La otra fiesta nacional

Actualizado:

SPECTATOR IN BARCINO

DURANTE décadas los libros de Historia hablaron de los «nacionales» al referirse a las tropas franquistas que desfilaron por la Diagonal el 26 de enero de 1939. Algunos historiadores anglosajones denominaron al ejército sublevado como «nacionalistas» y curiosamente hoy, quienes se proclaman herederos de la República, se pasan el día hablando de la nación catalana. Pues bien, estos nuevos «nacionales», como escribimos en otro artículo, endosan la N a todo lo que se mueve. Ahora parece que se mueve el proyecto del museo de Ciencias Naturales en el sombrío triángulo azul del Fòrum, auténtico triángulo de las Bermudas donde se perdieron las ideas del último lustro; pues bien, allí abrirá sus puertas en 2011 el Museo Nacional d´Història Natural de Catalunya. Unas siglas difíciles de retener si uno no es un prodigio de la pnemotecnia: MNHNC. La Historia en Cataluña bascula ahora entre lo Nacional y lo Natural. Y lo más natural, cuando la obsesión nacional lo acapara todo, es entrometerse en las libertades individuales.

Además de poner la N a cualquier entidad que levante la persiana, el Movimiento de la bandera estelada y las consultas festivas de autodeterminación la tiene tomada con la Fiesta Nacional. Pretende prohibir los toros en la ciudad que tuvo tres plazas hace cien años y alega la defensa del animal como coartada de su hispanofobia. De nada sirve que el escritor Pere Gimferrer proclame que la tauromaquia es también cultura catalana, ni que la plaza de toros de Olot sea la más antigua de España; de nada sirve evocar la tradición mediterránea del albero: Picasso, Montherlant, García Lorca... Ni releer la biografía de Juan Belmonte del periodista republicano Chaves Nogales que editó Libros del Asteroide; de nada sirven las memorias del crítico de arte Cirici i Pellicer, militante del PSC y senador por Entesa dels Catalans, al recordar su afición a los toros en la Catalunya de Macià y Companys: «Durant els anys de l´Autonomia, vam assistir a totes les corrides interessants des de la llotja del president del Parlament. Allí no hi érem nosaltres sols. Hi havia dos altres fidels: en Poch, que molts anys després encara veig, com a periodista i crític, amic d´en Joan Casanovas pare, i gran coneixedor, i en Met Miratvilles, també empordan_s i mig emparentat amb els Pi Sunyer». Cirici apreciaba las verónicas, chicuelinas y le apasionaba el aspecto estético del toreo: «Per la precisió en els moviments... La dial_ctica entre l´home i l´altra b_stia. La musicalitat o la pura bellesa coreogràfica... La interacció psicològica entre els tendidos i el ruedo...»

Si la aritmética del Parlament no lo remedia, los nacionales pueden echar el cierre a las plazas de toros en Cataluña. Que Dios reparta suerte y, sobre todo, sentido común.