Sergi Doria - Spectator in Barcino

Películas de Barcelona

Las geografías cinematográficas de nuestra ciudad no conocen límites

Sergi Doria
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En 1974, cuando Antonioni rodó en Barcelona «El reportero» con Jack Nicholson y María Schneider se veía ropa tendida en la azotea de una Pedrera ocupada por oficinas, apartamentos y un bingo en los bajos. Nicholson mira arrobado a la Schneider con un «badalot» de fondo. El trencadís está tan sucio como la fachada gaudiniana. Satirizada desde 1912, habían de pasar siete décadas hasta que La Pedrera fue rehabilitada por Caixa Catalunya.

Así lo explica Eugeni Osácar en la reedición, actualizada y ampliada de «Barcelona, una ciudad de película» (Diëresis/Ajuntament de Barcelona), guía de la ciudad como plató de rodaje. Espigando capítulos, me quedo el que nos cuenta cómo Barcelona suplantó en el celuloide a otras ciudades. Por ejemplo, dos películas de Orson Welles. En «Mr. Arkadín» (1955), el puerto se hace pasar por el de Nápoles. En «Campanadas a medianoche» (1965), el castillo de Montjuïc representa la fortaleza del monarca inglés Enrique IV.

Un año antes, Samuel Bronston quiso que los muelles barceloneses fueran los de Hamburgo en «El fabuloso mundo del circo»: superproducción en Cinemascope -recuerdo haberla visto en el Cinerama Nuevo- dirigida por Henry Hathaway con John Wayne, Rita Hayworth y Claudia Cardinale. El Port Vell se reconvierte en el de Estambul para la película homónima de Antonio Isasi-Isasmendi y en el de La Habana de «El viaje de los malditos». El edificio de Correos era la Bolsa de la capital cubana.

El Park Güell fue «convertido» por Jesús Franco en la campiña francesa en «Marquis de Sade» y en la capital turca en «El castillo de Fu Manchú». En esta película, la fachada el Parlament de Catalunya devino en mansión londinense. La Biblioteca Pública Arús del paseo San Juan fue una estancia británica en «La librería» de Isabel Coixet.

En «El perfume», la plaza de la Mercè representaba el mercado del pescado de la Rue Aux Fers de París en el siglo XVIII. Allí nace Grenouille, entre ratas y desperdicios, bajo el puesto de una pescadera. Se utilizaron dos toneladas y media de pescado y una de carne. «El resultado es impresionante. Tanto, que incluso cuesta reconocer la plaza en la película», explica Osácar.

El storyboard de «El perfume» transcurre en la plaza Real, la Herboristería del Rei que hace las veces de perfumería, la Iglesia de Sant Just i Pastor -en la ficción, catedral de Grasse-, la calle del Bisbe y la plaza Sant Felip Neri donde Grenouille mata a la vendedora del ciruelas, el parque del Laberinto de Horta, la plaza mayor del Poble Espanyol con su orgía final y la calle Ferran: «Colocaron adoquines y, sobre todo, no escatimaron esfuerzos en ensuciarlo todo», escribe Osácar.

En el Smart Tourism Congress Barcelona se seleccionaron treinta películas del cine internacional rodado en la Ciudad Condal. En siete, Barcelona se transforma en Los Ángeles; en cinco en París y en tres en Nueva York. También se reconvierte en Hamburgo Estambul, La Habana, Londres y Madrid. Los lugares más frecuentados por las cámaras son el Port Vell, la estación de Francia, el parque de la Ciutadella, el Poble Espanyol, el laberinto de Horta y la plaza Real. Junto al puerto, la localización más «camaleónica», apunta Osácar, es la estación de Francia capaz de ser París, Budapest, Hamburgo, Amberes, Ventimiglia y L’Alcúdia.

Las geografías cinematográficas de nuestra ciudad no conocen límites. El palacete de Muntaner que habitó empresario Julio Muñoz Ramonet con la colección de arte actualmente en litigio se abrió para rodar la «Blancanieves» de Pablo Berger. Por el puente que une los edificios del Correos transitó Imanol Arias en «Anacleto: agente secreto».

Volviendo al puerto. Donde comienza el Maremagnum flotó de 1952 a 1990 una réplica de la Nao Santa María. Construida para «Alba de América» (1951), película «imperial» de Juan de Orduña, en 1986 sufrió un atentado de Terra Lliure: intentaron incendiar la carabela sin conseguirlo; lo probaron en dos ocasiones con artefactos explosivos que la policía desactivó. A la cuarta fue la vencida. El 23 de mayo de 1990, un cóctel Molotov carbonizó el interior y parte de la cubierta. Como la reparación era costosa, la Santa María fue a reposar en un cementerio marino de la costa del Maresme. El submarinista Ramón Pujol identificó el pecio, en un entrante bajo el faro de Calella: «Parecía como si estuviera rodando una película de Cousteau», declaraba a La Vanguardia, el 28 de abril de 2011.

Desde entonces, la película que el independentismo comenzó a rodar con el boicot del Estadio, la destrucción de la simbólica nao o la prohibición de los toros -el ayuntamiento impidió a Sean Penn y Javier Bardem escenas taurinas en la Monumental para «The Gunman»(2015)- acaparó las calles. Ese independentismo que quiere una Barcelona mezcla de Berga y Pyongyang pretende que seamos extras de telefilm barato con forzado happy end.

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