Europa», la imagen de Macià o Companys, siempre la de Pujol, pero nunca la del Rey, grandes murales con los «Països catalans» en paredes externas de los centros, también en cartelería en aulas y pasillos, posters alusivos al invento del «Mil.lenari de Catalunya» (988-1988), y profusión de pasquines y propaganda de él, carteles en las recepciones de institutos de apoyo a Herri Batasuna y ETA (a principios de los noventa, un póster en defensa de los presos de ETA estuvo colgado en el «hall» del instituto Fort Pius de Barcelona durante meses a pesar de mi denuncia reiterativa ante la dirección del centro y el claustro de profesores). Conformaban un paisaje, esculpían la legitimidad, servían de modelo para los adolescentes. Y así, poco a poco, como una lluvia fina se iban modelando las miradas de las futuras generaciones. Todo ello, abalado por una parte del profesorado y la connivencia del resto ante el temor a ser considerados fachas, o enemigos de Cataluña y el catalán. Una verdadera calamidad, y una vergüenza para una generación de maestros y profesores que no estuvieron a la altura de las circunstancias. Primero cedieron en la lengua, después en todo. Para evitar ser considerados enemigos de Cataluña comenzaron a hablar sólo en catalán, después a callar ante comentarios jocosos sobre España, a reírles las gracias a todos sus desprecios culturales, para acabar callando sobre todo o pidiendo el traslado a cualquier lugar fuera de Cataluña.

Tal estado de cosas era sostenido por una pléyade de apóstoles del víctimismo camuflados de profesores y dirigidos por Òmnium Cultural y la red de complicidades institucionales que alcanzaban a otras organizaciones menores y cuyo número de filólogos de lengua catalana delataba la naturaleza del «fet diferencial» y sus intenciones excluyentes. Sin contar el torrente escandaloso de campañas institucionales y organizaciones progubernamentales a propósito de la lengua como Caballo de Troya para introducir de contrabando contenidos nacional-catalanistas. La lengua catalana había dejado de ser un medio de comunicación para convertirse en un instrumento político.

El hueco dejado por el traslado de 14.000 maestros y profesores entre 1981 y 1985 agravó la situación y dejó las puertas abiertas a la entrada de miles de maestros afectos al régimen. Error inmenso que no debe repetirse ahora por parte del Ministerio del Interior facilitando el traslado de los Mossos d'Esquadra constitucionalistas a la Guardia Civil y a la Policía Nacional del resto de España. Convertiría al cuerpo de Mossos con el tiempo en un ejército armado al servicio del «procés». Pocas bromas, son ya 16.800, de los cuales, cerca de 3.000 son independentistas, de los que 300 ocupan mandos relevantes.

Se ha denunciado muchas veces la manipulación de los libros de texto y la falsificación de la historia, pero la verdadera intoxicación es por empatía. Un niño, y sobre todo un adolescente, no aprende principalmente por consejos, sino por empatía. Es más efectivo que el profesor apague las luces al entrar en clase sin decir nada, dando ejemplo, que todos los discursos que suelte a sus alumnos contra el gasto energético. Por eso, no es sólo falsificar pasajes de la historia en los libros de texto, sino, cómo se hace.

Un ejemplo. Como saben, todos los libros de texto están exclusivamente en catalán. Sin embargo, incluso en editoriales menos sesgadas, como es el caso de Vicens Vives, aparecen en castellano pequeños discursos de José Antonio, o pasajes falangistas y franquistas. No así textos de personajes que también fueron creados en castellano, pero no se les considera franquistas. Esta maldad sutil para revestir de simbología estigmatiza a la lengua española forma parte de todo un relato general que alcanza todos los pasajes de la historia. Es un ejercicio perverso, sobre todo porque se ejerce en mentes infantiles incapaces de discernir y defenderse por sí mismas.

Junto a esa manipulación ladina, se da otra más burda: el cambio de pasajes de la historia y denominaciones para desconectarlos de la historia común española. Por ejemplo, a la Guerra de la Independencia se le da el nombre de «Guerra del Francés», al Reino de Aragón, el de «Corona Catalano-Aragonesa», a la Guerra de Sucesión, «Guerra de Secesión», y así hasta conformar una realidad paralela donde el niño, desde su más tierna infancia, vaya aposentando en su mente el fundamento histórico de la realidad política independentista que defiende el nacionalismo y refuerza TV3. Tal cambio de nomenclatura histórica se ve reforzada por el vaciado de pasajes históricos que conviene diluir o hacer desaparecer, y subrayada por otros, existentes o inventados, que convienen acentuar. Ya en esa atmósfera insidiosa, el niño se hace socio del Club Super 3, luego saca el Carnet Jove, identifica al Barça con Cataluña, y comienza a envolverse con esteladas, y considerar a cualquiera con el ABC o «El Mundo» bajo el brazo como un facha. Pequeñas obviedades que se han ido aposentando en su ser desde la familia a la escuela, y se acaban de concretar en TV3.

