Graupera, durante la conferencia en la que presentó su proyecto para Barcelona
Graupera, durante la conferencia en la que presentó su proyecto para Barcelona - INÉS BAUCELLS

Graupera y Valls, en la Barcelona empequeñecida

Graupera representa la última generación que querrá liberar a Cataluña de la podredumbre de las élites catalanistas y, a la vez, mantener y modernizar su mito nacional

BarcelonaActualizado:

En el corazón del barrio gótico, hace más de cien años que el palacio Savassona acoge el Ateneu Barcelonès, una institución fundada en 1860. Su jardín romántico complementa una extraordinaria biblioteca, la que Martín de Riquer consideraba la mejor del mundo porque, en sus años de plenitud, era la única en la que se podía repasar un manuscrito medieval mientras tomabas un café, fumabas un habano y te lustraban las botas. Esta institución era entonces un hilo conductor del desarrollo de la vida política y cultural barcelonesa. Regentada históricamente por prohombres de la burguesía, todavía hoy desempeña cierta influencia en la vida pública catalana.

Tras décadas de poca o ninguna incidencia política, el Ateneu volvió a ser la metáfora de la tensión catalanista durante la campaña para renovar su junta directiva el mes de marzo del año pasado. La candidatura “Ordre i Aventura”, encabezada por el filósofo Bernat Dedéu y con un equipo de una media de edad no superior a los cuarenta años, irrumpía en una institución que poco a poco se había ido convirtiendo en un geriátrico asentado en un edificio de lujo. La candidatura prometía la renovación de una Casa cada vez más decrépita y nostálgica. Con su ajado prestigio, el Ateneu había sido noticia por la pésima gestión del “Premi Crexells” o por convertirse en altavoz de líderes independentistas, como cuando cedió su auditorio para una aparente presentación de la candidatura de Ferran Mascarell para las elecciones municipales del año que viene.

Bernat Dedéu, disidente del denominado procesismo por entender que de ninguna manera conduce a la independencia, no ganó las elecciones ya que la mediatización de la campaña movilizó a todo cuanto “ateneísta”, incluso al más renqueante, y benefició finalmente al candidato del establishment Jordi Casassas. Sin embargo, “Ordre i Aventura” supuso un primer intento, a modo de aviso, de que la primera generación plenamente educada en democracia estaba dispuesta a asaltar unas instituciones catalanas controladas hasta entonces–y en gran medida hasta ahora–por los mismos de siempre.

La idea que empezó a cocinarse en el Ateneu tendrá su continuidad en las municipales de Barcelona con el propósito de Jordi Graupera de convertirse en el próximo alcalde. Graupera procede de los mismos círculos del Ateneo y amista con Dedéu desde hace tiempo. Las trabas que le opondrán los principales partidos independentistas serán las mismas, o muy parecidas, de las que su amigo tuvo que desafiar: del “de dónde ha salido este chico que viene a darnos lecciones” hasta el “tú no eres de los nuestros, has venido a romper el independentismo”.

Son los procesistas, ese tipo de gente que, cuando vieron peligrar el control de una de sus instituciones inexpugnables, activaron enseguida toda la maquinaria. Son los mismos que proclamaron una República que ni tan solo ellos reconocieron y los que nunca asumen las culpas de sus miedos y sus fracasos. Lo importante para ellos es que la catalanidad se identifique con sus caras y apellidos, aunque eso conduzca al provincianismo. Saben que Valls y Graupera son los únicos candidatos que aspiran realmente a hacer de Barcelona alguna cosa más grande que una ciudad que, a causa de la ineptitud de Ada Colau y los años de “procés”, se halla empequeñecida. Y, egoistamente, preferirán una victoria de Valls antes que sumarse a las primarias abiertas que propone Graupera, asegurándose así una silla.

Las posibilidades que tiene Graupera para convertirse el próximo alcalde son remotas, pero si consigue crear un espacio en el ayuntamiento, una generación bastamente capacitada tendrá la oportunidad de penetrar en unas instituciones ocupadas por el folklore, las élites catalanistas y la superioridad moral del lazo amarillo.

El mar de fondo que comparten el asalto de Dedéu en el Ateneu y Graupera en la alcaldía es, en definitiva, la muerte del padre. Ambos casos representan la seguramente última generación que querrá intentar liberar a Cataluña de la podredumbre de las élites catalanistas y, a la vez, mantener y modernizar su mito nacional sin liquidarlo. Para lograrlo, deberán desmantelar el sistema político-cultural que los ha amamantado. Y los muros de contención son tan colosales como urgente es su tarea.