Ramon Espadaler - Tribuna abierta

Enemigo y adversario

«La diferencia entre un enemigo y un adversario no es de matiz, sino profunda y con consecuencias de orden práctico en la política»

Ramon Espadaler
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Una de las características de la llamada «nueva política» es la necesidad de definir un enemigo para cohesionar a los propios. El enemigo exterior no sólo es el responsable de todos los males, sino que refuerza la cohesión interna, delimita bien el proyecto o la oferta política y no deja espacios intermedios: si no estás conmigo, estás contra mí. No hay lugar para los matices, la esencia misma de la política.

La «vieja política» no contaba con enemigos, sino con adversarios. La diferencia entre un enemigo y un adversario no es de matiz, sino profunda y con consecuencias de orden práctico en la política. Al enemigo se le destruye, con el adversario se hacen «los acuerdos de país».

No está de más recordar una obviedad: los acuerdos sólo se hacen entre diferentes. Un repaso a nuestra historia nos permitirá encontrar un montón de ejemplos. Desde la injustamente denostada Transición hasta el pacto que permitió los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, pasando por el pacto para definir el modelo educativo catalán basado en la no segregación escolar por razón de lengua. Han aportado estabilidad, un bien tan preciado como escaso en el actual panorama político. Encontraríamos muchos más ejemplos, como el Pacto de Toledo o algunos elementos troncales de la lucha contra el terrorismo yihadista. Y más que desearíamos.

Desgraciadamente, la nueva política que vivimos -o que sufrimos- desde hace algunos años, es poco o nada dada a este tipo de acuerdos. Además, en periodos electorales son más difíciles e incluso implanteables. Tarde o temprano habrá que volver a esta práctica denostada por los que necesitan un enemigo para autodefinirse, para existir, para tener personalidad. Conviene recuperar la política del acuerdo en ese terreno de juego propio del matiz y de un gris que huye deliberadamente de las posiciones extremas del blanco o el negro, expresión máxima de una pureza paralizadora.

Costará, ciertamente, pero llegará el día en el que deberemos afrontar los grandes temas desde el diálogo y desde la confrontación fructífera entre diferentes como, por ejemplo, el conflicto interno de Cataluña y entre Cataluña y el resto de España; la financiación de las pensiones; o los servicios socio-asistenciales, entre otros. No hacerlo es negar la esencia misma de la política o, lo que es lo mismo, negarse a aportar soluciones a nuestros conciudadanos.

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