MARCELO ÁLVAREZ «Tenor»: «La ópera, como el fútbol, debe emocionar»

Ha incluso rehusado formar parte de una nueva saga de los Tres Tenores. Desde la cresta de la ola, el argentino Marcelo Álvarez, que debuta a el sábado en el Liceu con «Rigoletto», afirma, sin pelos en la lengua, que es conservador y que canta a la antigua.

TEXTO: PABLO MELÉNDEZ-HADDAD FOTO: ABC/
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- De carpintero a estrella, ¿no?

- Podría escribir un libro con mi historia... Estudié en la Escuela de Niños Cantores de Córdoba (Argentina) desde los cinco años y recibí el título de Profesor de Música y director de Coro a los 17. Allí conviví con la misma gente durante doce años y, más tarde, cuando me dedicaba a dirigir una fábrica de muebles de mi padre -por eso comencé a estudiar empresariales-, algunos de mis excompañeros me invitaron a cantar con ellos, pero en grupos de rock, tango y folklore. En esa época (1992) yo era como un payaso: cantaba, contaba chistes, imitaba a los Bee Gees, a Demis Russo... Mi novia me sugirió cantar ópera y nunca había visto una ópera completa. Comencé a estudiar otra vez y tuve la oportunidad de audicionarle al tenor Liborio Simonella, que me dijo que tenía condiciones, pero que ya tenía 30 años y una fábrica a mi cargo, que estaba en Córdoba donde no había oportunidades... Al final me marché a Buenos Aires vendiendo todo lo que tenía. Después de seguir estudiando y de audicionarle a Pavarotti y a Di Stefano, partí a Milán, porque en el Colón no me contrataron después de audicionarles tres veces. Antes de Milán pasé por Ciutadella (Menorca), donde hice mi debut europeo junto a Juan Pons cantando «Marina». En Milán estuve tres días esperando a mi contacto que finalmente no apareció. Estuvimos a punto de regresar, pero contactamos con una maestra y a los siete días ganaba un concurso de canto. Me fui a Venecia y me dieron trabajo; después la cosa comenzó a rodar. Desde el principio le gusté más a los viejos maestros que a los jóvenes, porque mi canto es como a la antigua.

- ¿Se arrepiente de algo?

- No. Si hubiese comenzado más joven creo que hubiera errado en mis principios y me creería más de los que soy. Esto ha sido como un destino divino. Empecé a estudiar en 1992, y en 1995 ya había debutado en La Fenice. Desde entonces no he parado.

- ¿Se ha equivocado con algún rol?

- Mucha gente dice «cuidado con el repertorio» porque antes la gente comenzaba la carrera incluso antes de los veinte. A mi edad ya sé qué debo cantar. Hay que conocerse y no maltratarse. Incluso el «belcanto» es peligroso si no se canta bien y es la carrera la que impone nuestros límites. Me han pedido que no cantara «Werther», «Traviata» y «Luisa Miller»; lo he hecho y no ha pasado nada.

- ¿Hacia dónde le gustaría dirigir su carrera?

- Soy muy agradecido con lo que tengo: estoy reconocido, grabo discos, me apoya una multinacional, canto en los mejores teatros, escojo las producciones... Nunca imaginé hacer esto y estoy feliz. Mi objetivo es dar felicidad, quiero que la gente sepa que está con un cantante honesto. Eso es lo importante... Cantaré «Ballo» dentro de poco, «Trovatore» en tres años, «Carmen» en 2008, y cuando comencé pensaba que sólo cantaría obras de Mozart...

- ¿Qué le ha interesado de este «Rigoletto»?

- Yo en ópera soy conservador y me gusta ver montajes de óperas fieles al original, que no es el caso. Pero hoy la ópera necesita cambios en competencia con el cine y la televisión. Conozco esta producción porque la canté en Palermo e incluye hasta una felación, pero creo que en la tele hay cosas más duras. La ópera necesita de esa crudeza y esta producción es coherente con su agresividad y su violencia. La corte del Duque seguro que era peor, como lo es la política hoy en día -hay políticos honesto pero yo vengo de un país en el que no los hay-. Este realismo en la ópera es positivo porque habla de cambios, y esto lo dice un conservador, porque sé que hay que renovarse.

- ¿Y qué dice de ese veto por exceso de peso que impuso Graham Vick al tenor Aquiles Machado para el mismo papel que cantará usted?

- Eso si que no, y yo tengo muy buenas relaciones con Vick. Ningún director de escena puede permitírselo. Pero es que somos los cantantes los que no estamos unidos ante situaciones de este tipo y dejamos que nos echen por tener kilos de más. Eso no puede ser. Nos falta sentido de unión.

- Usted dice que canta a la antigua.

- Sí, pero ahora somos más completos que los cantantes de antes. Me gustaría ver a un Corelli o a un Bergonzi cantando en estas producciones en las que tienes que correr o saltar, que no permiten cortes en la partitura, que utilizan escenografías abiertas, con todo en contra... Hoy somos objetos, colaboradores, cuando antes éramos divos. Ahora hay miedo a cantar con ímpetu, a errar una nota... Antes cada cual cantaba en un idioma diferente y creaba su estilo. Hoy todo es igual. No hay que engañarse; ahora se escucha a Kraus a todo volumen en un disco y después se critica un directo... No hay que autoengañarse, o si no la ópera se morirá. Esto es como el fútbol, hay que sentirlo, emocionarse. Cuando se paga una entrada hay que pensar en disfrutar y no en amargarse: el público actual no ayuda para crear una función mágica, única, irrepetible.

- ¿Por qué canta poco en España?

- Porque aquí se programa tarde, y no pensando en el cantante. Primero se propone un título y después se ve si Álvarez está libre. Después de ese debut en Menorca canté dos producciones en Bilbao. Más tarde Emilio Sagi (del Teatro Real) fue el primero en contratarme; en Madrid cantaré «Ballo» y «Luisa Miller», que repetiré en el Liceu.