Miquel Porta Perales - El oasis catalán

Monomanía

A diferencia de lo ocurrido en ocasiones anteriores, la Diada 2018 carece de horizontes lejanos

Miquel Porta Perales
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La Diada norcoreana del martes pasado –Juan Palomo, yo me lo guiso, yo me lo como- deja la fotografía del instante secesionista. ¿Quién se manifestó? Los de siempre y en familia. La Diada, publicitada un día sí y otro también por los medios de comunicación del Régimen, ha cubierto el expediente gracias a los inasequibles al desaliento que, sea por convicción o por no hacer un feo a la causa y dar una baza al constitucionalismo, se enfundan la camiseta y deciden darse un garbeo por Barcelona. ¿Para qué? A diferencia de lo ocurrido en ocasiones anteriores, la Diada 2018 carece de horizontes lejanos. Por mucho que algunos hablen de República o autodeterminación, el motivo es la libertad de los presos políticos (?) y el retorno de los exiliados (?). Todo ello, aderezado con la peregrina idea del Joaquim Torra que exige la absolución de los imputados –viva la división de poderes- y dice no aceptar o acatar la sentencia que surja del juicio. ¿Qué hará? ¿Cómo lo hará? En resumen, un ejemplo de la retórica huera secesionista y una muestra de la insólita teoría independentista que sostiene que los popes secesionistas no han hecho nada malo. Quizá por eso, dichos popes publican una carta para que la gente salga a la calle en nombre de la Justicia y la Democracia. ¡Y lo dicen ellos!

Más allá de la plástica secesionista, la Diada de 2018 será utilizada por Carles Puigdemont y sus pretorianos para continuar enredando al personal, desafiar al Estado y presionar a Joaquim Torra y a ERC. El resultado: la ferviente hinchada secesionista no se apeará de la ficción, la cosa se complicará para Pedro Sánchez, Joaquim Torra lo tendrá más difícil para librarse –si realmente lo quiere hacer- del holograma de Bruselas, y ERC continuará a la greña con el secesionismo troglodita y, por lo visto -cuestión de competencia y espacio-, también con el “moderado”. Y los ciudadanos digiriendo los frutos amargos –deslealtad, provocación, complejo de superioridad, lacitos- de la enfermiza monomanía secesionista.

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