Una oreja ganada a ley

ANTONIO SANTAINÉS CIRÉS
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Para eximirme de culpabilidad les diré, sotto voce, que el ganado del domingo, manso y sin ganas de pelea, fue, quizás, el principal causante de que la corrida fuese al traste. Convengamos que el cartel convidaba a todo, menos a ir a la plaza. Pero la suerte es caprichosa e inexorable lo que darán de si toros y toreros en su conjunción.

Las reses de Toros de Parladé se agotaron o se aburrieron pronto cuando les toreaban con la muleta. Reconozco que las faenas de hoy día son excesivamente largas, como la de Finito de Córdoba en el cuarto.

A su primero le hizo una faena harto repetitiva de pases con la derecha, distantes y medrosos. De vulgar se definió así mismo el trasteo al que puso fin de media estocada. Con este bagaje llegó Finito al cuarto, el más manejable, y la faena tuvo momentos bellos con la mano derecha. Pero guardó siempre las distancias con el toro. Sin duda en su cerebro se columpiaba la sentencia de El Espartero que decía «¡Más cornás da el hambre!», mientras Rafael el Gallo proclama: «¡La bronca más grande dura menos que la cornada mas pequeña!». Y en una faena larguísima, puso espacio, mucho espacio entro toro y torero. Mató mal y el silencio dijo más que mil palabras.

El triunfador absoluto fue, sin duda, Sebastián Castella. Toreó de maravilla con el capote a su primero, devuelto por flojo. Bregó incansable con el sobrero y le toreó con muy buen gusto. Al quinto le trasteó con elegancia, derrochando buenas maneras. Quiso y pudo. Y dio una gran lección de honradez profesional. A este quinto lo mató de una gran estocada volcándose sobre el morrillo y certero descabello. Ni le contagió el espíritu conservador de Finito ni la elocuente apatía de Talavante. Agarrado a la oreja cortada del toro, paseó triunfante por el anillo. Era el premio justo ganado a ley.

¿Y que decir de Talavante? Pasó sin pena ni gloria. Me dio la sensación que la indiferencia le dominaba y tan impertérrito oía los silbidos o las palmas. Anduvo sonámbulo toda la tarde; mató mal, a su primero de siete pinchazos y tres intentos de descabello y al último de tres pinchazos echándose fuera, estocada y dos intentos de descabello. Corramos, pues, el socorrido y tupidísimo velo.

¡El cartel invitaba a irse al campo! Pero la honradez de Castella mereció la pena verla.