Xavier Marín - Tribuna Abierta

¿Y ahora qué?

Lejos de la chulesca y amenazante frase de Cuixart: «Lo volveremos a hacer», todo apunta a lo contrario. ERC se ha tirado de la moto en marcha

Xavier Marín
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«Con nocturnidad y agostismo» era una característica de las tomas de decisiones que se presumían difíciles en tiempos de Franco. Se hizo célebre la frase. Zapatero y Rajoy reeditaron esa práctica con la modificación del artículo 135 de la Constitución sobre el déficit público.

Entra en lo previsible que a la vuelta de las vacaciones nos encontremos encima de la mesa la esperada sentencia sobre los hechos de la abortada secesión de Cataluña. Lejos de la chulesca y amenazante frase de Cuixart: «Lo volveremos a hacer», todo apunta a lo contrario. ERC se ha tirado de la moto en marcha.

Artur Mas está descontando los días que le quedan hasta el mes de febrero en el que se le acaba la condena de inhabilitación. Ya cuenta con que, si no se da prisa, el movimiento impulsado por Fisas, Bosch, Valls, Espadaler, Costa y Parera, entre otros, le pueden comer la tostá presentándose a las elecciones con un nuevo partido, que opta a un caladero de votos de catalanets de dretes de tota la vida que se han caído del guindo del procés y, cual Pablo de Tarso, quieren volver a montarse en el caballo y conseguir la santidad (escaño).

Los que como yo estamos en otra onda ideológica, aplaudimos y apoyamos la idea. Dividir al adversario secesionista siempre nos pareció inteligente. De hecho, esa división cantada, está ya a punto de provocar una ruptura en el Govern. La cuestión para Puigdemont y Torra es si convocan antes o después de febrero. Si dejan participar a Mas, o lo excluyen. En cualquier caso, la decisión es dramática para ellos: pierden las elecciones en beneficio de mosén Junqueras, que ya ha dicho que no quiere más aventuras y está haciendo firme propósito de enmienda.

Estos días corre por las redes la propuesta de algún colega mío del frente ámplio anticesesionista (SCC) respecto a que a estos aficionados a los golpes de Estado incruentos habría que darles alguna salida, más allá del «no es no». Disiento. Con los hijos malcriados que se vuelven maltratadores de sus padres y quieren echarles para quedarse con la casa, no caben políticas de paños calientes. Suele ser un error de los propios padres por exceso de consentimiento y no corrección cuando aún era posible. Una vez declaradas las hostilidades, no hay más camino que la derrota, pura y dura. Por doloroso que pueda parecer, es la única pedagogía que entienden, y yo como profesor de comunicación sé que «hay que adecuar siempre el mensaje al auditorio». La aplicamos con ETA y nos costó 60 años y muchos muertos. A estos hay que pararlos ya, sin concesiones, antes de que la cosa vaya a mayores.

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