Todó gana el Pla de novela con un ejercicio de reflexión sobre la identidad y el nacionalismo

El ganador del Josep Pla mira con nostalgia los últimos 60 con su deseo de cambio, la convivencia de lenguas y una explosión de talento, todo lo acabó el pujolismo

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JUAN PEDRO YÁNIZ

BARCELONA. «En la literatura catalana hay pocos testimonios que reflejen el problema gay, tras la muerte de Terenci sólo quedamos Biel Mezquida y yo», afirma rotundo el ganador del Josep Pla 2006, de narrativa catalana. «Según diversos estudios el sentimiento gay afecta a un 10% de la población y teniendo en cuenta lo reducido del ámbito cultural catalán viene a ser lo que toca», añade. Este profesor de traducción en la UPB y director de una colección de clásicos de editorial Destino, tiene un hijo y una hija, ésta ha tenido dos niños y el hijo dos niñas.

Para la fuerte crítica que hace, en la obra ganadora, del estado de las autonomías y de la Generalitat de CiU se sitúa en 2004, finge un bloqueo mental y echa mano de un proyecto de novela de un viejo poeta catalán, críticamente ácido con el nacionalismo, que viene a ser un trasunto literario del poeta Joan Ferraté, al que bautiza «como viejo poeta catalán». «De los tres planos es autobiográfico el relato del estudiante que en 1969 se va a Pau y las notas del dietario, es decir los 2/3 de la obra.

Los treinta años negros

Para Todó la larga veintena de años de dominio del nacionalismo pujolista ha sido nefasta para el país. No está de acuerdo que por el hecho de nacer en un territorio se tenga que ser obligatoriamente nacionalista, «pasé dos meses encerrado escribiendo, fue muy gratificante, me levantaba, tomaba un café y me ponía a escribir. A los 55 años y con mi formación te concedes el permiso de hablar y escribir de todo.

Su estancia francesa, en Pau y París, duró de 1968 a 1970, lo que le libró de caer en las redadas del Estado de Excepción de enero de 1969. «Militábamos en el PCE(i) y éramos tan mesiánicos que hablabamos de la «fracción carrillista», eramos pocos pero voluntariosos». La familia quiso avisarle de que la Policía le buscaba y le envió una carta, vía Andorra por temor a la censura postal. Total que por la Semana Santa del 69 se plantó en Barcelona, no encontró a nadie en su casa y nadie quería explicarle nada. Cuando averiguó lo ocurrido volvió a salir, «esta vez me metí en un autobús repleto de trabajadores y emigrantes, para pasar desapercibido».

Para él se ha perdido una gran ocasión, en los últimos 30 años: «Nosotros ibamos a una clase en castellano, pero en el recreo hablabamos y jugábamos en catalán, a «Cuit i amagat» y otros juegos tradicionales. Hoy la situación es al revés, se habla un catalán más empobrecido que nunca: la inmersión linguística, la imposición de una sola lengua. ha sido un fracaso. No es lo mismo «venir dimecres» que «venir el dimecres», los estudiantes de hoy no ven la diferencia», afirma y pone otros varios ejemplos de la dicción deficiente que se ha ido imponiendo con la obsesión del monoligüísmo. Insiste en que la lengua se ha deteriorado mucho. Como signo positivo, dentro del cuadro sombrío que perfila, señala el que el número de concursantes al premio Pla que se acaba de otrogar, haya pasado de 14 a 27. Respecto a Josep Pla se deshace en elogios a él y lo compara con Joanot Martorell. «En los años 60 escribían Rodoreda, Pla, Espriu, Villalonga y otros de gran categoría; ya me direis ¿quién hay, ahora, similar?».

Por acción y omisión

«Resulta ridículo qaue desde la Generalitat se trate de eliminar e ignorar el nombre de España, utilizando subterfugios como «llueve en el estado español». Un estado es un ente abstracto y en él no llueve ni hay otros fenómenos físicos. El haber nacido en un territorio no implica un determinado sentimiento. Los sentimientos pertenecen a la parte íntima del ser humano y no se pueden imponer por decreto. Estos problemas no existían en 1969, la nacionalidad no es un sentimiento imprescindible».

«Uno se siente de Sabadell o de Lloret. Yo escribo en catalán, tengro un prestigio como traductor y dirijo una colección de grandes clásicos vertidos al catalán. Nadie me podrá negar títulos de cariño y conocimiento del catalán, pero de eso a sentirme nacionalista y tener un concepto excluyente del resto de mis conciudadanos hay una gran distancia. Hay que conocer todas las lenguas posibles».