La farsa del debate congresual

Como más sabe el diablo por viejo que por diablo, Montilla, Iceta, Zaragoza y todos los dirigentes de la vieja guardia que un día acumularon poder y cargos en el cinturón de Barcelona no dejarán cabos sueltos

MARÍA ANTONIA PRIETO
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El XII congreso que el PSC celebrará el próximo mes de octubre no pinta nada bien. Apenas faltan cinco meses para la cita y los socialistas catalanes —sin líder, sin proyecto y sin perspectivas de futuro (más o menos como el movimiento 15M)— andan peleando por el número de delegados con derecho a voto. No, no vayan a pensar que el asunto es menor, puesto que de las cuestiones de procedimiento depende el plácido acomodamiento —con derecho a despacho y a mangoneo— de quienes durante años han controlado al partido férrea y despiadadamente.

Como más sabe el diablo por viejo que por diablo, Montilla, Iceta, Zaragoza y todos los dirigentes de la vieja guardia que un día acumularon poder y cargos en el cinturón de Barcelona no dejarán cabos sueltos. Ellos más que nadie son conscientes de cómo se las gasta un cónclave con margen para la improvisación. En 1994, en el disparatado congreso de Sitges, los mismos que ahora se niegan a dar un paso atrás para que el PSC pueda dar un paso adelante, lograron introducir por primera vez en un cónclave socialista el voto secreto e individual de los delegados. Por supuesto, todo estaba calculado al milímetro. Si en el congreso de 1991 el informe de gestión del primer secretario, Raimon Obiols, contó con un apoyo unánime, en Sitges, Obiols sólo consiguió el voto favorable del 47 por ciento de unos delegados «supervisados» ya por los dirigentes territoriales. Fue el final de un PSC y el principio de otro. Hace diecisiete años, aprovechando los resquicios de un congreso que debía ser de puro trámite, los «capitanes» arrebataron el poder a los catalanistas de clase bien con estudios universitarios y ahora no permitirán que ningún alcalde con aires de grandeza les dé a probar su propia medicina.

No hay nada que hacer. El supuesto debate precongresual es una farsa. Por más que le pese a Manuel Bustos, el futuro del partido sigue decidiéndose en petit comité en populares restaurantes de Barcelona. Hasta el alcalde de Lleida, Àngel Ros, ha abandonado el tono autoritario que adoptó tras su espectacular victoria en las municipales —«Iceta y Zaragoza se han identificado mucho con esta dirección y es difícil que estén en el núcleo duro que salga del congreso», llegó a exteriorizar— y ya no descarta una dirección bicéfala, con Iceta como hombre fuerte del partido y él mismo como líder electoral. ¿Que qué tiene todo esto que ver con la desesperada situación económica, los retos del estado del bienestar, la contribución al bien común, la renovación de los discursos, la actualización de la socialdemocracia, la puesta al día de las estrategias, la democratización de los partidos o el fin de la tiranía de los aparatos? Pues juzguen ustedes mismos.