Daniel Tercero - Dazibao

Gregorio Morán y las fuerzas vivas

El volumen de Gregorio Morán tiene tres ejes: el diario «La Vanguardia», la Cataluña nacionalista y el oficio de periodista

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Gregorio Morán acaba de publicar un resumen de sus memorias a modo de «exilio interior». El volumen (140 páginas) recorre la capa visible de la actualidad política catalana con tres ejes vistos desde el punto de vista del autor: el diario La Vanguardia, la Cataluña nacionalista y el oficio de periodista. Morán forma parte de un grupo inexistente de intelectuales heterodoxos que escasean en España. Son minoría por la edad (Morán nació en 1947) y por la falta de libertad que se sufre en determinados lugares cuyo poder político-económico asfixia cualquier forma de discrepancia. A esto hay que añadir que el ovetense, en sus escritos, no hace prisioneros, lo que le ha llevado a no poder trabajar en medios de comunicación de ámbito catalán (el último, Crónica Global, de «efímera experiencia»). Como dice, a sus años se dedica a «resistir» en la ciudad que le vio llegar a primeros de los años 90. Ahora se refugia en el diario digital Vozpópuli, cuya redacción y control empresarial está en Madrid.

Las páginas de Memoria personal de Cataluña (Foca) tienen un hilo conductor que sobrevuela por los tres ejes antes mencionados: la putrefacción que supone la Cataluña pujolista, durante y después de Jordi Pujol. Una carcoma que afecta a todos los ámbitos de la vida social, cultural, política, económica y vecinal. También al periodismo, que no sale bien parado. Y a la izquierda catalana, complaciente con el nacionalismo trasnochado y «xenófobo», cuando no ejecutora de las ideas de aquel.

El libro transcurre, básicamente, por los años que Morán colaboró con La Vanguardia, medio y empresarios (los Godó) que quedan desnudos ante el espejo de su inoperancia como periódico pero cuyo éxito empresarial queda fuera de toda duda. Sobre esto, en realidad, el periodista remite a Història de «La Vanguardia», obra de Agustí Calvet, Gaziel (L’Altra Editorial la reeditó en 2016 con prólogo de Antonio Baños), y recoge una frase que resume el ser (y, sobre todo, el resistir) del diario barcelonés: «El lema que inspira la totalidad del negocio: La Vanguardia está siempre con el poder, sea este el que sea. Si hoy mantiene una actitud catalanista con veleidades independentistas, se debe a la singularidad de la situación política en Cataluña, donde se enfrentan dos poderes y uno paga más que otro» (página 21). Es una hélice de tres palas que rememora constantemente los tres ejes del libro hasta el punto de que el lector puede que no distinga, en algunos momentos, si la lectura trata del periodismo, del pujolismo o del diario del grupo Godó.

Así, Morán recupera algunos artículos censurados por La Vanguardia y Crónica Global. En el primero mantuvo una colaboración semanal durante «treinta años menos un mes», hasta «la venganza» de Màrius Carol, director que le despidió en el verano de 2017. Es gracioso ver con la perspectiva del tiempo que ya en 1999 –al pujolismo activo le quedaba aún cuatro años– alguien pudiera escribir estas líneas en el periódico de referencia de la Cataluña oficial: «Les guste o no les guste a muchos, la herencia de Cambó y Macià al final se redujo al espíritu de Jordi Pujol, porque toda evolución lleva en sí cierto deterioro; mejora quizá la especie, pero se pierde algo de género. (...) En casi veinte años se ha creado un sindicato de intereses de tal envergadura, que al final se impone como moral social la propia doblez pujoliana: no somos como somos sino como creemos que somos». Lógicamente, estas líneas no se publicaron. Habían pasado quince años desde que ABC nombrara a Pujol «español del año» (1984) y para algunos parecía que este título convertía al entonces presidente autonómico en intocable. Lo era.

Por las páginas de Memoria personal... asoman las más acertadas definiciones de Cataluña: «Criticar en Cataluña al PP sale gratis y está bien que sea así. Lo que ya no lo es tanto, porque tiene un alto precio, es cuando se desvelan las falsas verdades y los apaños del nacionalismo. Eso sí tiene un costo. Las dos pesas y las dos medidas se convierten en práctica habitual de la vida política e incluso de las relaciones sociales por una causa principal. La laminación primero y la asimilación después de la izquierda en Cataluña» (página 67). Una tribu («la integración social a una sociedad siempre hace referencia a una casta que te concede o no el derecho a formar parte de ella») ensimismada y anestesiada: «Supremacismo y comedero son los callejones sin salida de una sociedad agotada, incapaz de mirarse en el espejo» (página 119).

Una afectación moral que lastima al periodismo y que Morán –con asombro y resignación– no reconoce: «El Comité de Redacción (de La Vanguardia), elegido por los periodistas, llegó a exigir que la dirección del periódico pusiera coto a mis expresiones. (...) Lo llamativo es que unos periodistas, supuestamente elegidos por sus colegas, llamaran a su director para que ejerciera la censura, algo tan insólito que ni siquiera en el franquismo tengo noticia de tal singularidad inquisitorial». En 2018, una situación similar, en Madrid, la vivió Arcadi Espada en El Mundo. «La brecha abierta en la sociedad catalana a partir del llamado procés tiene en los medios de comunicación una de sus heridas más profundas» (página 54).

El trabajo de Morán deja, también, otros nombres propios. Por la silla eléctrica del periodista pasan, entre otros, Enric Juliana («periodista-tertuliano» de «estilo eclesial y macarrónico»), Lluís Foix («inquebrantable representante del pujolismo»), José Antich («castellanoparlante pero abducido por el futuro que para él podría traer el nacionalismo»), Antoni Puigverd («insulso poeta en catalán»), Màrius Carol, Ferran Mascarell, Josep Ramoneda, Rafael Ribó, Julià de Jòdar, Ernest Maragall, Manuel Vázquez Montalbán, Francisco Candel, Josep Fontana y Borja de Riquer. Todos chamuscados.

Control social y mediático. Pinta a la cronificación que nos espera visto y vivido un loco 2017. «No podían ir más allá porque estaban aislados de todo, empezando por la realidad».