La senyera más torera

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Una enseña catalana tuvo tan cerca la Fiesta. Y eso que en todas las manifestaciones en la que los aficionados han luchado por mantener las corridas de toros en esta tierra la senyera ha estado presente. Senyera con un toro entre sus barras, senyera con lemas de libertad, de cultura, senyera en el ruedo, en los tendidos. Se trata de reivindicar que la Fiesta no es algo ajeno a Cataluña, algo más que claro, pese al tratamiento político que la propia Fiesta y los aficionados han recibido; que una cosa es la realidad social y otra la política.

Nos faltaba la senyera frente a los pitones, de tú a tú con el toro, con ese toro que la clase política defiende en la calle y niega en la plaza por un falso proteccionismo animalista. Antonio Barrera, un torero nacido en Sevilla, pero que creció en esta tierra de acogida y que se siente catalán, estaba anunciado para torear el pasado domingo en la que él denomina «su» plaza, en «su» Monumental. Sentía que podía ser su última tarde en esa arena, y no se resignó a que fuera una tarde más. ¡Torear con la senyera! Dicho y hecho, la cuatribarrada plantándole cara a un tremendo astado de Valdefresno, la senyera dibujando templados naturales, la senyera embebiendo con mimo, con arte, la fiereza de un toro bravo, la senyera como testigo directo del rito de la lidia, la senyera sin tapujos, sin arengas políticas, sin soflamas antitaurinas, sin mentiras, sin hipocresías de moqueta parlamentaria, sin falacias de mochila verde, sin mojigatería, sin enredos, sin falsedades. La senyera más torera. La que bajó del mástil a la arena y se puso garbosa y pinturera para dejar sobre el ruedo barcelonés un ramillete de muletazos de la mano de Antonio Barrera.

La senyera entre los pitones de un toro. A algunos les parecerá un sacrilegio, y sólo es otro grito de libertad por la libertad prohibida.