el mentidero

Políticos a la fuga

El escapismo (¿ya superado?) de la nueva princesa de Mónaco, Charlene Wittstock se extiende entre la clase política

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Como si de la lista de los Reyes Godos se tratara, el conseller de Territorio y Sostenibilidad, Lluís Recoder, suele invocar a todos sus predecesores nacionalistas en el cargo —Joaquim Molins, Josep Maria Cullell, Jaume Roma (apodado «el breve» por un corto mandato ensombrecido por un caso de corrupción que nunca existió), Felip Puig...—, cuando inaugura autovías o desdoblamientos iniciados durante el gobierno de Jordi Pujol. Y, cuando no tiene más remedio, cita a una velocidad seguramente prohibida en esas carreteras, al socialista Joaquim Nadal, ex responsable de la obra pública catalana y que el pasado miércoles, le acompañó en el acto de apertura de la ampliación del último tramo del eje Vic-Ripoll.

Recoder y Nadal poco tienen en común, más allá de su adicción al Twitter. El primero fue el cargo institucional más importante que tuvo CiU durante su travesía del desierto —gobernó Sant Cugat con mayoría absoluta—. El segundo ostenta ahora esa posición pero a nivel de partido, ya que es presidente del grupo parlamentario del PSC. Ese cargo le convierte en máximo representante socialista en las negociaciones de la ley Ómnibus, un batiburrillo de normas destinadas a simplificar y/o recortar las áreas de gestión de la Generalitat. Una de las más damnificadas es la de cultura, que dirige el conseller «tránsfuga» Ferran Mascarell. ¿Pedirá Nadal un descenso severo del gasto para fastidiar a su antiguo compañero de filas o defenderá los intereses de la progresía cultural, muy crítica con el «tijeretazo» que se avecina en este sector? Y es que el escapismo (¿ya superado?) de la nueva princesa de Mónaco, Charlene Wittstock se extiende entre la clase política, pues hay otro dirigente también dado a la fuga, en este caso de sí mismo. Se trata del alcalde de Vic y diputado, Josep Maria Vila d'Abadal (UDC). Tras amenazar con dejar el partido si no iba colocado en los primeros puestos de las listas de las autonómicas, amagó con abandonar su alcaldía por el auge que había tenido Plataforma per Catalunya.

Poco le queda de socialcristiano a este independentista confeso, que cíclicamente reclama la fusión entre Unió y Convergència. Lo acaba de hacer de nuevo, sin apenas eco entre sus propios compañeros, dado que al menos en CiU, no hay reunión congresual en el horizonte. Un debate, por cierto tan cansino como el del improbable grupo parlamentario del PSC en Madrid que, como mucho, podría acabar en la formalización de una libertad de voto para complacer a algunos sectores de cara al futuro cónclave socialista.