SIN PELOS EN LA LENGUA

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MIQUEL PORTA PERALES

Por lo general -perdonen la generalización-, la lingüística catalana suele estar cortada por el patrón del fundamentalismo y el aburrimiento. Fundamentalismo -con frecuencia aderezado con grandes dosis de catastrofismo-, porque se empeña una y otra vez en la cuestión de la lengua propia, de la normalización y la inmersión lingüísticas, la contaminación de la lengua, la desaparición del catalán por falta de uso social, etc. En este sentido, se tiene la impresión de que lingüística catalana abandona la ciencia -admitamos, con el permiso de la física y la matemática, que la lingüística es una ciencia- en beneficio de la política. Lo que quiero decir es que en el seno de la lingüística catalana hay un exceso de politización que va en detrimento de la vertiente científica del asunto. Y la lingüística catalana -según decía al inicio de estas líneas- se caracteriza por el aburrimiento. Por decirlo coloquialmente, la mayoría de los lingüistas son un auténticos palizas que -acepten la redundancia- dan una y otra vez la paliza con los temas ya señalados de la lengua propia, la desaparición del catalán, etc. Al respecto del fundamentalismo y el aburrimiento propios de la lingüística catalana, convendría preguntarse si es una casualidad que buena parte de nuestros políticos -sobre todo, los que militan en partidos nacionalistas comme il faut- sean lingüistas o filólogos. Quizá resida ahí la razón del fundamentalismo y el aburrimiento político con los que, día tras día, se azota al ciudadano catalán. Aunque, a decir verdad, algunos de nuestros filólogos metidos a políticos resultan graciosos -a veces, maldita la gracia que tienen- por las bobadas que sueltan aquí y allá.

En el mar -mejor, el océano- de fundamentalismo y aburrimiento que distingue a la lingüística catalana surge, de vez en cuando, alguien que rompe esquemas. O, por decirlo de otra manera, alguien que supera la tradición de un gremio incapaz de aceptar y asumir la realidad. Tal es el caso de Rudolf Ortega, que acaba de publicar Sense pèls a la llengua. Veamos. ¿Qué es lo que -sin pelos en la lengua- dice Rudolf Ortega? Por ejemplo: que el catalán, contrariamente a lo que asegura la sociolingüística patriótica, no está condenado a la desaparición; que dicha sociolingüística patriótica nunca está contenta y siempre encuentra algún motivo de queja: si antes se quejaba porque dentro del aula se hablaba castellano, ahora se queja porque el castellano se habla en los pasillos de la escuela; que el bilingüismo no es pecado ni traición; que las llamadas Oficinas de Garantías Lingüísticas constituyen una invitación a la delación; que lo importante no es que el catalán sea oficial en Europa o en el Congreso, sino que se hable -voluntariamente, por supuesto- en Cataluña; que cuando un catalán habla castellano no dimite de nada, tan sólo elige la lengua en la cual prefiere hablar y comunicarse; que las políticas de normalización y concienciación lingüísticas incitan a utilizar el castellano; que no hay que identificar la integración con el conocimiento de la lengua; que en Cataluña -cosa que no ocurre en otros lugares- el corrector lingüístico suele ser una especie de censor con intenciones más patrióticas -¡que el catalán no se confunda con el castellano!- que técnicas; y que España es España y no el Estado español. Sense pèls a la llengua muestra el sentido común de un lingüista -de un ciudadano- que sale a la calle y toma nota de lo que hay. Un lingüista que sabe que lo importante no es hablar de la lengua, sino hablar la lengua. Y que cada cual hable, con la mayor naturalidad del mundo, la lengua que quiera. En buena medida, Sense pèls a la llengua es un antídoto contra el mal de lenguas que padece la sociolingüística político-patriótica catalana. ¡Milagro! Rudolf Ortega, pese a ser lingüista catalán, ha escrito una obra abierta que, a modo de propina, distrae al personal gracias a la ironía que destilan sus páginas. A eso, sí señor, se llama enseñar deleitando.