Sergi Doria - SPECTATOR IN BARCINO

El cosmopolitismo no tiene calles

Si la literatura no parece motivar al sectarismo gobernante en Barcelona, tampoco la ópera o la rumba se han ganado el aprecio del canon nacionalista

Sergi Doria
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Cuando estudiaba Historia en Bachillerato siempre me atrajo el capítulo del Sexenio Liberal. Sexenio los seis años que van de la Gloriosa de Prim a la desastrosa I República- me sonaba a sexo y Liberal a libertad.

El «boom» hispanoamericano en Barcelona –más o menos entre 1969 y 1975– podría calificarse de Sexenio Cosmopolita; no en vano, mi colega y sin embargo amigo Xavi Ayén títuló su crónica «Aquellos años del Boom»: ahora reaparece en Debate con suculentas ampliaciones sobre lo que se contó en la primera edición de RBA. Si la leen o releen se les va a caer el alma al suelo. Un día en aquella Barcelona gris del tardofranquismo superaba en octanaje cultural a un año de esta Barcelona provinciana del separatismo con lazo y el populismo de Colau.

Ayén metaforiza la cuadrícula barcelonesa como un «animado Monopoly del canon latinoamericano». A los residentes Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, José Donoso, Jorge Edwards, Alfredo Bryce Echenique, R. H. Moreno-Durán, Nélida Piñón, Óscar Collazos, Mauricio Wácquez, Cristina Peri Rossi y Ricardo Cano Gaviría se unían visitantes periódicos como Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Octavio Paz, Plinio Apuleyo Mendoza, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, o Álvaro Mutis. Hoy todo se ha diluido, apunta Ayén: «Aquel esplendor fue tan natural que nadie pareció darse cuenta de que su vida cotidiana formaba parte de un fenómeno extraordinario».

Escritores. Y editores. Y la madre de todas las agentes, Carmen Balcells. Entre sus proyectos nonatos, Barcelona Latinatis Patria S.A., alusión a la capitalidad latina del «boom»: un edificio de carisma arquitectónico al estilo del Guggenheim neoyorquino para albergar las bibliotecas y archivos personales de los mejores escritores en lengua castellana y portuguesa. En los bajos, tres espaciosas librerías -infantil, general y anticuaria- con horario amplio. Aquella iniciativa, añade Ayén, «se abandonó por la abulia de los políticos y la crisis económica». Hoy, los fondos de editoriales barcelonesas van emigrando a Madrid.

De todo eso hace cincuenta años que celebran la Tusquets que fundaron Òscar Tusquets y Beatriz de Moura y la Anagrama que conmemora Jorge Herralde. Y, claro está, Carlos Barral. Otro admirado colega, Joaquín Luna, denunciaba el 26 de septiembre de 2012 el «clamoroso olvido» de Calafell al más cosmopolita de sus vecinos. La Casa-Museo Barral, por la que pasaron, como por el bar L’Espineta, Vargas Llosa, García Márquez, Jorge Edwards, Gil de Biedma o Marsé –con casa en la localidad– fue condenada a una existencia mortecina. El Calafell que inspiró los veranos de dos nobeles desprecia toda esa memoria «en castellano» y prefiere cultivar la mediocridad de la «cultureta» subvencionada.

En Barcelona, como Calafell, no encontraremos calles ni placas que rindan tributo al movimiento más decisivo de la literatura en español.

Vargas Llosa ganó su primer premio literario barcelonés con «Los jefes»; obtuvo el Biblioteca Breve con «La ciudad y los perros» y culminó en Barcelona «Conversación en la Catedral» y parte de «La casa verde», «La orgía perpetua», «La tía Julia y el escribidor» y «Pantaleón y las visitadoras»; García Márquez escribió «El otoño del patriarca» y los cuentos de «La increíble historia de la Cándida Edelmira y su abuela desalmada». Seguiríamos con Donoso, Pitol, Bryce Echenique…

Si la literatura no parece motivar al sectarismo gobernante, tampoco la ópera o la rumba se han ganado el aprecio del canon nacionalista. Por ejemplo, Pere Pubill Calaf; Paloma Zapata estrena el documental definitivo: «Peret, yo soy la rumba». Rumores del cosmopolita Raval, el cine Padró y el comedor de Can Lluís. Chacho, el Petitet y el palmero Toni… Peret con Tom Jones. «Yo soy un gitano fino, fino, fino, filipino…

Su familia está decepcionada por el absentismo del ayuntamiento de Colau: «Como creador de un género, la rumba catalana, se merece una calle, y lo pediremos», declaraba su nieta, Santa Pubill, al Quadern de El País. Ni calle ni escuela de rumba, otro proyecto sumido en la oscuridad de un cajón. Quienes presumen de memoria histórica ignoran el bar El Salchichón de La Cera donde Peret ensayó en 1974, –calendas del «boom»–, su eurovisiva «Canta y sé feliz». Este cronista tenía 14 años y alguna tarde pasó por ahí al salir de los Escolapios de San Antón.

Y si la rumba catalana no motiva, a los seis meses de la muerte de Montserrat Caballé tampoco se sabe mucho de esa calle, plaza o avenida con su nombre. La obsesión por ignorar lo que no cuadra con el buen catalán que esculpe el nacionalismo explica que Dalí no tenga el lugar que merece en el nomenclátor. Con Pepe Rubianes –nacido en la Barceloneta a la que nunca volvió– se dieron mucha prisa; es la ventaja de salir en TV3 para denostar a España.

En la URSS de Stalin el cosmopolitismo tipificaba un delito. En la Cataluña de Torra y compañía parece que también.

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