¿DÓNDE ESTÁN LOS HÉROES?

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DANIEL Hernández, estadounidense de origen hispano, ha sido conocido en la prensa mundial gracias a la intervención que permitió salvar la vida de la congresista americana Gabrielle Giffords, en el atentado sufrido junto a otras personas en Tucson, Arizona, el 8 de enero. Ha sido tratado como un «héroe», sobre todo por su origen latino, ante el estado de crispación que hay en Arizona hacia los hispanos. Él rechaza tal consideración y califica de verdaderos héroes a aquellas personas que «han dedicado sus vidas a ayudar a los otros, a servir a los demás».

Carlos Trujillo, sargento 1º de la Armada española, apenas ha sido conocido en los medios de comunicación teniendo en cuenta que ha arriesgado su vida y la de sus diez compañeros del destacamento de la isla de Alborán, por rescatar a 33 personas de una patera que naufragaba en la costa de la isla —entre ellos una madre con su hija recién nacida, que fue llamada Felicidad— con los medios rudimentarios con los que contaban. La diferente repercusión mediática es comprensible si nos atenemos a la famosa frase que viene a decir: «cuando EE.UU. estornuda, el resto del mundo se resfría»; pero es de difícil justificación humana discriminar lo que es noticia en función de la notoriedad de la persona, sabiendo que el valor de la misma es independiente de su origen o condición.

Se cumple un año del terremoto que asoló Haití y en especial su capital Puerto Príncipe. Hace un año era portada en la prensa y cabecera de los informativos lo que allí ocurría y lo que su población padecía. La comunidad internacional se volcó y nos enteramos de esfuerzos solidarios y de generosidad universal para apaciguar la catástrofe que se produjo. Allí dejaron su vida cuatro militares españoles en accidente de helicóptero. Hoy sabemos que poco se ha avanzado, pues el desastre natural lo que ha dejado en evidencia es el estado calamitoso socioeconómico y político que subyace en la población haitiana. Para que los haitianos puedan renacer de sus cenizas hay muchas gentes anónimas que dedican sus vidas y sus energías a devolverles la dignidad y la esperanza. Estas personas son verdaderos héroes.

Ellos y muchos otros repartidos por el mundo desafían la lógica de la propia supervivencia y del propio bienestar para poner su tiempo y sus conocimientos a disposición de los más necesitados. Ellos son los llamados «imprescindibles» por Bertolt Brecht. Gracias a su trabajo salvan vidas donde hay pandemias, llevan la educación donde hay brutalidad, aportan seguridad donde hay inestabilidad. Para nosotros su trabajo son gestas, son héroes pues retan el raciocinio de los que no arriesgan, de los que se acomodan; pero ellos se conforman con señalar que es su deber y que no hay mayor satisfacción que cumplir con ese compromiso interior de contribuir a humanizar el mundo. Esa es su recompensa y también la nuestra.

No abundan las noticias de sus hechos, pero eso no significa que no existan. Están lejos de los focos mediáticos, pues están lejos de nuestra sociedad de la información, pero de vez en cuando nos recuerdan con su trabajo que también nosotros podemos hacer de los desafíos de cada día una heroicidad.