El ojo de Sacristán revela el gran talento de un joven autor teatral: David Desola

«Fascinante», dijo de ayer José Sacristán de la obra con la que viene a Barcelona, «Almacenados». Junto a él, en la escena, sólo un joven actor, Carlos Santos

O. R. M./
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BARCELONA. Si le hacemos caso a José Sacristán y a su verbo generoso y a su voz grave, estamos a punto de descubrir a un gran autor dramático, a un escritor joven con uno de esos talentos para el teatro que se dan de uno en uno y por generación. Se llama David Desola, tiene treinta y tres años, ha escrito una obra titulada «Almacenados» y José Sacristán se lanzó sobre ella, en cuanto la leyó, como un jaguar andino. Y aquí está, a punto de estreno y con un punto y pico de entusiasmo.

«Almacenados», que estará en la escena del teatre Villarroel desde la próxima semana hasta el 27 de febrero, es la ecuación laboral, emocional y generacional de dos hombres, y ambos arrinconados contra la falta de horizonte de un triste almacén. Uno, a punto de jubilarse, que se llama Lino, y otro, su sustituto, un joven llamado Nin (José Sacristán y Carlos Santos, solos en tablas, se echan uno de esos pulsos interpretativos que dieron forma y fama un veterano Lawrence Olivier y un pipiolo Michael Caine en «La huella»).

Dice Sacristán que es un texto inteligentísimo, despojado de retóricas y que nunca utiliza recursos y subrayados para señalar o conducir la emoción. Según el autor, David Desola, escribió la obra hace unos tres años y en un momento de su vida que se encontraba «muy bajo de moral, y cuando apenas tenía ya ni para pagar el alquiler»... Confesaba ayer, también, que aprovechó para su escritura las experiencias propias en «trabajos basura»: «Necesitaba sacar todo lo que llevaba dentro, y era, después de varios intentos, mi última apuesta, mi órdago, como escritor de teatro».

Un texto y dos actores en escena: la esencia del teatro que se encargan de sublimar la escenografía de Jon Berrondo y la dirección de Juan José Afonso. La idea de «Almacenados» es contar una historia de perdedores, o fracasados (Sacristán tiene una teoría interesante sobre las diferencias entre perder -todos perdemos- y fracasar -sólo fracasan algunos-), pero también tratar otros aspectos de la vida, como la soledad, la frustración, la incertidumbre o las distintas formas que adquiere la toalla cuando la tiramos a la lona.

Junto al gran José Sacristán está «almacenado» el joven actor Carlos Santos, quien ayer se mostraba casi tan eufórico como su contrincante escénico. Calificó su presencia en esta obra como «un auténtico lujo. Una de esas oportunidades que ocurren una vez en la vida, o ni siquiera ocurren». Dijo que sólo lleva cinco años en el tajo de esta profesión y de ahí el regalo de enfrentarse a un texto tan bueno y junto a un actor de las hechuras de Sacristán. Pero, ahí está, para comerse si es preciso al propio Sacristán, «uno de los actores más jóvenes -dijo de él Carlos Santos- con los que he trabajado».

Por lo demás, Sacristán demostró que, en efecto, está en plena forma física y mental, y tras unas palabras de afecto y admiración a Agustín González, respondió a la típica pregunta sobre «los planes ibarretxes» con la valentía y seriedad de quien no tiene que vivir del cuento, sino de su propio talento: «¡qué aburrimiento de gente!».