Salvador Sostres - Todo irá bien

Nobu soy yo

Que abra en Barcelona me causa toda clase de disgustos, porque finalmente voy a poder abrasarlo yendo cada día durante un mes, o dos, o seis

Salvador Sostres
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Lo que en realidad importa es que el próximo día 12 abre Nobu en Barcelona. Me causa una mezcla de terror y de fascinación que Nobu llegue por fin a mi ciudad.

Nobu empieza a ser importante en 2001, cuando mis padres me llevan por vez primera. Park Lane. Londres. Nobu había tenido hasta entonces muchos clientes pero nadie que lo interiorizara, que lo conceptualizara, que lo deseara y que lo soñara tanto como yo. El relato de Nobu soy yo, tal como el relato de El Bulli es Arcadi Espada. Nobu pudo gracias a mí ser algo más que una cadena de restaurantes. Yo fui su lírica, su épica, su tensión sensual convertida en gran amor –un gran amor de verdad. Nunca he leído sobre Nobu nada tan bueno, tan culto y tan mágico como lo que he escrito yo. Lo he hablado con Nobu muchas veces y aunque él me mira con cara de no entender absolutamente nada, quédense con lo que yo les digo, que es lo importante. A fin de cuentas, Arcadi tuvo que querellarse contra Ferran por apropiación indebida de su talento cuando decidió cerrar El Bulli. Lleva el caso Javier Melero.

Nobu fue para mí el orden del caos, la sala moderna, el talento expresado sin complicación y como un juego; Nobu fue Londres en mis brazos, el resumen de todo lo que sin saberlo esperaba del mundo a mis 20 años y la esperanza concretada de verlo realizado incluso antes de comprenderlo. Nobu me enseñó lo que esperaba de los restaurantes, de las chicas, de la vida. Una idea de la idea de mí mismo tomaba cuerpo en Londres, entre el Dorchester y la Reina. Yo era uno que salía de los grandes restaurantes de París y pensaba que el placer era rígido. En Nobu descubrí que era flexible, muy alegre, vaporoso, algo superficial pero siempre partidario y favorable a los intereses de la Humanidad. Justo como yo, y escribir sobre Nobu es escribir sobre mí, y al revés. Nobu soy yo notándome en la piscina cuando el agua fría te devuelve la lucidez y te permite no sentir, por un instante, el peso de tus defectos.

Y así crecimos juntos, Nobu y yo. Es el único restaurante que no he podido asaltar al abordaje, el único que no he podido calcinar hartándome. Yo soy el que establezco el distinto valor e interés de las ciudades por si tienen Nobu: Los Ángeles, por tener tres, ha sido siempre cara a mi corazón; el Nobu de Las Vegas, aún en el Hotel Hard Rock, fue tal vez donde mejor comimos, mi esposa y yo, recién casados y generosamente convidados por mi querido Jordi de la Torre hace ya 11 años; aunque el Nobu al que siempre quiero volver es el de Park Lane, también por ser mi primero pero sobre todo porque yo creo que tiene al mejor chef. En cualquier caso, había tenido siempre a Nobu a la distancia exacta para que el deseo mantuviera viva la llama, para que el mito perdurara, para que el niño caprichoso no pudiera romper el patito de goma por ver cómo funcionaba el mecanismo interior, con la vana y absurda intención de poder volverlo a armar luego.

Y por ello que abra en Barcelona me causa toda clase de disgustos, porque finalmente voy a poder abrasarlo yendo cada día durante un mes, o dos, o seis; y aunque sé que será la muerte de uno de los pocos mitos que ya me quedan, sé aún más, y mejor, que no voy a poder evitar el exceso, porque no está en mi naturaleza saber ni poder administrar el vendaval de la pasión. Me siento feliz y a la vez triste, poderoso y empobrecido, Nobu tan cerca de mí como una plegaria atendida, y lentamente empieza a alejarse su estela mítica, su Ítaca, su Youkali, su Shangri-La, mis sueños recurrentes de que de repente me doy cuenta de que estoy en una ciudad con Nobu y es tan emergente la alegría que empiezo a correr hacia él, a correr sin cansarme, y justo cuando estoy a punto de entrar me despierto y es así como entre lo imaginado y la realidad Nobu y yo nos hemos querido tanto estos últimos 20 años.

Recuerdo las veces que, aprovechando cualquier semifinal del Barça, cuando aún mandaba Laporta y las ganábamos, nos instalábamos con Anna una semana en Londres y entre el de Park Lane y el de Berkeley, acudíamos a Nobu 12 de los 14 ágapes y los otros dos íbamos al Atelier de Robuchon si es que al final no lo anulábamos y volvíamos a Nobu. La tarde en que Iniesta agujereó Stamford Bridge, acabamos las existencias de sake sin filtrar, en Berkeley, y luego las de champán en Park Lane. Pagar, entonces, pagábamos tirando la Visa como si fuera un frisbee. Sólo limitábamos con el aire y era el aire de la felicidad. Éramos jóvenes, teníamos mucho dinero y lo pasábamos muy bien. Imaginábamos que tendríamos una niña y que la llamaríamos Maria. Ahora ya no tenemos tanta fuerza, y aunque tenemos más dinero, tenemos más problemas, y más miedo.

Pero dejemos que por algunas noches todo esto no nos pese demasiado. Nobu abre en Barcelona y nos debemos, Nobu y yo, retomar la historia donde empezó, con mis padres, con Anna, como si nada hubiera pasado, como si nada se hubiera roto, como si aún pudiéramos escribir otra vez la historia, sabiendo dónde tenemos que ir con cuidado para no equivocarnos, para no hacernos daño. Nos debemos Nobu y yo un instante de fascinación total, de enamoramiento otra vez súbito, otra vez incendiario, otra vez iniciático de todo lo que vino después y nos hizo tal como somos, con todo nuestro esplendor y todas nuestras resurrecciones.

Abre Nobu en Barcelona. Ayer cuando apuntaba el número de teléfono en mi iPhone sentí el fulgor de tantos años esperando este momento, y temiéndolo. Solos tú y yo, Nobu. Cara a cara. A ver quién gana. Un mi amigo que me conoce bien, me ha dicho al respecto:

–Tú ahora crees que vas a vivir en Nobu una larga temporada, pero cuando en diciembre hagamos balance, habremos ido, como cada año, como siempre y como así tiene que ser, más veces a Via Veneto.

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