Las playas son para el verano
Panorámica de época de Tossa de Mar - ABC

Las playas son para el verano

El turismo inspira tres libros sobre la Costa Brava, la gastronomía y las vacaciones en los años treinta

SERGI DORIA
BARCELONA Actualizado:

La playa, el gran descubrimiento del siglo XX, enmarca ocios veraniegos. En los años treinta nacía la cultura del turismo con vocación masiva. Primavera de 1934, el periodista escocés Archie Johnstone y su pareja Nancy se instalan en una pulcra habitación del hotel Rovira y contemplan admirados el paisaje. «Habíamos descubierto Tossa por casualidad. Archie, utilizando su método habitual de escoger un lugar para las vacaciones, pensó en la Costa Brava porque no sabía de nadie que hubiera estado nunca. Salimos de viaje con una maleta cada uno y, finalmente, llegamos a Girona. Allí vimos el nombre de Tossa escrito en algún lugar, nos gustó como sonaba y allí fuimos». Así lo cuenta Nancy en «Hotel in Spain» (1937) y «Hotel in Flight» (1939), dos libros reunidos en un volumen con el título «Un hotel a la costa» (Tusquets).

Archie y Nancy se enamoraron de aquella playa donde pasearía Ava Gardner en «Pandora y el holandés errante». Tossa, el Hostal de la Gavina o los jardines de Cap Roig situaron la Costa Brava en el mapa internacional. Archie y Nancy decidieron que Tossa, «con la villa vieja fortificada y las casas grises y blancas del pueblo amontonándose en torno a la iglesia, y aquella luz intensa y nítida» era el paraíso terrenal.

Descubrimiento y penurias

Allí abrieron su hotel, Casa Johnstone, donde vivirán la ilusión del descubrimiento y las penurias de la guerra civil. Construida en la colina, casi resbalando hasta una playa con cuatro barcas de pescadores, Casa Johnstone —hoy «engullida» por el Hotel Don Juan— estaba rodeada de higueras, alcornoques y viñas. La pensión completa costaba 13 pesetas.

La clientela disponía de acceso directo a la playa, gandulas, radio, gramófono, ping pong, laboratorio fotográfico y alquiler de barcas en el arenal.

En 1935 ir de Tossa a Barcelona era un safari: se había de tomar el bus a las seis de la mañana y bajarse en Lloret. Desde allí, otro bus hasta Blanes. Un rato de espera del tren que tardaba cuatro horas para cubrir setenta kilómetros.

Geografía vacacional

Las playas catalanas constituyeron el paisaje cosmopolita de los semanarios gráficos «a la page». En «L'estiueig. Com fèiem vacances entre 1929 i 1935» (Quaderns Crema), Marc Soler antologa los artículos y crónicas que firmaron en el semanario Mirador Josep Maria Planes, Joan Soler, Manuel Amat, Jaume Passarell, Andreu A. Artís, o Carlos Sentís. La geografía vacacional ofrece diversas tonalidades: está la popular «escullera» barcelonesa y los baños de San Sebastián; el Sitges modernista con Golf Club de Terramar y la Vilanova de Víctor Balaguer; el Maresme naciente de Mongat y Caldetes, la Costa Brava de Tossa, Blanes, Lloret, Sant Feliu de Guíxols, Palamós, el faro de Sant Sebastià que deslumbró a Pla, el Port Lligat daliniano…

El veraneo se imponía como rito social y las nacientes agencias de viajes ocupan las páginas de diarios y revistas como "Imatges", "La Publicitat","D'Ací i d'Allà" o "L'Instant". Llegaban británicos, alemanes, franceses… En 1935, un joven Sentís sitúa en Casa Johnstone el punto de encuentro de los periodistas británicos. Como proclamó Nancy Johnstone: «En nuestra opinión, la Costa Brava es el lugar más bello y acogedor que existe en la tierra, pero no pretendemos ser objetivos».Y hablando de objetivos, cámaras leicas y kodaks inmortalizaron los paisajes que devoró la especulación.

Pla «petava la xerrada»

En los años cuarenta Josep Mercader aprendía a cocinar en la estación de Portbou hasta adquirir maestría en el hotel Alàbriga de Sant Feliu de Guíxols de los suizos Tognola. Nacido en Cadaqués, en 1961 inauguró en Figueras el cincuentenario Motel Empordà. En «Historias del Motel» (Ara Llibres), Miquel Berga evoca comensales del carisma de Josep Pla o Salvador Dalí.

Cliente asiduo, Pla «petava la xerrada» con el gerente de la casa, Josep Valls, lo que dio dos libros memorables. Compartió inquietudes gastronómicas con Mercader y frecuentó su otro establecimiento: el hotel Almadraba de Roses. A la muerte de Mercader, en 1979, Josep Subirós tomó las riendas del Motel y en 1988 se desplazó diariamente a Púbol para llevar la comida a un Dalí enfermo. Un cuadro del pintor, datado en 1920, ilustra la carta