LA NUEVA BARCELONA

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La inauguración, hace unos días, de la innovadora torre Agbar es un nuevo paso adelante en la configuración de una Barcelona nueva, moderna, de futuro. Pero ese mismo afán innovador parece que muchas veces da la espalda a una Barcelona que está esperando que no se la coma el olvido.

Ver cómo se renuevan zonas inmensas de la ciudad a la sombra de grandes movimientos inmobiliarios mientras otras sucumben a la marginalidad, sin la más mínima piedad social, es triste y frustrante.

¿Tiene algo que ver el «sky-line» de una ciudad con la calidad de vida de sus habitantes? La inseguridad ciudadana vuelve a ser una constante en las estadísticas locales. La nueva Europa sin fronteras ha convertido el centro de la capital catalana en un nido de mafias que se alimentan de niños ladrones, de putas tristes y de pordioseras de habla extraña. Todo esto a la sombra de esos edificios que con sus líneas esbeltas y revolucionarias intentan cambiar la cara de una ciudad en la que vivir se hace cada vez más cuesta arriba.

Pero los esfuerzos oficiales no cesan, y se agradecen -faltaría más, con la de impuestos que pagamos-, pero algo sucede, porque esa Barcelona brillante de los noventa, la que superó crisis y organizó olimpíadas, la que reconstruyó el Liceu y se puso de moda, hoy huele a orín y a decadencia. Las obras que intentan embellecer aceras y luminarias pierden sentido ante una pobreza que se enquista y que ve cómo los barrios cambian de fisonomía, cómo cierra el pequeño comercio engullido por la fiebre del super, cómo la juventud parece más perdida que nunca.

La Barcelona de la etapa posterior al franquismo, aquella que hervía de un erotismo que parecía nuevo pero que llevaba años incubándose en el barrio chino, hoy ha dejado paso a antros en los que la droga compite con la decrepitud. Y hoy, más que nunca, eso de «barrio chino» ha perdido el sentido, porque ahora ya casi no hay barrio de Barcelona sin un chino, ya sea por el restaurante, por el comercio de todo a cien o por la tienda de importación de ropa.

Pero ahí está la torre Agbar para hacernos soñar con una ciudad de diseño para ver y no tocar; porque, y esta es otra, ese lujo arquitectónico no es de los ciudadanos, sino de una empresa o de un constructor y, por lo mismo, el ciudadano no tiene derecho a usarla, a disfrutar. ¿Por qué no se puede ir a pagar la cuenta del agua, digo yo, a una de las terrazas de la torre Agbar? ¿No sería un reclamo ideal para el cliente? No, hay que aguantarse, porque la torre no es para los simples mortales. Pero es ese simple mortal el que tuvo que aguantar desvíos y cortes de calles para que la torre se construyera...

En fin, se ve que es el «sky-line» el que seduce a nuestros políticos y empresarios, no los problemas sociales o la cultura. Todavía se esperan importantes proyectos arquitectónicos para seguir dándole a nuestra Barcelona un aire de ciudad cosmopolita. Eso podrían ahorrárselo, porque este puerto mediterráneo siempre ha sido un crisol cultural. Con tanto edificio de diseño lo único que se consigue es que la ciudad continúe una ruta frenética de pérdida de identidad.

Comprándole obras a arquitectos extranjeros se obtiene un guiño a Nueva York, a Tokio, a Londres y a Berlín: así las cuatro ciudades superficialmente se parecen más, pero sus habitantes siguen con los mismos problemas en el día a día, esos que hablan de inseguridad, botellón y meadas.