Anna Pirozzi, a la izquierda, se estrenó con solvencia
Anna Pirozzi, a la izquierda, se estrenó con solvencia - A. BOFILL

Lecciones de «La Gioconda» en el Liceu de Barcelona

Anna Pirozzi fue aplaudida y se estrenó con solvencia en un papel protagonista que no pudo interpretar por enfermedad Iréne Theorin

BarcelonaActualizado:

Corre un extraño virus por el Liceu que tiende a anidar en la garganta de sopranos que cantan por primera vez papeles protagonistas en este teatro. Atacó hace unos meses a Arteta cuando iba a estrenarse como Cio-Cio San en «Madama Butterfly», y ha atacado a Iréne Theorin justo cuando iba a mostrar al mundo su Gioconda. Sin atrevernos a cuestionar la profesionalidad y la talla de ambas, sí que empieza a ser preocupante este peculiar fenómeno sanitario. Quizás el virus se erradicaría evitando abrir las puertas del Liceu a divas que no hayan debutado previamente sus roles protagonistas en otros teatros, como sucedía antaño. El caso es que la noche del estreno de «La Gioconda» no fue Theorin quien subió al escenario, sino Anna Pirozzi,quien tenía que debutar al día siguiente en este papel.

La buena noticia es que, gracias al misterioso virus, una cantante de la talla de Saioa Hernández ha cantado, por fin, en el Liceu. Podrá explicar a sus nietos que con pocos meses de diferencia fue la protagonista del estreno de temporada de la Scala de Milán y en cambio fue reclamada por el Liceu, con prisas, para hacer de suplente de la suplente por una sola función, sin apenas poder hacer un solo ensayo de escena. Curiosamente, de las tres, Hernández es la única que había cantado «La Gioconda» antes de llegar al teatro de Las Ramblas. Este debut atropellado en el coliseo barcelonés nos lleva a cuestionarnos una vez más cuál es el trato que nuestros teatros da a nuestros cantantes.

He ahí las lecciones de esta Gioconda: los roles principales deberían venir ya rodados, y deberíamos confiar más en el talento local. Talento como el de María José Montiel, que fue lo más destacado de la producción con una Cieca que no tiene nada que envidiar a la que Ewa Podles cantó hace tres lustros, cuando se estrenó esta misma producción. Fue una lectura íntima, con unos pianissimi conmovedores. Una lección de buen gusto y de dominio técnico y dramático del papel. Anna Pirozzi también fue aplaudida, estrenando así con solvencia el papel protagonista.

Bastante por debajo quedó el resto de protagonistas, donde hubo más griterío que buen gusto. Excelente lectura la del maestro Guillermo García Calvo, que superó con nota la prueba de fuego que es dirigir una ópera de estas proporciones. La orquesta del Liceu demostró una vez más su valía y el coro, ampliamente reforzado mediante la contratación de una empresa externa, sonó lo mejor que puede sonar en estas circunstancias. Conchita García sigue sacando oro de donde no lo hay.