De izquierda a derecha, Rafel Ortega Galllito, Mario Cabré y Silverio Pérez

Tres personalidades distintas

Aquí están al frente de las cuadrillas, Silverio Pérez, Rafael Ortega Gallito y Mario Cabré, la tarde del 23 de septiembre del año 1935 dispuestos a lidiar reses de Argimiro Pérez

Actualizado:

TEXTO: ANTONIO SANTAINÉS CIRÉS FOTO: ARCHIVO SANTAINÉS

BARCELONA. Aquí tienen ustedes una fotografía añeja con tres noveles hace 71 años, es decir casi en los días otoñales de 1935. Los tres novilleros esperan en la puerta de cuadrillas la llegada de los emplumerados alguacilillos para hacerse a la mar con el rezo y la señal de la cruz por delante. Se advierte sed de gloria en esos muchachos, desconocidos entonces y, tal vez, a excepción de unos pocos, estudiosos y consecuentes en el tema, desconocidos hoy por la mayoría. Aquí están al frente de las cuadrillas, Silverio Pérez, Rafael Ortega Gallito y Mario Cabré, la tarde del 23 de septiembre del mencionado año 1935 dispuestos a lidiar reses de Argimiro Pérez. Nuevos en esta plaza Gallito y Mario Cabré. Unos días antes, el día 8, ya se había estrenado el mejicano Silverio Pérez alternando con Miguel Palomino y Rafaelillo, estoqueando cinco novillos de Argimiro Pérez y uno de Juan Cobaleda.

A Silverio Pérez ya le vi de matador de toros en 1945. Se presentó en Barcelona el 26 de abril con Morenito de Valencia y Manolo Escudero lidiando cinco toros de Benito Martín y uno -que fue el sexto- de Ramón Gallardo. Toreó, además los días 3 y 6 de mayo.

Les cuento. En De la Ceca a la Meca, K-Hito da su impresión sobre Silverio Pérez. Le ha visto torear el 29 de junio en Burgos, con Ortega, Fermín Rivera y Pepín Martín Vázquez. Y dice:

«En este mismo solar de Castilla, donde duermen su sueño eterno el Cid y doña Jimena, hemos visto a Silverio. Lo hemos visto junto a un castellano triunfante siempre: Domingo Ortega y Díaz de Vivar. Junto al cactus, flor exótica en el trigal (hace así referencia a Silverio), Ortega, la mies dorada de Castilla. El grano maduro, el maestro en sazón, con tres dimensiones y la cuarta dimensión.»

Nueva tarde gloriosa la de Ortega, que vio arrastrar a uno de sus toros con una oreja menos. Y a Silverio Pérez, «Faraón de Texcoco» en su tierra, que ha visto triunfantes en la feria de Sevilla a Manolete y Arruza, en Barcelona este 26 de abril al que hago referencia quedó aturdido ante un faenón de Manolo Escudero al toro Tentador de Ramón Gallardo. La oreja y el delirio.

En las últimas corridas que ha toreado Silverio en España se dice que ha notado cierta dificultad de visión. El mismo torero ha dicho: «Creía volverme loco, porque la ceguera aumentaba con intervalos más cortos...» Algunos aficionados pensaron -o malpensaron- que el mejicano tiraba la toalla... En Méjico, como dicen que Silverio ve doble, Cantinflas, siempre agudo, le dirá en una fiesta campera, ante una sola empanadilla: «Tu coge la otra, que yo me comeré esta...»

El primero de los noveles, el de la izquierda de la foto, es Rafael Ortega Gómez Gallito. Los padres de este VI Gallito de la familia fueron Enrique Ortega (el Cuco) y doña Gabriela Gómez, hermana de los Gallos. Con otras palabras, que este Gallito VI era nieto del señor Fernando el Gallo y sobrino carnal de Rafael el Gallo y Joselito.

Gallito fue un torero genial, ocurrente. Aquejado de molestias en el hígado fue a visitar al doctor Olivé Gumá. Al fin, le preguntó don César: «Pero bueno, ¿qué es lo que te sienta mal a ti?». Y Rafael le contestó: «A mí el toro, doctor».