Pero lo más perverso es el relato subliminal que un número alto de profesores emiten a diario a propósito de los acontecimientos políticos para conformar en el alumno el relato de una Cataluña maltratada históricamente por Castilla, y de paso, descalificar a España como un Estado opresor. Todo ello se refuerza con los textos audiovisuales emitidos por TV3 y demás medios del régimen, la asistencia, a escuelas e institutos, de intelectuales del régimen a propósito de la publicación de un libro en catalán, el acontecimiento político de moda, o la controversia de un pasaje de la historia. Casi siempre sesgado, siempre revestido de apostolado nacional. Nada distinto de la FEN franquista (Fomento del Espíritu Nacional). Es una telaraña que envuelve la vida integral del niño, desde la actualidad política, a los programas infantiles adecuados al fin, y a la agitación propagandística que pasa de padres a hijos.

Ese relato victimista y resentido, traspasa el conocimiento del alumno hasta convertirlo en sentimiento. Llegados a ese punto, todo razonamiento es inútil. Y el paso a «España nos roba», «España nos odia», «Tenemos derecho a decidir», «España no nos entiende»... es casi natural.

Vuelvo a la empatía. Cuando el profesor va con unas bambas o zapatillas de deporte con la estelada, con bufandas amarillas, con camisetas de los «Països catalans», con pins independentistas, usa libretas con pegatinas nacionalistas, y cualquier comentario de la actualidad lo reviste de frustración ante una España cerrada, casposa, violenta, incapaz de dialogar, el mal entra envuelto con la autoridad del profesor. Eso sólo se podría contrarrestar con el contraste racional de otros profesores, pero eso sería tanto como convertir la escuela en una trinchera, algo intolerable y obsceno a lo que nunca se debería llegar. De momento, tal escenario de confrontación no se dará. La paz está asegurada porque los profesores y maestros que están en desacuerdo con el adoctrinamiento, se callan, tienen miedo. Una vergüenza que no tengan el valor de exponerlo en los claustros, denunciarlo a las direcciones de los centros (que suelen estar copadas por independentistas), o quejarse a la alta inspección del Estado. Son las secuelas de cuatro décadas de acoso y adecuación al sol que más calienta.

Ahora se entiende por qué Francesc Macià es memorable, a pesar de ser un golpista, Lluís Companys, un santo, a pesar de ser otro golpista, además de asesino; y todos los prohombres del nacional catalanismo, honorables, aunque sean negreros, como el tatarabuelo de Artur Mas, Joan Mas Roig, o racistas como el Doctor Robert. La historia de cualquier país tiene sus vergüenzas y personajes miserables. En España nos avergüenzan Fernando VII, Franco o la expulsión de los judíos, por poner sólo tres ejemplos. ¿Me pueden señalar en la historia de Cataluña a algún catalanista importante que no tenga calle o pedestal y a salvo de cualquier crítica?

Con la disculpa del 9-N y el 1-O, el «procés» se ha metido en las escuelas para no salir. La justificación del derecho a decidir, los aspavientos ante «las cargas policiales» y «los presos políticos», la utilización de Mandela, Gandhi y Luther King como adalides de la «Revolución de las Sonrisas», han sido la coartada perfecta para convertir la escuela en una madrasa del separatismo. Todo está justificado en nombre de la democracia, de su democracia, de su falsa resistencia pacífica, de sus exiliados de pega, de sus políticos presos, de su revolución de las mentiras. Todas esas coartadas para legitimar su golpe institucional contra la democracia les proporciona buena conciencia y la justificación definitiva para adoctrinar en el ideal.

«El programa 2000» para nacionalizar las conciencias de todos los estamentos sociales filtrado en 1990 por «El Periódico» y «El País», tuvo su precedente en el «Programa para la normalización lingüística» de 1980, para implantar el monolingüismo en la escuela. Tuve el dudoso honor de asistir a su exposición por Francesc Noy, secretario general de educación, en un despacho de la Generalitat de Cataluña, junto a otros cuatro compañeros cuando todavía no me había significado contra la hegemonía supremacista del catalanismo. El programa pretendía cumplir sus objetivos en 1992. Lo que escuchamos entonces y se nos escribió en una pizarra de tiza en aquella estancia de la Generalitat era increíble por aquel entonces, pero se cumplió a rajatabla.

ANTONIO ROBLES