Sergi Doria - SPECTATOR IN BARCINO

Sherlock Pujol en San Gervasio

El tono paródico que Carlos Pujol aplica sobre la novelística detectivesca nos recuerda en cada pasaje a las historias decimonónicas de Juan Perucho

Sergi Doria
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Si el verano es leer o, todavía mejor, releer, he trufado mis asuetos agosteños con «Los secretos de San Gervasio», novela barcelonesa del añorado Carlos Pujol (1936-2012) que reedita Menoscuarto en el 25 aniversario de su publicación.

Ambientada en el verano de 1884, que por lo visto fue muy tórrido, la novela plantea la hipotética estancia de Sherlock Holmes en nuestra ciudad a raíz del encargo de dos hijas de un rico fabricante textil para que investigue la presunta desaparición del potentado.

En realidad, la petición no es más que un pretexto para que el célebre detective visite Barcelona y don Alejo, autor de novelitas baratas, tenga la oportunidad de valorar de cerca al genio de la investigación deductiva y aprovechar sus pesquisas para una novela que escribe sobre la marcha y que lleva por título «Los secretos de San Gervasio».

El folletón de don Alejo, que antes había publicado seis novelas, una de ellas ambientada en las guerras carlistas, tiene como protagonista a un tal Alexis l’Espagnol que había formado parte de la banda de Rocambole, el popular bestseller de Ponson du Terrail: «Todo se mezclaba con el robo de las joyas de la Emperatriz y tenía que haber varios crímenes horrendos, aunque reconoció que aún no sabía a quién asesinaban ni por qué. Lo único seguro es que al final Sherlock Holmes iba a resolver el caso». Para don Alejo, lo mejor de una novela policiaca es que todos sus personajes han de parecer culpables.

El tono paródico que Carlos Pujol aplica sobre la novelística detectivesca nos recuerda en cada pasaje a las historias decimonónicas de Juan Perucho y a otros detectives, como el de la pepsicolas que Eduardo Mendoza puso a trabajar en «El misterio de la cripta embrujada» partiendo del Frenopático de Les Corts.

Con ironía anglosajona el autor aporta una visión crítica de una ciudad menestral en vísperas de la Exposición de 1888 y revienta las costuras del historicismo romántico catalanista.

Holmes & Watson pasean por una ciudad con carretas de mulas, como la que les transporta «renqueante» desde la plaza de Santa Ana: «En cuanto a la ciudad que atravesábamos, grande y destartalada, parecíamos haberla sorprendido en una mudanza a medio hacer, y tampoco me gustó».

El itinerario del protagonista tiene uno de sus puntos clave en la zona comprendida entre el paseo de San Gervasio, donde se encuentra el Torrente del Infierno, y la avenida del Tibidabo; concretamente, en el manicomio de Nueva Belén que regenta el doctor Giné y Partagàs, pionero de la psiquiatría catalana y creador de la Revista Frenopática Barcelonesa.

Nueva Belén desapareció cuando se edificó CosmoCaixa. La literatura y algunos grabados que se conservan en internet permiten su reconstrucción para la memoria. Este cronista situó en aquel manicomio y en el de San Baudilio las andanzas y escapadas de Antonio Llucià en «No digas que me conoces». Pujol se adentra allí de la mano de Holmes y Watson: «Cruzamos un parque con arboledas y vegetales de adorno dispuestos simétricamente en mesetas y avenidas, y después de ascender por una escalinata, llegamos al establecimiento propiamente dicho, que constaba de tres cuerpos adosados. En el salón vestíbulo nos recibió una monja que llevaba unas tocas inconmensurables…»

Guiados por Giné y Partagàs recorrerán el patio porticado, la cocina, el locutorio, los baños de inmersión y las duchas, los aparatos hidroterápicos, la huerta, los viñedos, la fuente… «Más de uno en San Gervasio, tendría que pasar una temporada en este lugar», coligen los visitantes. Cuando preguntan por el «loco» que están buscando, el doctor les corrige: «Para nosotros todos son pensionistas».

El Putxet es otro de los lugares que visita Holmes: «Era una pequeña colina (según parece eso era lo que significaba su nombre) que se interponía entre aquella parte de San Gervasio y la ciudad, adivinada a lo lejos entre la bruma azul; salvando las distancias, me recordaba a Hampstead, o, mejor dicho, tal como debió de haber sido Hampstead, medio siglo atrás: un lugar tranquilo y agreste, residencial, con alborozados mirlos cantores».

También contempla Bellesguard, unos «lastimosos restos» que recuperaría Gaudí en 1900. Holmes solo ve «murallones en ruinas y una destrozada torre, lo que quedaba del palacio de un antiguo rey achacoso y moribundo cuyo nombre no consigo recordar…»

Tampoco le gusta mucho la iglesia de la Bonanova, que Holmes traduce Good News: «Carecía por completo de esbeltez y majestuosidad, y los dos campanarios eran de pésimo gusto; el interior, muy tenebroso, constaba de una sola nave con aberturas en arcos de medio punto que daban acceso a las capillas laterales, artísticamente todo más bien ruin y sobrecargado, sin nada que fuera digno de admiración».

Además de homenaje al humor detectivesco, «Los secretos de San Gervasio» permite reconocer nuestra ciudad y la lujosa erudición que nos regaló Carlos Pujol.

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