TRIBUNA ABIERTA

España limita con...

Hace décadas que España dejó de ser sólo un territorio que salvaguardar, para abarcar otros elementos del país que trascienden lo meramente territorial,

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CUANDO estudiaba Geografía de España en 1º de Bachillerato, a mediados de los sesenta del siglo pasado, sabíamos de carrerilla los límites de la España peninsular recitando aquello de «España limita al norte con el mar Cantábrico y los montes Pirineos que la separan de…, al este con el mar Mediterráneo…». Sabíamos cual era nuestro espacio físico como nación-estado conociendo sus fronteras, en el marco de una mentalidad demasiado apegada a lo territorial, a un sentido aislacionista de la política. Hoy resultaría difícil poner límites a España en un mundo cada vez más globalizado.

Hace décadas que España dejó de ser sólo un territorio que salvaguardar, para abarcar otros elementos del país que trascienden lo meramente territorial, como son los culturales, la generación del conocimiento de sus ciudadanos o los intereses vitales más allá de las fronteras. Asimismo, ha dejado de estar aislada al compartir intereses y valores comunes con otros estados-nación. Nuestra vocación europea y el compromiso con diferentes órganos multinacionales, como Naciones Unidas, nos ha llevado a comprometernos en diferentes tareas que van más allá de nuestro territorio. Me estoy refiriendo a las misiones que realizan nuestras Fuerzas Armadas (FAS) en territorios como Afganistán y el Líbano o en las aguas del océano Indico.

Hace ahora diez años que se instalaba en Kabul, capital de Afganistán, el primer contingente de militares españoles integrado en la Fuerza Internacional de Asistencia a la Seguridad (ISAF) con la misión de ayudar al gobierno afgano a reconstruir y estabilizar el país después de la guerra contra los talibanes. Hoy, más de 1.500 españoles con uniforme tratan de llevar esa tarea encomendada en la provincia de Qala-i-Naw, formando un ejército y policía autóctonos, aportando seguridad y reconstruyendo infraestructuras, contribuyendo a que Afganistán no sea un «estado fallido». Todo ello en condiciones de riesgo para la propia vida. Y usted lector puede preguntarse: ¿qué hacemos en Afganistán, con un coste humano de 97 muertos y una treintena de heridos y cerca de 2.500 millones de euros gastados? Siga leyendo.

También será a finales de este mes cuando el general español Asarta deje el mando de los 12.000 cascos azules de Naciones Unidas que hay en el Líbano, después de dos años de liderarlos. De ellos, 1.100 son españoles afincados en la base Miguel de Cervantes, que en estos días acaban de realizar el séptimo relevo en esta misión, ordenada por naciones Unidas para dar estabilidad al Líbano. Allí, patrullando con mucho tacto y llevando acciones de cooperación cívico militar en un sector del país muy conflictivo por su diversidad religiosa y su cercanía a la frontera con Siria, se van ganando poco a poco a la población.

Tres mil kilómetros más al sureste, en aguas del golfo de Adén en el océano Índico, frente a las costas del «estado fallido» de Somalia, la Unión Europea puso en marcha a finales del 2008 la operación «Atalanta» para evitar la piratería que amenaza el libre tránsito internacional de barcos de mercancías. España se ha involucrado con aviones de vigilancia marítima y buques de la Armada.

Afganistán, Líbano y océano Índico: tres escenarios al este de España, más allá del Mediterráneo; lugares donde nos jugamos la imagen y el prestigio de ser un país comprometido en el orden internacional con la OTAN, NNUU y la UE. También son teatros de operaciones donde las FAS ponen a prueba diariamente la preparación de sus hombres y mujeres y la capacidad de sus procedimientos y materiales para ser un eficaz instrumento de seguridad y defensa al servicio de los españoles, sabiendo que estos conceptos no se improvisan. Pero, sobre todo, estos escenarios muestran la generosidad de la sociedad española a través de sus militares.

Pablo Martínez Delgado es coronel subdelegado de Defensa en Lleida.