SPECTATOR IN BARCINO

Nomenclátor del sarcasmo

Ahí tienen las placas, nuevecitas, de trinca, como decían los abuelos. Lástima que la mayoría de ciudadanos no sepan quién fue el señor Francisco Ferrer Guardia

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En su columna de La Vanguardia de hace unos meses, Quim Monzó analizaba con sarcasmo la capacidad de humillar a través del nomenclátor urbano. Ponía como ejemplo el pasaje Pere Calders del barrio de Sant Antoni: «De pasaje no tiene nada, porque es un callejón de mala muerte, sin salida, evidencia clara del menosprecio del Ayuntamiento hacia ese escritor».

Las arbitrariedades del nomenclátor barcelonés no se quedan en esa pertinente observación. Salvador Dalí sigue sin tener una calle que llevarse al surrealismo y el racista Sabino Arana sigue ocupando placa, impasible el ademán, donde antes estuvo el falangista Roberto Bassas: está visto que esa calle padece la fuerza del sino.

Hace poco tiempo, nuestro consistorio dedicó el enésimo tributo a Francisco Ferrer Guardia y decidió que el marqués de Comillas no merecía la avenida de Montjuïc y el fundador de la Escuela Moderna necesitaba de más homenajes. Y ahí tienen las placas, nuevecitas, de trinca, como decían los abuelos. Lástima que la mayoría de ciudadanos no sepan quién fue el señor Ferrer Guardia.

La historiadora Joan Connelly Ullman, autora del mejor libro sobre la Semana Trágica, detalla en un capítulo su Currículum Vitae. Quienes colaboraron con Ferrer coincidían en su «mediocre capacidad» como educador. Después de jugarse en la Bolsa los ahorros de su segunda esposa, Leopoldina Bonnard, engatusó a una vieja solterona parisina que al morir en 1901 dejó la mitad de su fortuna a Ferrer y la propiedad de una empresa comercial.Especulando con las acciones, el «gran pedagogo» consiguió dinero suficiente para inaugurar en 1901 la Escuela Moderna, institución que se presentaba como igualitaria pero que excluía a los obreros a quienes aseguraba querer educar. Unas clases que llegaron a contar con un millar de alumnos, impartidas por profesores «con escasa formación profesional o totalmente carentes de ella», apunta Connelly. Afrancesado como era decía preferir la lengua gala a utilizar el catalán…

El resto de la historia es conocido. Uno de sus alumnos, Mateo Morral, intentó asesinar a Alfonso XIII en 1906, lo que provocó la detención de un Ferrer que muchos masones y republicanos españoles reconocían culpable. También la Institución Libre de Enseñanza lo veía como un simple agitador que utilizaba la educación como coartada. Cuando se produjeron los hechos de julio de 1909, con la quema de iglesias, mucha gente le tenía ganas al hombre de la Escuela Moderna.

La ejecución de Ferrer, acusado de ser el inductor en la Semana Trágica, concluye Connelly, fue el resultado «de su pasada carrera». La injusticia de aquel proceso no le exime de una trayectoria repleta de sombras que sus actuales hagiógrafos deben desconocer.