José Rosiñol - Tribuna Abierta

La revolución de las sonrisas

Todos los populismos y las ideologías esencialistas basan sus estrategias políticas en la aplicación de un cierto grado de cinismo

José Rosiñol
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Ya George Orwell en su obra «1984» hacía hincapié en el cinismo de aquellas ideologías que se creían depositarias de Verdades (casi) reveladas. En su novela encontramos un «Ministerio del Amor» encargado precisamente de imponer mediante castigos el amor al Líder y a su ideología, o el «Ministerio de la Verdad» dedicado a la propaganda y a la manipulación de la historia. Bien es cierto que más allá del mundo de la literatura, nos encontramos con regímenes totalitarios y partidos que se definían (y se definen incluso en el nombre) a sí mismos como «democráticos» (recordemos la RDA o el partido sueco Demócratas de Suecia).

Todos los populismos y las ideologías esencialistas basan sus estrategias políticas en la aplicación de un cierto grado de cinismo. Esto es así porque consideran que para alcanzar su fin -su apoteosis- deben instrumentalizar todas las herramientas a su alcance, incluyendo el recurso a la mentira, a la cosificación del individuo y a la infantilización forzosa del no iniciado en los misterios del dogma ideológico. Sloterdijk habla en su ensayo «Crítica de la razón cínica» que el «cinismo de los medios» sirve «al moralismo de los fines».

Bien es cierto que existen movimientos políticos que podrían ser tachados de tendencias totalitarias de baja intensidad porque la presión a la que se somete al disidente es sutil y se circunscribe y afecta a las libertades negativas, se articula a través de la vida civil, de la presión social y de la estigmatización pública. Algo que no solo sirve para doblegar al sujeto en cuestión, también y, sobre todo, tiene como objetivo servir de ejemplo para la sociedad. Es una manera muy posmoderna de amedrentar la disidencia. Es a la edad media lo que era la exhibición pública de los reos y los herejes.

En Cataluña eso se traduce en el seguimiento de personas concretas, en la indagación hasta la náusea en sus vidas privadas, en la publicación de todo aquello que pueda desacreditar el discurso que se opone al oficial y oficialista, a tener periodistas orgánicos dedicados en cuerpo y alma a la muerte social (y si pueden privada) de quien se atreve a denunciar en voz alta la manipulación del poder nacionalista.

A los próceres del «prusés» les gusta decir que son la «revolución de las sonrisas». Imagino que cuando insultan y denigran a referentes de la cultura catalana (y, por tanto, española), como cuando a Joan Manuel Serrat lo tachan de «botifler» (traidor) o «momia» por el mero hecho de pensar y opinar diferente, lo harán con la mayor de las sonrisas (cínicas). O cuando criticaron al cantante de Sopa de Cabra por hablar a su hijo en castellano les moverá su (cínica) defensa de la pluralidad cultural y lingüística; y cuando Carme Forcadell, nuestra flamante nueva presidenta del Parlament, proclamaba en voz alta que existían unos buenos y verdaderos catalanes (los separatistas) y otros que no pueden ser considerados catalanes (animo a que vean el video en youtube. Es, simplemente, aberrante y una perversión democrática.

José Rosiñol es socio fundador de Socidad Civil Catalana.

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