En Barcelona le vi torear el 3 y 31 de marzo de 1940 en Las Arenas y en la Monumental respectivamente, alternando con Manolo Martín Vázquez y Yoni, cartel de las máximas figuras novilleriles de la época. La primera tarde vio salir los bueyes en su primero y de la segunda recuerdo un magnífico par de banderillas al quiebro de Manolo Martín Vázquez. Así con las espinas del fracaso y las jugosas mieles de algún que otro éxito fue abriéndose camino.

El 22 de septiembre de aquel 1940, Gallito tomó la alternativa en Barcelona siendo el padrino Marcial Lalanda que le cedió el toro Pegajoso, de Sánchez Fabrés. Además en esta corrida actuaron Domingo Ortega y Pepe Bienvenida, ambos en una tarde gloriosa de aciertos. Este doctorado se lo confirmó el propio Marcial Lalanda en Madrid el 6 de octubre completando el cartel Curro Caro y Juanito Belmonte. El toro de la cesión era de Antonio Pérez y se llamaba Pavito.

Con signos evidentes de personalidad pasó a 1941 en el que sumó 43 corridas, detectando de nuevo sus irregularidades.

Testigo presencial

El 14 de abril, Lunes de Pascua de Resurrección, toreando en Barcelona con Marcial Lalanda y Vicente Barrera tuvo una tarde memorable con toros del Duque de Pinohermoso. Cortó orejas y se entusiasmó el público con el arabesco de sus filigranas y el bordado de su pinturería gitana. Doy fe de ello. Que yo lo vi.

Pero hay contrapartida. Aquel mismo año, el 4 de septiembre salió a torear en Las Arenas, mano a mano con Juanito Belmonte. Las empresas pensaron que si el primero era hijo del trianero y el segundo sobrino de los Gallos, ¡Eureka!, pues el orden de los sumandos en nada alteraba el resultado. Pero como en el monte no todo es orégano, fueron pábulo de grandes broncas y por poco, necesitan la protección de la fuerza pública.

En la plaza de El Toreo de México, se presentó el 10 de noviembre de 1944 con toros de Pastajé. Alternó con David Liceaga y Silverio Pérez saliendo los tres de la plaza custodiados por la policía. Este fue Gallito con sus defectos y sus cualidades. Nació en Sevilla el 22 de enero de 1917 y enfermo y abatido no pudo remontar el vuelo y falleció en Madrid el 25 de junio de 1989. Tenía 72 años. En el resumen de 1945 K-Hito decía de él: «Cuando quiere, canta, cuando no, enmudece. Su garganta es privilegiada...» Me dio mucha pena cuando enmudeció para siempre.

De Mario Cabré les he contado muchas cosas. Fue un romántico y un perfeccionista del toreo. Me dijo más de una vez que la sublimación de su lance con las manos bajas sería darlo con el capote de paseo. En un mundo de imperfecciones buscaba lo bello y armónico. Muchas tardes consiguió rimas poéticas con el capote.

Sus éxitos en Sevilla permitieron que un revistero menudo pero ocurrente le llamara «El torero de las supremas elegancias», El señor Encina, un sastre de la calle de Sierpes después del debut de Mario en Sevilla le dijo: «¿Usted, cómo siendo andaluz, dice en el cartel que es de Barcelona?». «Y yo le contesté -me dijo- porque soy catalán».

No le gustaba que le definieran como artista polifacético. Un día en su amado Benicasim, señalando un árbol me decía: «Ves, distintas ramas de un mismo tronco». Como actor le vi representar el Mistic, de Santiago Rusiñol en el Romea y don Juan Tenorio de Zorrilla en varios teatros barceloneses. ¡Qué pena, le dije, que no se interprete el Don Juan...! «Posiblemente, me contestó socarrón, porque ahora, más que don Juanes, hay doñas Juanas y doñas Juanitas». Tenía chispa.

Una foto curiosa. Tres personalidades distintas. Lo barroco, la gitanería andante y la poesía en el toreo, 71 años después, que pesan. Y, en el balance final, todo cuenta.