Barcelona intenta apagar la llama del conflicto racial en sus calles

El asesinato de un senegalés a manosde una familia gitana dispara la tensión

ÀLEX GUBERN
BARCELONA Actualizado:

En zonas como el Besós, en el límite entre Barcelona y el barrio de la Mina de Sant Adrià, un partidillo de fútbol y una discusión a gritos pueden acabar degenerando en un conflicto racial en potencia. Las decenas de senegaleses que ayer por la tarde desfilaron por el barrio al grito de «¡español racista, español racista!» lo tenían claro.

Mostraban su dolor por la muerte de un «hermano», Ibrahima Dyei, de 32 años, fallecido la noche del martes tras recibir un disparo en el pecho en el transcurso de una pelea. Recurriendo al tópico, el barrio era ayer un polvorín: una comunidad senegalesa que no escondía su rabia, una familia gitana señalada por todos, y una deprimida situación económica que en estos casos siempre alimenta el fuego. En medio de ellos, tratando de frenar a los más exaltados, las asociaciones de vecinos, los colectivos organizados de senegaleses y gitanos y buen número de vecinos y mediadores sociales, que ayer por momentos veían como se arruinaba la labor de los últimos años.

La tensión se concentró durante todo el día frente al número de la calle Palermo, fuertemente custodiado por los Mossos, el bloque en el que vivían los presuntos autores del asesinato y delante del cual, la noche anterior, un grupo de africanos jugaba un partidillo de fútbol.

Más de 60 antecedentes Aunque la investigación todavía está en curso, la secuencia de los hechos explica un episodio de violencia irracional. Los presuntos autores ya están detenidos: un padre y tres de sus hijos, viejos conocidos de la Policía, más de sesenta antecedentes por tráfico de drogas y robo con violencia entre los cuatro. Tras discutir el padre con los senegaleses e increparles con algún insulto racista, llamó a sus hijos. Juntos bajaron a la calle, con pistolas y un palo. Hubo varios disparos, y uno de ellos, efectuado por uno de los jóvenes gitanos y sin que se sepa que fuese intencionadamente a dar, alcanzó en el pecho al malogrado senegalés. Murió a las pocas horas.

Marcelino y Vanessa son un joven matrimonio que ayer acudió a la concentración a dar su apoyo a los africanos. Son españoles, payos, un grupo en retroceso en un barrio de 25.000 habitantes en el que predominan senegaleses, paquistaníes y gitanos. Aunque ayer, en la manifestación, reconocen que no se mezclan con ninguna de estas comunidades, que cada grupo va a lo suyo, y que «el barrio en los últimos años se ha degradado mucho». «Algo así tenía que pasar», dice Marcelino. «Casi está mejor ahora la Mina, que siempre se ha llevado la fama», añade Vanessa, que se crió en este barrio vecino.

Unos metros más allá, participando en la protesta pero sin mezclarse demasiado, Fakhar, de la comunidad paquistaní, que junto a otros cuatro compatriotas, pedía «más presencia policial». Sumándose a la opinión de los senegaleses más espontáneos, señalaba sin dudar a los gitanos: «Siempre dan problemas».

Incendio Durante el día la situación se complicó por momentos. Si la noche anterior los Mossos tuvieron que cargar un par de veces para sofocar a unos cuantos exaltados que volcaron contenedores, al mediodía se declaró un incendio en una de las habitaciones del piso en el que vivían los detenidos. Se desconoce la causa, aunque todo indica que fue intencionado. Los Bomberos actuaron antes de que el fuego fuera a más.

Los Mossos desplegaron durante todo el día, y estaba previsto que mantuvieran durante la noche, un amplio dispositivo de seguridad para prevenir incidentes. «Todos somos vecinos. No a la violencia», «Contra la intolerancia», «Justicia», eran algunas de las pancartas que portaban ayer los compañeros del senegalés fallecido y varios vecinos de la zona. La indignación, también el miedo, tomaron el barrio.