El edificio de La Vella Farga, un pequeño hotel de 13 habitaciones en Lladurs (Lleida), data del siglo XI
El edificio de La Vella Farga, un pequeño hotel de 13 habitaciones en Lladurs (Lleida), data del siglo XI - INÉS BAUCELLS

Delicias hoteleras en Cataluña

La comida coge fuerza como protagonista en los viajes por tierras catalanas

BARCELONAActualizado:

Me comparte la gastrónoma y humanista Carmen Alcaraz Blanco un capítulo de una de las joyas literarias de su biblioteca. El libro en cuestión es de Luis Almerich, y se refiere a los primeros establecimientos en España y Barcelona que, además de dar guarida a los forasteros, les daban de comer. «Una copuda rama de pino en la puerta, como muestra, constituía toda la decoración exterior», explica Almerich sobre las primeras tabernas. Existe poca literatura sobre el tema, aunque no historia, se excusa. «Desde el siglo X al XIV, el hostal y la taberna apenas tienen categoría alguna y de ahí que se les cite muy parcamente en las crónicas medievales», explica. Se viajaba poco, profundiza, los nobles que lo hacían iban de palacio en palacio; los peregrinos, se hospedaban en conventos; los pobres, en los portales de las iglesias; y, los mercaderes y arrieros, necesitaban un lugar en dónde dormir y llenarse el estómago. Nada de florituras, con «cama limpia y comida sana» se conformaban. Mucho ha cambiado desde aquellos años. Diez siglos más tarde, los viajes se han democratizado y la comida en los hoteles ha dejado de ser una necesidad. Hoy en día, con la gastronomía como protagonista cultural, el nivel culinario de más de uno amerita el viaje.

El edificio de La Vella Farga, un pequeño hotel de 13 habitaciones en Lladurs (Lleida), data del siglo XI. Aquí, en esas épocas, no dormían los viajeros, sino que se trabajaba el hierro. Se trataba de una forja, una típica masía en el Solsonés catalán, en donde se realizaba de todo tipo de artilugios de metal. Ahora, al hierro, se le han sumado la hospitalidad, el vino, la gastronomía, las flores y la decoración como protagonistas. Aquí hay algo más que una rama de pino de en la puerta, adornos de fierro y detalles de antaño que combinan perfecto con elementos de hoy, dentro y fuera. Tienen una piscina climatizada de bordes infinitos, con vistas a un valle en donde sí que hay ramas de pinos, muchas de ellas. Y sus troncos también. Gemma y Martí, los propietarios y decoradores, se han sacado un 10. El recibimiento con una copa de cava es un buen augurio de lo que vendrá.

A la altura del espacio, está su cocina. Carles Esquerrer está al frente de sus fogones, en los que prepara una cocina de proximidad, temporada y del recetario tradicional catalán. Sus desayunos son extraordinarios, gracias a su excelente producto y variedad, el paisaje de fondo es la cereza del pastel. Esquerrer y su equipo ofrecen, viernes noche y los fines de semana, un menú degustación de 75 euros, un recorrido de sabores que va «in crescendo», así como platos de carta. Entre semana, de martes a viernes, se puede probar un menú reducido de 25 euros, con raciones pequeñas de sus mejores creaciones. Su carta de vinos es tan cuidada como sus flores. Si, por alguna razón, se echaran en falta las ramas de los pinos, desde hace unos días, ofrecen también masajes relajantes, en pareja o individuales, a la mitad del bosque.

Con clases

Mariano Gonzalvo y Silvia Valls llevan la vida que muchos quisieran vivir. Dejaron su trabajo en Barcelona, él, director durante 15 años de la prestigiada escuela Hofmann y una estrella Michelin en el restaurante del mismo nombre; ella, cuidó durante 12 años de personas mayores. En 2004 lo dejaron todo y compraron un antiguo pajar en Surp, en el Pallars Sobirà. Tras reformarlo, abrieron un pequeño hotel, Lo Paller del Coc, de tres habitaciones, más parecido a las tabernas de la edad media que otros nuevos espacios, no por comodidad sino por capacidad. En él, además de dar alojamiento, Gonzalvo ofrece clases particulares de cocina, menús degustación con cocina a la vista, desayunos de la región, todo un verdadero privilegio para los que aman el buen comer. Valls, por su parte, ofrece masajes y terapias manuales, en el que llama su Espacio de Bienestar. Las prisas y el estrés se las dejaron en la ciudad.

En la otra punta de Cataluña, Iolanda Bustos se estableció en el Baix Empordà, también alejándose de la ciudad de Girona y acercándose a su gran pasión, las flores. El Hotel del Teatre, en Regencós, es una antigua masía y un teatro medieval reconvertidos en restaurante, La Caléndula, y hotel, de siete habitaciones. Aquí los forasteros encontrarán algo más elaborado que «cama limpia y comida sana». Bustos es experta en cocinar con flores, tiene varias publicaciones sobre especies comestibles y qué hacer con ellas, cuenta con huerto propio e incorpora a sus platos brotes endémicos que recoge en sus paseos diarios por la zona. La experiencia es innovadora y a la vez una vuelta a esos orígenes de los que pocos registros escritos quedan.