José Luis Alonso retrata a su clientela en «Historias del taxi»

El taxi como causa, motivo y escenario de numerosas anécdotas que se entretejen hasta formar una especie de costumbrismo urbano, es el personaje de 52 historias que han sido recopiladas por José Luis Alonso, un profesional madrileño, y publicadas por Martínez Roca. El gran gremio taxista y su inmensa clientela salen retratados con agudeza y sin acritud por el vigilante escritor.

JUAN PEDRO YANIZ
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BARCELONA. Desde que Eduardo Zamacois escribió «Memorias de un vagón de ferrocarril» 1(1925), la idea literaria de poner a los personajes dentro de un vehículo de transporte ha sido explotada hasta la saciedad: yates, transatlánticos, submarinos, transbordadores, expresos, cohetes y naves especiales, biciclos, autos y autobuses o guaguas, jorobas de camello o palanquines; han sido escenarios de las más variadas historias. La idea de convertir el taxi en receptáculo de historias cotidianas, como antaño lo fueran diligencias y tartanas -¡ «Bola de sebo» discurre en la diligencia del Havre!-, en paz o en guerra, es bastante antigua, pero siempre gratificante.

Anécdotas de 12 años

José Luis Alonso -Madrid, 1959- lleva en el sector del taxi capitalino desde agosto del 89 y hace años empezó a reunir enécdotas del mismo, vividas o escuchadas, ha sido taxista de Cela, Saramago y diversos editores. Un día uno de sus clientes le propuso reunir parte del anecdotario en un libro y fruto de ello son las «Historias del taxi», Martínez Roca, que fue presentada en la Cooperativa madrileña con Ana María Matute y Raúl del Pozo, en un escenario tan inhabitual como emotivo. «He tratado de explicar como es el sector a los que no lo conoce, eliminar algún prejuicio al respecto y entretener al sector. En total son 52 historias diferentes, correspondientes a profesionales de Madrid y otros lugares. La más tierna para mí es la del jubilado que iba cada día al garaje, se subía al taxi, lo limpiaba, revisaba y a veces tenía la sensación de que subía un cliente... Para trabajar en esto hay que tener mucha vocación», afirma.

Tras una disgresión sobre ventajas y desventajas de las diversas profesiones abordamos los lugares peligrosos: «Tenemos tendencia a no ir a los poblados de chabolas, como las Barranquillas, pero los drogatas ya se agencian sus taxis particulares». Hay de todo, desde los imoportunos desahogos fisiológicos a los lances de amores y los amores de lance, pero no se recrea en ellos, como tampoco en el lenguaje vulgar que reproduce. La señora pesada, «La abuela de las narices», que tras de quejarse de todo acaba por espetar un «¿usted no se enfada nunca? Verá señora...». Defiende a capa y espada a la mujer-taxista y cre en la honradez del cliente, «en 13 años sólo se han ido tres o cuatro sin pagar. Una vez un señor se llevó un libro indadvertidamente de la Casa del Libro y volvió corriendo a pagar, le salió más caro el viaje. Otra esperé cuatro horas y apareció el señor que se había ido a casa por un olvido y compareció».

Las que no tienen recuerdo tan grato son las administraciones y la fragmentación sindical, «hacemos un servicio público y el Ayuntamiento no nos tiene en cuenta. Somos los primeros que deseamos la eliminación de los malos profesionales.