HACIA LA ALDEA GLOBAL

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Ahora que tanto se habla de inmigración y de muerte, recuerdo cómo me costó buscarme la vida en esta ciudad cuando llegué hace 15 años sin papeles, sin dinero y sin amigos. Los papeles los conseguí, el dinero llegó con el trabajo y los amigos se fueron haciendo en el camino. Pero si en Europa se habla de crisis, ¿qué queda para los países del Tercer Mundo? Continuamos viviendo una suerte de crisis atemporal y en todos los ámbitos, humanos, sociales, ambientales y, por supuesto, económicos.

La mayoría de los pueblos aborígenes de todo el mundo mantenían su equilibrio con la naturaleza durante toda su existencia. No tuvieron o no experimentaron esas carencias que han obligado a nuestra cultura judeo-cristiana a imponerse ante otras civilizaciones o ante la propia naturaleza, ya sea a través de guerras o por filosofías religiosas que se inspiran en principios similares.

La cosmovisión del indígena resulta muy distinta a la del socializado en la cultura global. Por principio atacaban sólo cuando eran atacados, cuando se les desequilibraba su entorno natural y cultural o cuando se les trataba de imponer un sistema social o político. Pero esto no sólo es válido para períodos históricos (a pesar del actual silencio sólo interrumpido por Chiapas) porque en ese Chile de hoy, moderno y que se vende en los mercados internacionales, sigue primando el más fuerte: uno de los líderes del movimiento de autodeterminación del pueblo mapuche -que ha saltado a las páginas de los periódicos por el litigio que mantiene con Endesa--trató de recoger firmas para una eventual candidatura presidencial. El senado chileno desaprobó su inscripción (fuera de plazo por lo demás), porque le faltaron dos firmas para cumplir con el quórum requerido para los casos especiales que se presentan fuera de plazo.

Eso sucediendo en un Chile socialista, que por un lado se deshace en el discurso moralista del reconocimiento de los derechos de los pueblos originarios como una gran ley de la República, pero que en la práctica, cuando existe la posibilidad de que tengan alguna representación política, todo se transforma en trabas. ¿No será que la oligarca clase política de ese país teme que los pueblos indígenas participen activamente en la política nacional? Lo mismo podría decirse en toda la América hispana, desde México a Chile y Argentina, región en la que desde la Conquista y hasta hoy mandan los descendientes de los conquistadores. Y punto.

Las identidades de verdad ¿no deberían desarraigarse en estos tiempos de una Europa unida para dar con otras identidades nuevas que sean una mezcla de muchas cosas?

En estas épocas de modernidad la crisis continúa incólume. Lo moderno ya no representa su propio pasado y se mira a sí mismo como el resultado de una transición de lo tradicional a lo nuevo. El relativismo, el rechazo a lo religioso, a las supersticiones. Todo es parte y crítica del postmodernismo, pero no se encuentran los caminos. Hoy parece que las ideologías ya no son ninguna solución, porque la confianza depositada en muchos de los líderes de movimientos sociales y culturales continúa transformándose, sistemáticamente, en frustraciones varias. Sartre y Nietzsche, hoy, parecen más válidos que Sócrates o Aristóteles.

La visión oriental, en cambio, mira a su pasado como lo más cercano y real que posee. El pasado está por delante de ellos porque es lo que conocen. Pero allí también soplan aires de cambio y a la larga, a fuerza de antenas parabólicas y Coca-cola, por mucho que Oriente viva en un reducto étnico parece que terminarán integrándose. Y se acabarán las minorías. La ley del más fuerte continúa implacable comiéndoselo todo.