El Raval, al límite
Un joven se inyecta una dosis de heroína a media mañana en un parque de Ciutat Vella / INÉS BAUCELLS

El Raval, al límite

ROCÍO OLVALLE | BARCELONA
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Desde el pasado mes de octubre, los vecinos de la zona sur del Raval están en plena movilización para denunciar la degradación del barrio. El «problema» es la narcosala de Baluard, una vieja conocida de las denuncias vecinales. Sobresaturada, funcionando al límite de su capacidad pese a una reciente ampliación, la sala de venopunción centra todas las críticas desde el desmantelamiento del supermercado de la droga de Can Tunis. Las escenas de drogadictos inyectándose en los alrededores del centro, el tráfico de personal, sus peleas... han acabado con la paciencia de los vecinos, que siguen sin entender por qué el Raval, casi en exclusiva, tiene que soportar una instalación de estas características.

Todos los expertos coinciden en señalar que las narcosalas, más que un problema «son parte de la solución», una manera de contener en instalaciones adecuadas lo que de otra forma estaría sin control en la calle. El problema, insisten los vecinos, es que el Raval ha concentrado este tipo de servicios y no se han repartido los recursos sobre el territorio, tal y como establecía el Plan de Drogas 2006-2008, y asume también su heredero para 2009-2012. La denuncia es clara: el barrio está saturado, los servicios no dan abasto y cada mes se registran alrededor de siete mil «pinchazos» de caballo en la calle, según las estimaciones más fiables.

Papel mojado

El primer plan mencionado fijaba 35 objetivos de los que sólo se han cumplido trece; once sólo parcialmente y otros ni se llegaron a abordar. Entre estos últimos, el de desincentivar el turismo relacionado con la facilidad para obtener y consumir drogas; la reducción del impacto del consumo en la calle y la distribución equilibrada de equipamientos en toda la ciudad.

La concejal del distrito, Itziar González, pedía recientemente que se equilibrasen los servicios a los drogodependientes no sólo por la saturación, sino también por el efecto llamada que tiene para la población con riesgo de exclusión social. La tesis del reparto solidario que recogía el Plan de Drogas de 2006 se ha incumplido de manera flagrante. La narcosala que debía construirse entre Sant Martí y el Eixample nunca se llevó a cabo, como tampoco otro centro en Nou Barris. El miedo a la reacción vecinal y la falta de decisión del Ayuntamiento ha llevado a la inacción. La oleada de protestas que generó el proyecto de la Vall d´Hebron llevó al Ayuntamiento a una parálisis que aún continúa.

La inconcreción a la hora de fijar el emplazamiento de las nuevas narcosalas no ha contribuido precisamente a acabar con las especulaciones. El actual Plan de Drogas señala por una parte que se garantizará que todos los distritos tengan al menos una narcosala. Por otra parte, dice que se tendrá en cuenta el Índice de Consumo Problemático de Drogas, lo que hace innecesarios tales en centros en unas zonas e insuficientes en otras.

Otro de los índices de uso común es el de recogida de jeringuillas en la calle. El Raval es el barrio más afectado; sólo entre agosto y octubre se recogieron más de cuatro mil agujas hipodérmicas al mes. Sants-Montjuïc es el siguiente en la escala.

Otra de las deficiencias del Plan es que no dispone de dotación presupuestaria, como se reconoce desde la propia Agencia de Salud Pública de Barcelona.