Sergi Doria, durante el día de Sant Jordi
Sergi Doria, durante el día de Sant Jordi - INÉS BAUCELLS
Sant Jordi 2019

Acotaciones del abajo firmante

«Atreverse a firmar un libro sobre periodismo es tentar a la suerte, pero allá que fuimos. Melodramático reto, en un día de lluvia fina y pertinaz»

BarcelonaActualizado:

Firmar en Sant Jordi es una cura de humildad. La penitencia de este autor de la novela La verdad no termina nunca (Destino) y Un país en crisis (Edhasa), selección de crónicas españolas de los años 30. Atreverse a firmar un libro sobre periodismo es tentar a la suerte, pero allá que fuimos. Melodramático reto, en un día de lluvia fina y pertinaz.

En la Virreina, tras soportar la enésima homilía progre de la todavía alcaldesa, me uno a la tropa: todo quisque cabeza hacia arriba, donde se han apostado los fotógrafos. La mirada seguirá alzada en las calles buscando un retazo de luz. En Rambla Cataluña me siento junto a Montse Polidura que presenta La velocidad de la oscuridad. Un poco más allá, Carlos Zanón y Toni Hill, conocidos autores de serie negra. Se incorpora al grupo el poeta Àlex Susanna. La gente discurre ante nos a la velocidad de la oscuridad: paso rápido y mirada entre el cielo y los libros. Zanón y Hill tienen más suerte, aunque firman más que venden. Algunas personas portan títulos anteriores o ni siquiera eso: una hoja en blanco para que el autor estampe su autógrafo. Otros siguen su camino con aire de extrañeza. Tienes la sensación de ser una especie exótica que el público contempla en el zoo. Con aquel cartelito: no den de comer a las fieras.

Acude a la mente el librero Charlot en el Argel de 1939, rescatado por Kaouther Adimi en Nuestras riquezas (Asteroide): «Todavía hoy la mayoría de clientes están interesados únicamente en los últimos premios literarios. He tratado de descubrirles nuevos autores, animarlos a comprar El revés y el derecho de Camus, pero en vano. ¡Yo les hablo de literatura, ellos me hablan de autores de éxito!». Sant Jordi es un poco eso. Es más fácil vender instant books televisivos que libros «literarios».

El fatalismo se desvanece al mediodía. Paseo de Gracia, frente a Galería Condal, entre Gran Vía y plaza Cataluña. ¡Por fin asoma el sol! Los amigos y amigas vienen para atenuar la soledad del autor no premiado ni mediático. Ahí están Kymm, Ana, Alicia, José Miguel, José María, Jorge, Esteban, Francesc, Marta, Quim, Montse… La ministra Meritxell Batet pasa por la caseta y se anima a adquirir un ejemplar.

Tras la comida con el editor Daniel Fernández, el equipo de Edhasa y Emilio Lara, autor de Tiempos de esperanza y compañero de firma, afronto la tercera etapa en mi jornada de Sant Jordi. En la librería francesa Jaimes, el cantautor Miquel Pujadó, biografiado por Miquel-Lluís Montané en el El bard incombustible, cuenta peripecias de Moustaki cuando todavía no había triunfado con Le métèque.

En plena campaña, una parada de Sant Jordi es una isla de libros rodeada de propaganda política por todos lados. Hacía mucho que no pasaba horas sin tocar el monotema. Abro al azar Un país en crisis. Leo: «Sería grotesco, pues, que, a fuer de explotar el desconocimiento absoluto de la historia de este país, los espíritus primarios que nos han desgobernado y cubierto de vergüenza durante tres años y medio pudieran decir: ‘Hemos sido desbordados, ¿entiende?’ Y se fueran a casa a descansar un poco, tranquilamente». Josep Pla, octubre del 34. ¿En quién estaré pensando?

Levanto la mirada y vuelvo a mirar a la gente. Entre nosotros: ¿mi libro de Sant Jordi? Miau de Galdós, en la edición crítica de Castalia. Cesantía y enchufismo de los partidos turnantes de la Restauración. Actual, muy actual.