Pujol visita Aguas de Argentina en uno de sus seis viajes a este país. ABC

Pujol, visto por su ex jefe de prensa

En un libro calificado de «valiente» por la promoción de la editorial, Ramón Pedrós traza un perfil del presidente de la Generalitat en el que abundan los claros, pero no falta ningún oscuro. «Campesino maleducado» o «burócrata sordo» son algunos de los piropos del ex jefe de prensa a Jordi Pujol.

IVA ANGUERA
Actualizado: Guardar
Enviar noticia por correo electrónico

BARCELONA. A menudo se asegura que un viaje puede poner en peligro la más sólida amistad y no pocos matrimonios, porque es fuera de casa donde más a menudo se pone a prueba nuestra capacidad de adaptación. Qué mejor manera, pues para dibujar un perfil tan contradictorio como el de Jordi Pujol que a través de los trescientos viajes que en los últimos veinte años le han llevado a dar la vuelta al mundo en 45.

Este es el ejercicio al que se entrega Ramón Pedrós en «La Volta al Mon amb Jordi Pujol» (Planeta), un libro en el que el ex jefe de prensa del presidente de la Generalitat intenta mostrar las mil caras de su «ex jefe» quien, como las folclóricas, no siempre sale bien parado de los recuerdos de su antiguo empleado. Así, la «personalidad poliédrica» atribuida a Pujol le convierte, para Pedrós en «héroe popular y egoísta enfurruñado, místico idealista y pragmático a ultranza, estadista carismático y campesino maleducado, pedagogo iluminado y solitario recalcitrante, un líder de oratoria magnética y un hombre frío como un burócrata sordo».

20 años para forjar una imagen

El libro pretende explicar a través del abundante anecdotario recogido durante diez años al frente del gabinete de prensa del President, el «abismo» que separa el Pujol de 1980, cuando su jefe de protocolo tenía que camelarse a una funcionaria con un pañuelo de seda para que Pujol pudiera utilizar la sala de personalidades del Aeropuerto de Orly, al que fue recibido como hombre de Estado por Helmut Kohl, Jacques Chirac o Romano Prodi.

A través de los viajes y las anécdotas, Pedrós desglosa también la lista de dirigentes nacionalistas que en los últimos veinte años han acompañado a Pujol en su progresión, para ir dibujando los ascensos y caídas de los miembros de la dirección de CDC hasta alcanzar la «acentuada y transparente soledad del líder» a finales de los 90, cuando los Roca, Prenafeta, Alavedra o Cullell habían abandonado ya la primera línea política mientras él seguía al pie del cañón. Y es que, «como auténtico político de raza, Pujol ha cultivado dos obsesiones: alcanzar el poder y mantenerse en él. Por eso se deshace de todo lo que no le interesa cuando ha dejado de servirle».

En este punto, como en casi todos a lo largo del libro, Pedrós combina la admiración por el político carismático con la confirmación de no pocos puntos de su leyenda negra. Del mismo modo que recuerda el papel del presidente catalán como introductor de José María Aznar en los círculos europeos tras los pactos del Majestic, especialmente ante Helmut Kohl, presenta a Pujol como un político «acostumbrado a mandar sin que nadie se atreviera a acotar los límites de la viabilidad de sus órdenes» y que, del mismo modo que nunca tuvo necesidad de aprender a escribir a máquina «necesita que un mosso le ponga en la mano el medicamento correspondiente después de cada comida», además de no llevar nunca dinero ni una mísera tarjeta o de ser incapaz de hacer él una llamada desde el extranjero.

Anédotas al margen, Pedrós describe los principales logros de esa ingente política de proyección exterior, en la que Pujol «no ha menospreciado» ningún foro, por pequeño que pareciera. Sin olvidar la especial significación de su asistencia al foro de Davos, o su intuición «visionaria» al buscar la apertura de mercados en la Europa del Este, Hispanoamérica y el Magreb antes de que lo hiciera la diplomacia española.