Quinquis, mito y cultura

CARINA MEJÍAS
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Esto de escribir artículos, se ha convertido de un tiempo a esta parte en una acción de riesgo, sobre todo para los que dedicamos nuestro tiempo y nuestro trabajo a discutir y a denunciar aquello que nos parece injusto. Pero está visto que discrepar del establishment catalán y del discurso único, solivianta la fina piel de quienes quieren hacer de Cataluña su proyecto personal y convertirla en algo diferente de lo que en realidad es.

Así que me dedicaré a hablar de otras cosas para evitar el riesgo, banalidades al fin... o no tanto, pero sin abandonar mi espíritu crítico.

La soleada y visitada Ciudad Condal está plagada de banderolas que publicitan al viento una exposición en el CCCB, denominada «Quinquis de los 80».

El Centro cultural ha decidido, en plena temporada turística, ceder su espacio a recrear uno de los periodos más sórdidos de nuestro tiempo recordando a una generación de delincuentes que trajeron de cabeza a las autoridades de la época, a los que convirtieron en leyenda cinematográfica.

Dedicados al robo y al tráfico de drogas, entre periodos carcelarios y amotinamientos, entretenían su tiempo en sexo, drogas y alcohol acabando su vida entregados a la heroína, final que compartieron muchos jóvenes de su generación.

Convertidos en mito de los sórdidos ambientes, recrearon sus fechorías en películas con títulos tan elocuentes como «Navajeros» o «Perros callejeros» de las que fueron protagonistas con la complicidad de los sensacionalismos de la época.

Los autores de la muestra, afirman que la exposición actúa como reflejo fiel de las transformaciones urbanísticas, sociales, políticas y económicas que azotaron el país durante aquel periodo.

La cultura es un conjunto de conocimientos que se transmiten de una generación a otra, provocando cambios a lo largo del tiempo de todos o algunos de los elementos culturales de una sociedad. Pues no parece que la nuestra haya cambiado mucho en estos años, a la vista de los lamentables episodios recientes como el asesinato de de Marta del Castillo, o las violaciones de las menores de Córdoba e Isla Cristina que han conmocionado a toda la sociedad.

Espero que en el futuro a nadie se le ocurra dedicar un espacio cultural a estos jóvenes «presuntos» violadores y asesinos, ni escribirles el guión de una película.

No creo que sea necesario dedicarles un espacio cultural a recordar sus vilezas, ni que se les deba considerar un mito, ni reflejo de transformación social o cultural alguna. Me pregunto que pensarán los jóvenes que con prometedoras trayectorias artísticas y culturales encuentran todo tipo de dificultades para promocionar sus obras que sí transforman nuestra sociedad y contribuyen a pasear por el mundo el buen nombre de Barcelona.