Agatha Christie, en 1950
Agatha Christie, en 1950

Letras apetecibles en femenino

Ficción, no ficción y recetas, por mujeres, para Sant Jordi

BarcelonaActualizado:

No hace falta haber nacido en Inglaterra para saber que la hora del té es todo un ritual o que los sándwiches de pepino con mantequilla, los "muffins" con mermelada de naranja y otras exquisiteces, forman parte del mismo. Se habla mucho de la magdalena de Proust y, a menudo, se pasan por alto los sándwiches de pepino que “Monsieur” Poirot se devoraba con singular alegría. Agatha Christie nos instruyó en algo más que venenos y arsénico. La colección de sus novelas, más de sesenta, nos transportaron en más de una ocasión hasta la campiña inglesa, ya fuera a tomar el desayuno en una terraza de alguna casona victoriana o a una celebración de Navidad, "pudding" incluido. Las mujeres llevan rato describiendo manjares y escribiendo recetarios. Los hay de aquí, de allá, de antaño y de ahora, más o menos conocidos; aquí enumeramos algunos de ellos.

Sin duda, la escritora inglesa no solo se dedicó a describir perfectamente una época o una forma de pensar, sino también una forma de comer. Lo hizo de tal forma que hace algunos años se publicó “Cremas y Castigos” (Ilustrados Vergara), en donde se recopilan 88 recetas presentes en sus novelas. Otra contemporánea suya, Virginia Woolf, hizo lo propio. La frase “no se puede pensar bien, amar bien, dormir bien, si no se ha cenado bien”, así como la descripción de platillos, maneras de comer y de beber, entre otras costumbres, forman parte de su ensayo feminista “Una Habitación Propia” (Austral), y del resto de su obra.

En otras latitudes, la gastronomía también estuvo presente en la escritura de las mujeres. La obra de la mexicana Laura Esquivel “Como agua para Chocolate” (Planeta) es una de las más reconocidas, sin duda, pero ni mucho menos la única. En Japón, por ejemplo, la obra de ficción de Kanoko Okamoto y Fumiko Hayashi puede ser tan apetecible como las películas de Hayao Miyazaki. Imposible leer sus textos sin tener ganas de correr por un ramen o, aunque sea, un bol de arroz. “Eres una glotona, caray, niña… No va a ser mi responsabilidad si se te hace un agujero en el estómago”. En las historias de ambas, incluidas en “La Sociedad Gastronómica y Otros Cuentos Para Gourmets” (Quaterni), la comida se vuelve un personaje más.

Por suerte no hace falta viajar a Japón para quitarse los antojos producidos por la literatura. Actualmente en España hay varios libros que nos hacen salivar. Los melindros y caramelos que “La Niña Gorda” (Páginas de Espuma) de Mercedes Abad se saborea, a veces solo en su cabeza, harán a más de uno recordar su propia relación (sana o no) con la comida.

Por su parte, Beatriz Rodríguez nos hace viajar al típico bar de pueblo en “Cuando éramos ángeles” (Seix Barral) para conocer los secretos que hacen que unas costillas en adobo sean mejores que otras. “El saborcito rico se lo dan el orégano, el ajo, el aceite y el pimentón en el que están adobadas”, al parecer. En el caso del “Funeral de Lolita” (Lumen) de Luna Miguel, más que ganas de "steak tartar", le quedan a uno preguntas y consciencia de aquellos platos que comemos cuando tenemos ansiedad o que nuestro cuerpo pide en determinados momentos. La literatura nos ayuda no solamente a sentarnos a tomar el té con la naturalidad con que lo hace la reina de Inglaterra sino también a comprender nuestros propios rituales (y sus consecuencias).