Juan Diego Flórez y Elena Mosuc
Juan Diego Flórez y Elena Mosuc - A. Bofill
Crítica de Ópera

Lucia suicida

El máximo perjudicado por la vocalmente tacaña escenografía fue el propio Juan Diego Flórez, de cuya hermosa voz no se pudo disfrutar en toda su dimensión

BarcelonaActualizado:

A riesgo de ser catalogado de «spoiler», uno de los aspectos sorprendentes de esta producción de Damiano Michieletto de «Lucia di Lammermoor» es que la lunática protagonista, en lugar de morir entre los sopores de la locura, al final de la famosa escena se suicida cual Tosca en Sant’ Angelo. En este caso se lanza desde la torre inclinada y bombardeada que domina el espacio escénico que firma Paolo Fantin, metáfora de la decadencia de los clanes familiares medievales. Esta «Lucia» ni impacta ni interesa y no favorece para nada a los cantantes, ya que obliga a la protagonista a movimientos imposibles al cantar una escena endiablada. Lo peor es que acústicamente es muy deficitaria, creada para un teatro la mitad de grande que el Liceu: al ser escenográficamente abierta no cuida las voces. El fantasma / psicosis que atormenta a la protagonista, además, es anticuado y nada poético.

El máximo perjudicado por la vocalmente tacaña escenografía fue el propio Juan Diego Flórez, de cuya hermosa voz no se pudo disfrutar en toda su dimensión obligándole a darse caña; en todo caso, triunfó llevándose el personaje a su terreno pero sin mucha convicción ni emoción. Elena Mosuc, su Lucia –bastante fría–, dictó cátedra en sobreagudos y ornamentos, sin precipitarse nunca, ganándose la ovación que la premió. Marco Caria (Enrico) cantó muy fuera de estilo, sin el más mínimo matiz, mientras Simon Orfila bordaba su Raimondo. Adecuado el Arturo de Albert Casals y correctos la Alisa de Sandra Ferrández y el Normanno de Jorge Rodríguez-Norton.

La Simfònica y el Cor liceístas brillaron bajo la atenta –y sonora– batuta de Marco Armiliato, lo mismo que el pasado sábado, cuando María José Moreno dibujaba sin problemas una Lucia de buenas agilidades y sobreagudos junto al perfecto Edgardo de Ismael Jordi, ya un experto en el papel. No convenció la rara –y generosa– vocalidad de Giorgio Caoduro (Enrico) y gustó al público el Raimondo de Marko Mimica.