Sergi Doria - Spectator In Barcino

Quim Torra gobierna su Cataluña

El gobierno Torra representa solo a media Cataluña. «¡Siempre será nuestra!», regurgitó Ernest Maragall, dispuesto a reactivar el Diplocat

Sergi Doria
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Si un partido no nacionalista retirara del balcón el emblema de la Generalitat de Cataluña para sustituirlo por una pancarta reivindicativa se consideraría una humillación a las instituciones. Esa fue la primera orden del presidente Torra al tomar posesión su gobierno «del interior»:el «exterior» de Berlín, el «consejo de la República» de Puigdemont, vela por esa estrategia de siniestras resonancias: la «internacionalización del conflicto».

He disfrutado estos días de «Palau i Fabre i Barcelona» (Galaxia Gutenberg-Ayuntamiento de Barcelona), recorrido visual por los papeles-vitales del escritor-alquimista que cartografía Julià Guilllamon. La cuadrícula del Ensanche conjuga las edades de la ciudad con las de Palau; la casa familiar de Valencia, 322; el Papitu donde colaboró su padre; cabeceras culturales como Gaseta de les Arts, el D’Ací i d’Allà de 1934 sobre el arte del siglo XX o el semanario Mirador; el primer artículo de Palau en La Humanitat; el «Romancero gitano» que autografía García Lorca, al que Palau entrevistó el 4 de octubre de 1935.

Sobre todo, aquella cena del Club dels Novel.listes, enero del 36. Joan Teixidor, Martín de Riquer, Ignacio Agustí, Joan Puig i Ferreter, Miquel Llor, Francesc Trabal, J. V. Foix, Josep M. Francés, Mercè Rodoreda, Xavier Benguerel, Maria Teresa Vernet, Pere Corominas, Rafael Tasis, Josep Janés, Lluís Montanyà… Ahí está la generación que seis meses después quedará trágicamente escindida por la guerra incivil. El mapa de Barcelona, la derrota y una carta a la familia desde un campo de concentración de Lérida. La posguerra con un croquis de la cena en honor a Franco en el Salón de Ciento, 26 de enero de 1942. También la resistencia cultural de Poesía y Ariel. Y, cómo no, los años de madurez consagrados a Picasso. El rastreo del burdel Ventura -Aviñó, 26, 1º -ahora 44- que inspiró «les demoiselles».

Una pancarta con un lazo amarillo cuelga de una de las paredes del Pati dels Tarongers
Una pancarta con un lazo amarillo cuelga de una de las paredes del Pati dels Tarongers - EFE

Recomendamos al señor Torra que se repase esta biografía visual y barcelonesa de Palau i Fabre. Sobre todo, la foto de la cena del 36. Tal vez se hubiera ahorrado algún penoso fragmento de su «Viatge involuntari a la Catalunya imposible». Cuenta que en la prensa falangista, lo peor no era que las «bestias» hablasen: «Los auténticos daños morales aparecieron al ver a Martí de Riquer firmando decenas de artículos, a Joan Teixidor escribiendo las críticas de cine o a Palau i Fabre publicando cuatro críticas de poemas falangistas. Para esto, no estaba preparado».

Torra no está preparado para entender las circunstancias de cada escritor catalán en aquel momentum castastrophicum porque solo entiende una Cataluña En su pesquisa, confiesa, «la prensa en castellano no me había interesado nada». Para su ensayismo de brocha gorda, mejor los diarios lerrouxistas: le recordaban, dice, «a nuestros actuales ciudadanos». Tampoco está preparado para aceptar que «la revista Destino hizo más catalanismo que Serra d’Or» (Jordi Amat, Quadern de El País, 12 de abril de 2018). Y como no sabe qué es -realmente- Cataluña, le indigna que en su Arcadia republicana años treinta solo una cuarta parte de la prensa que se leía fuera en catalán: «Pese a tratarse de unos diarios modernos, bien escritos, literariamente sostenibles, de talla perfectamente europea, ni así consiguieron el apoyo de la gran masa de lectores, que continuaban fieles a “La Vanguardia” de Gaziel».

El gobierno Torra representa solo a media Cataluña. «¡Siempre será nuestra!», regurgitó Ernest Maragall, dispuesto a reactivar el Diplocat y las embajadas con alquileres astronómicos.

O Josep Bargalló. Director del Ramon Llull en 2007 cuando la cultura catalana fue invitada a la Feria de Fráncfort. Una comitiva oficial con un centenar de autores: ni la India, ni Rusia fueron capaces de reunir a tantos. Eso sí, sólo escritores en lengua catalana. Los alemanes protestaron: aquello era «un equipo de reserva» (Frankfurter Allgemeine). Si querían a lo catalanes en castellano -Mendoza, Marsé, Cercas, Ruiz Zafón, Vila-Matas- deberían venir pagando sus editores. «Quien escoge una lengua para escribir sabe que está escogiendo una literatura. Y desde un primer momento teníamos claro que no veníamos a Fráncfort a explicar dos lenguas», zanjó el seleccionador. Decía eso y vetaba al escritor más completo en lengua catalana: el periodista, ensayista, dietarista, poeta y novelista Valentí Puig. El hoy consejero de Enseñanza velará por la inmersión que ahoga al bilingüismo de la sociedad real y nos hará creer que a Lou Reed le ponía la barretina.

La cultura-estructura-de-estado corre a cargo de Laura Borràs,firmante del Manifiesto Koiné. Su tesis: el castellano es una «lengua de dominación» impuesta por el «régimen constitucional de 1978» la mujer de amarillo asegura que mientras Cataluña sea España nunca ganará un Nobel; y afirma en la Barcelona capital del «boom» que los escritores en castellano «hayan nacido en Cataluña o no, tienen detrás veinte estados que les pueden premiar la obra en español». Al gobierno Torra solo le importa su Cataluña: monolingüe, monocolor, monocorde, monótona.

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